lunes, 8 de julio de 2013

Cartas para Noa (7)



Una semana después, Ricardo y yo, regresamos a Miami.
Llegamos a media mañana. Greta nos espera en el aeropuerto. No se priva, como siempre, de apretarme entre sus brazos.
Se la ve resplandeciente.
Iniciamos el recorrido hasta las islas.
Bajo de la camioneta y camino pausadamente. Aunque llevo una pesada valija no siento el peso. Esta casa sí me reconoce de inmediato y me da la bienvenida. Greta ya presentó mi aplicación en la Universidad y ahora resta esperar.
Una espera que seguramente será una tortura, pienso, mientras marco el número de Nick. Tengo ganas de verlo.
Mientras suena el teléfono descubro cuanto lo he extrañado.
 Su voz me tranquiliza y le pido que venga por mí. Acepta. Me dice que me ha echado de menos y yo me ruborizo al escucharlo. Esa noche hago el amor con él y en nada se compara con la desprolijidad de mi primera vez a los 17 años. Con Nick siento que todo encaja, y al sentir en mis rincones el inmenso caudal de ternura que despliega en mi piel con cada caricia, me estremezco en un gemido pausado que me transporta. Sus labios me exploran, me recorren, me colonizan con una dulce urgencia que enloquece los contornos de mi anatomía, totalmente entregada al candor de su mesurada y tierna pasión.
 La noche es impecable. Estamos en la playa y millones de estrellas atestiguan silenciosas mi dichosa huída, mi inevitable renacimiento.
Cuando el ritmo de su respiración se acopla con el mío sonrío extasiada. El amor es un reparo, es Nick y su universo de serenas olas que me acurrucan desde el alma…
Tres días después de nuestro regreso estamos instalados en Coral Gables.
La casa es considerablemente más grande y es hermosa por donde se la mire. Tiene cuatro habitaciones gigantes. Dos baños. Pileta. Un pequeño club House. Garaje para dos autos. Su jardín perfecto y sus ficus adornándola con elegancia.
Parece una foto dibujada con gloriosa caligrafía. Una milimétrica maqueta que aún sostengo como una sagrada vestal. Como el último sacro refugio de mi adolescente niñez. Como esa “casa de Asterión” en la que por tantos años deambuló mi alma, perdida en sus patios infinitos.
Y es curioso que recuerde tantos detalles; es curioso porque los creí enterrados o más bien a “salvo” junto a mis sombras y a la tinta de sus cartas.
Mientras repaso el momento…esos contados minutos que me llevaron aplastar el candor de mi adorada ingenuidad, esa del jardín, de los hombres alados y los príncipes encantados de Disney, se cuela en mi mente la frase final de ese cuento que leí tantas veces: -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Desde mi habitación que da al patio escucho la voz de Ricardo.
Miro el reloj. Son casi las dos de la tarde.
Me sorprendo al darme cuenta que aún no logro deshacerme del agotamiento mental tras la presentación de los exámenes de ingreso-los que pude rendir gracias a algunos contactos de Jefferson y a mi ciudadanía inglesa que nunca pensé valorar tanto-
A pesar del implacable dolor de cabeza que me estremece al intentar levantar los párpados, sé que debo levantarme.
Abro los labios muy despacio. Están como pegados uno al otro, empastados por el vestigio fatal de una resaca que todavía le pasa factura a mi estómago que se retuerce como un animal lastimado.
La puerta de mi habitación suena. Distingo la voz de Greta pero no puedo responderle. Mi voz está quebrada en millones de estalactitas.
Espera unos segundos y golpea de nuevo, ésta vez, con más ímpetu.
Sabiendo que si no respondo en el lapso de los próximos dos segundos entrará en la habitación, habilito algunas letras para formar una frase- sólo consigo decir “voy”-del otro lado, Greta me anuncia que el almuerzo estará listo en 20 minutos.
Jamás había tomado tanto e imagino que este estado es lo más cercano a la agonía.
Mientras me incorporo en un esfuerzo casi sobrehumano, trato de examinar mi mente pero está en blanco. No tengo idea cómo llegué hasta mi cama.
Camino hasta el baño y abro la ducha. El agua explota y se estrella sobre la piel de mi cara.
Empiezo a sentir una especie de alivio reparador mientras relajo el cuello cuando  de repente, una imagen me golpea imperiosa. Es como un estruendo fatal que involuntariamente me obliga a taparme la boca con ambas manos.
Una lágrima se descuelga de mis ojos haciendo uso de la más descarada autonomía, entonces me trago algunos sollozos que intentan traicionarme.
Mientras me sentencio en silencio tratando de aclarar la nebulosa, escarbo al borde de la desesperación en busca de recuerdos nítidos.
Pero soberana, la imagen va y viene, destrozando lo que queda de mí, aún en pie, después de su embestida.
La puerta suena otra vez y me sobresalto ante la intervención sonora.
Escucho que Greta ingresa a la habitación. Seguramente lleva algunos minutos golpeando sin que yo la haya escuchado.
Su voz se cuela por la hendija de la mampara que nos separa y casi susurrando    - para no importunarme- me dice que están esperándome en la mesa.
Dejo que el agua golpeé mi espalda y en dos segundos elaboro una sonrisa y una respuesta adecuada-le pido disculpas y le comunico que en cinco minutos estaré lista para el almuerzo.
Como siempre, el sol pinta de dorado el cielo de Coral Gables.
Ricardo me ve aparecer,  se abalanza sobre mí y me aprieta fuerte en un abrazo―Bienvenida, mi universitaria favorita–me dice y besa mi mejilla–Greta lo escucha y sonríe - después de casi seis meses de espera soy, desde hace algunas horas, estudiante de la universidad de medicina más prestigiosa del país-
Me acurruco entre sus brazos protectores y me abandono al reparo de su refugio paternal―Gracias tíos―les digo, mientras en mi cabeza, súbitamente,  todo se ordena.
Regreso a ayer por la tarde cuando desde la universidad confirmaban mi admisión. Recuerdo mi alegría profunda en el pecho; a papá y sus lágrimas detrás del tubo; a mamá y su conmovedor “te felicito hija”.
Recuerdo a Nick en su convertible acerado, el viento en la cara, el azul del mar, el esplendoroso atardecer de Miami destellando en nuestras carcajadas estruendosas; recuerdo sus besos dulces, su pelo desordenado, sus manos cálidas sobre mis hombros.
Recuerdo la mansión Moore llena de gente, las risotadas, el bullicio, la música a todo volumen y el alcohol.
Estoy mareada, no quiero decirle a Nick. Tengo vergüenza- todavía me siento una niña tonta en su mundo de universitarios-
Me levanto de la mesa, necesito mojarme la cara, vomitar, tomar aire fresco.
Subo las escaleras fingiendo compostura. No hay nadie pero lo mismo se me da por caminar esbelta. En el mapa de mi memoria ubico uno de los baños cerca del descanso. La llave está puesta. Me encierro.
Abro la canilla, lleno las manos con agua y refresco mi rostro. Después respiro profundamente varias veces y me siento al borde de la bañadera intentando recuperarme.
 Alguien está tocando la puerta. Tal vez sea Nick, no quiero que me vea así-pienso-
Otra vez suena, ésta vez un poco más fuerte― ¿Sofi, estas bien?
No es Nick. Es una mujer. Es la esposa de Jefferson.
—Es María–balbuceo, mientras me incorporo despacio, casi en cámara lenta.
 Abro la puerta. Ella entra y cierra otra vez con llave.
―Sofi ¿me escuchas?
Asiento con el rostro. La morena suelta una carcajada apretada entre dientes y me acomoda el pelo.
―Welcome to Miami–me dice y abre la ducha―Solo hay una manera de quitarte semejante borrachera, linda–agrega—
No puedo abrir bien los ojos pero entiendo lo que me dice. Sus manos empiezan a despojarme de la ropa. Sus dedos desprenden mi camisa y mis jeans.
Enfoco su silueta. Está parada frente a mí envuelta en su bata de seda. El pelo negro, brilloso como la noche le cae por los hombros.
Descubro que estoy cómodamente desnuda ante la exuberancia de su figura esbelta. La gata sabe que me ha embrujado y se mueve como una pantera reina de la selva.
Me toma de la mano con suavidad y me ayuda a ponerme debajo del agua tibia, después se aleja unos pasos. Sé que me está mirando. Lo sé porque lo siento. Sin poder evitarlo y sin saber el porqué, mi respiración comienza a acelerarse suavemente.
No soy capaz de reconocerme en medio de semejante remolino emocional y mucho menos en ese estado, pero sé que no me siento amenazada, todo lo contrario.
Aprieto los párpados. Nick no me ha hecho sentir así al repasarme con sus ojos. Nadie lo ha hecho.
Ella se aleja un poco más y se sienta sobre un mueble laqueado en negro. Desde allí la visual es perfecta.
No aparta los ojos ni un segundo y algo de mí, que no puedo domar, me obliga a continuar brindándole el espectáculo del agua navegando por mi cuerpo. Algo desconocido que me impulsa y me hace experimentar una sensualidad que no he vivido jamás. Después se acerca. Estira su mano y me ofrece ayuda para salir de la bañadera. Yo la tomo. Me siento segura, me siento confiada.
Estamos muy cerca. Mi mente todavía está difusa pero logro enfocar sus labios. Ahora está tan próxima a mi boca que percibo su respiración tibia. Tengo el impulso de besarla y lo hago. Ella responde a mi beso tímido, aprieta mis labios con delicadeza y los muerde con ternura en un derroche desconocido de pasión que me estremece; y siento sus manos recorrerme los muslos y sus pechos firmes contra los míos y estoy a punto de ahogarme en un jadeo profundo pero ella vuelve a quitarme la respiración; ésta vez,  logra que explote en un bombardeo de sensaciones indomables que se amontonan en mi cabeza, entonces quiero que no deje de besarme y se lo digo, entre dientes, en una especie de rezo que es casi una súplica.
Me mira fijamente, su mirada feroz me traspasa hasta el alma, me penetra hasta los huesos. Me susurra al oído. No entiendo lo que dice. Sólo puedo pensar en su roce, en sus manos, en su piel de ébano que amenaza florecer detrás de la tela. Y quiero tocarla. Desato su bata y me prendo a su cintura. Quiero recorrer la firmeza de su abdomen con la yema de mis dedos y lo hago, ella no me detiene. Estoy poseída. Perdida en una dimensión alternativa en dónde soy atrevida y no temo pedirle que me haga el amor. La gata sabe lo que hace y lo demuestra. Con un rápido movimiento me tiene sentada sobre el mueble laqueado y me saborea impetuosamente. Yo deliro. Me siento abombada. En éxtasis. El cuerpo me tiembla, la piel me late y explota emociones que nunca imaginé sentir; entonces estallo en un grito al que inconscientemente aprieto entre los labios. Y quedo exhausta, experimentado a tientas una extraña plenitud.
María se incorpora lentamente, me levanta por los hombros y me besa muy despacio―Nunca debemos hablar de esto hermosa, jamás, con nadie. ¿Está claro, verdad?–me dice clavando sus brillosos ojos verdes en mis pupilas.
Yo no puedo hilvanar una sola palabra.
—Mañana esto será un sueño—agrega—sólo un sueño.

Y así sin más, se derrumbó el mundo…

Una gran parte de mi ser agoniza implorándome que intervenga, intentando convencerme que no pudo haber sido real.
Y es tan profundo el estado de “shock” en el que me encuentro que solo puedo ocuparme de mantener el ritmo de mi respiración y las lágrimas en resguardo.
De nada más.
Asumo que mis tíos atribuyen mi mutismo al cansancio. Ninguno de los dos me pide explicaciones y entonces se dedican a planear sus prontas vacaciones en el Caribe.
El teléfono suena y con indómita fiereza me taladra los tímpanos. Sé que es Nick.
—Yo atiendo—dice Greta y se aleja rápidamente hacia la mesa donde repica el aparato
Sin poder controlarlo mis manos empiezan a temblar.
Sacudo el rostro.
Greta me anuncia que efectivamente es Nick.
Titubeo durante algunos segundos y me quedo inerte, pegada a la silla.
Ricardo me mira, primero de reojo y después fijamente.
― ¿Está todo bien Sofía?—me pregunta, usando el tono de un guardián preparado.
―Sí, tío— le respondo de inmediato al advertir su sobresalto–estoy más cansada de lo que creía, nada más.
Me levanto y camino lentamente. El espacio y la distancia que me separan del pequeño mueble, se vuelve insoportable. No sé con qué panorama me encontraré del otro lado de la línea
Aprieto el tubo. Las manos me transpiran. Lo acerco con pesadez hasta mi oído.
— ¿Nick?—hablo por fin. 
―Hola cariño, ¿Estás mejor?―el tono relajado de su voz me hace temblar las piernas. Quisiera poder llorar aliviada.
―Sí, lo estoy—murmuro en voz baja.
― ¡Menuda borrachera tenías!—agrega y suelta una estruendosa carcajada– ¿Tus tíos nos escucharon entrar? Trate de no hacer ruido….
La imagen se completa.
Estoy en el baño, María acomoda su bata de seda. Toma una toalla y me seca el cuerpo mojado. Vuelve a ponerme la ropa. Después vamos hasta la habitación de Nick y me recuesta. Al salir, tengo la impresión de escucharla hablando con él.
―Estaba muy pasada de copas, la metí debajo de la ducha. Déjala que duerma un rato y después llévala a su casa. Querrá estar en su cama cuando despierte.
Nick le dice gracias.
Se asoma e inclina la puerta. A continuación mis ojos se cierran para luego abrirse entre las paredes de mi habitación.
―Paso a buscarte a la noche ¿te parece? Mi padre se va con María a pasar unos días en el yate. Tendremos la casa para nosotros solos.
No respondo. Me siento descompuesta
―Cuando comencemos las clases a duras penas podremos vernos…
―Ok. Te espero. Respondo  de manera automática.
Tal como habíamos acordado Nick pasa a buscarme. En varias oportunidades, durante el curso de la tarde, estuve a punto de pedirle que no lo hiciera. Ahora, sentada a su lado, mientras monologa contándome del equipo de fútbol me arrepiento de no haberlo hecho. El silencio de mi habitación bajo llave no logró reponerme. Mi mente continúa explotando interrogantes sin respuesta.
Después de un rato Nick me pregunta si estoy bien. Le respondo que sí, que me duele un poco la cabeza. Él me reconforta diciéndome que debe tratase del estrés de la espera y hace alusión a la borrachera de anoche―Seguro—Le respondo y bajo la mirada.
Me abstraigo nuevamente intentando reunir fuerzas para indagarlo.
Respiro profundo.
―No recuerdo mucho después del trago que me diste…tengo la sensación de haber subido hasta el baño.
―Si–responde como al pasar—en un momento te me perdiste, pero te encontré recostada en mi cama.
―No tengo la menor idea de cómo llegue hasta ahí— agrego, apretando  los párpados.
―María te llevó. La encontré saliendo de mi cuarto, me dijo que te había metido a la ducha.
Trago saliva y acomodo la garganta.
— ¿Acaso notaste algo extraño? — le pregunto sin rodeos.
— ¿Extraño? ¿A qué te refieres?— me interroga frunciendo el ceño— ¿Acaso María dijo algo que te molestara? Si es así quiero que me lo digas; sabes muy bien lo que pienso de ella y si te ha hecho sentir mal mi padre me va a escuchar…
—María no me hizo nada Nick—interrumpo su vómito de reclamos—Nada de nada.


Fotografía: Ruslan Lobanov


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viernes, 5 de julio de 2013

Cartas para Noa ( 6 bis)


Yo construí mis propios laberintos Noa. Nadie más que yo misma.
Y podría tal vez intentar decir miles de cosas buscando justificar el destiempo, pero sería en vano. Siempre resulta más cómodo creer que la vida y sus circunstancias son las verdaderas responsables de nuestros actos.
Pero yo no quiero hacer eso, no ahora. Mucho menos ahora. Lo que quiero es abrir la puerta de aquel castillo medieval y reunirme de nuevo con lo que haya quedado de mí.
Si es que acaso el “Minotauro” aún no destrozó mi alma.
Aquí hace calor y dónde tú estás hace frío. Y siempre es así. Cuando es cálido tu mundo, es gélido el mío y viceversa.
Estoy en Argentina. Llegue hace unos días. Escuché lo que me dijiste y estoy intentándolo. No es fácil. Soy una extraña en este lugar.
Sólo los oscuros aliados que por tantos años me han acompañado asisten de vez en cuando y atestiguan mi tertulia de horas vacías.
A veces, mientras me recuesto en la gramilla del jardín, como cuando era esa adolescente embrujada por su Teseo y fumaba sin pausa mirando el luminoso cielo de Coral Gables, tengo la sensación  de estar soñando y que de la noche a la mañana voy a abrir los ojos y éstos 20 años no habrán sido más que una alucinación. Pero nada sucede.
El tiempo es una pesada bestia que arremete impiadoso.
Terminando de acomodar algunas cosas en un ropero encontré algunas fotos y un puñado de cartas viejas.
Es increíble que en cada una de las fotografías de mi niñez yo tenga la misma expresión confundida. Una extraña mueca desorientada, como si hubiera nacido perdida. Qué ironía.
…Yo cincelé los barrotes de mi propia jaula Noa. Nadie más que yo.
-Sonrío al intuir tu respuesta. Seguramente dirás: Nosotros somos nuestros propios carceleros, mi bella Sofía y nosotros nuestros propios redentores-
Pero ¿Cómo voy a hacer para que entiendan Noa?
Si tan solo hubiera tenido el valor para despojarme de la envergadura de hierro y salir a vagar en los brazos de un poema…como siempre lo hiciste vos, que sabías más de la vida porque a diferencia de mí, nada empeñaste para vivir.
Tengo miedo de antemano. Tengo miedo de quedarme sin palabras. Ha sido demasiada la dosis de silencio.
Cuanta falta me hace que me “machaques” cada vez que me hundo en estos abismos en donde lo único que hago es culparme de todo.
Cuanta falta me hace tu amor.
Siempre creí, antes de conocerte, que el amor era un anhelo demasiado ambicioso. Por lo menos para a mí que pasé gran  parte de mi vida deambulando en paisajes sin brisa.
Dijiste también: Nunca es tarde y sí que lo es. Veinte años después siempre lo es.
Perdón, no puedo evitar sonreír de nuevo. ¿Es que acaso ese tiempo que nos reunió la vida fue para que me dijeras todo lo que iba a necesitar saber para cuando llegara el momento?
Ya lo sé.
…lo verdadero permanece. Siempre.

Fotografía: Dmitry Ageev



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Cartas para Noa (6)




Hoy que tengo la capacidad de ver a través del tiempo me pregunto si las personas somos capaces de comprender la verdadera magnitud de un acontecimiento, la dimensión real de un evento que inevitablemente se transforma en un giro abrupto, en un desvío hacia “algo” que llamamos destino, si es que existe cosa tal.
Sentada en la mesa de una casa que nunca fue mi casa y que me alberga veinte años después de haberla rechazado-sola, como una Ariadna de corazón amputado- no puedo evitar transportarme a ese instante transcendental que el universo tenía preparado para a mí y que tuvo su puntapié inicial en las breves palabras que pronunciará Ricardo.
Un episodio que abrirá ante mí un largo camino de circunstancias decisivas, de necesarios y forzosos despertares que siempre estuvieron configurados  para traerme de vuelta hasta esta cocina, esta vez vacía, más vacía que nunca.
Los días se escaparon implacables como agua entre mis manos sin importarles mi alucinación de niña-cenicienta, recordándome que mi quimera sí tenía fecha de expiración.
Me duele dejar a Nick. Siento adentro, muy adentro del pecho, como si me hubiera embebido una fuerza mística de otros mundos, que mi tiempo con él aún no debe terminar.
Mi avión despega en dos días. Él insiste en acompañarme hasta el aeropuerto pero yo me rehuso. No quiero prolongar la tristeza de la despedida; y aunque se canse de prometerme que nuestra relación no debe terminar sólo porque vuelva a mi país, yo insisto en que debemos ponerle un punto final y evitarnos sufrimientos en vano.
No lo comprende y se ofusca reclamándome que no hago el intento de seguir adelante.
Ricardo será franco y directo, y su frase se quedará levitando alrededor de la mesa como un fantasma convocado.
Dirá: Con tu tía hemos decidido, si estás de acuerdo por supuesto, costear tu carrera de medicina aquí en Miami.
 Fue tan avasallante la oración, que me quedé absorta, sin poder pronunciar ni una sola palabra. Me quedé como ahogada y sin dar crédito alguno a lo que estaba sucediendo, casi lo tomé a la ligera, como se toma la noticia del tiempo, y simplemente dejé escapar una sonrisa diminuta.
Él  dibujó en su rostro una mueca ante mi sorpresiva -y supongo -inesperada reacción y volvió a repetir la misma frase; esta vez, Greta lo avaló acercándome una carpeta de tapas verdes que había buscado en una pequeña mesa del Living-romm.
Desconcertada aún, tomo la carpeta entre mis manos. La apoyo sobre la mesa y a duras penas logro levantar la tapa con mis dedos transpirados.
Lo hago.
El interior está lleno de papeles,  borrosos ante mis ojos.
—Son los formularios de admisión al Miller School of medicine—me dice Ricardo. 
Ahora el corazón me late a una velocidad inusitada. Contemplo la pila de formularios  y lloro por fin, aliviando así el cúmulo de emociones que se habían amontonado en mi pecho. 
―Pero tío…yo no sé, nunca pensé que… ¿cómo haría para devolverte todo esto? Mi madre…ella es…vos la conoces….―balbuceo entre lágrimas.
Ricardo se sienta a mi lado y me agarra la mano intentando tranquilizarme.
―No tendrías que devolvernos nada Sofi — comienza—Tu tía y yo venimos hablando hace años sobre esto. Siempre quisimos un hijo a quien brindarle todo lo que hemos conseguido. Vos sos como nuestra hija y te amamos y sabemos lo que te gusta estar aquí
― no sé qué debo decir–lo interrumpo.
–Di que sí. Yo voy a ocuparme personalmente de hablar con tus padres y sobre todo con tu madre. No va a negarse. Créeme. Le vengo hablando de esta posibilidad desde hace unos meses. Lo importante es que vos estés dispuesta.
Vas a tener que estudiar mucho,
―Es tanto dinero…–continuo diciendo―Lo menos que debes hacer es preocuparte por el dinero Sofi–me dice Greta–solo de asumir el compromiso, van a ser cuatro largos años. Tal vez haya días que no puedas ver a Nick, o incluso no podrás viajar seguido a ver a tu familia por las actividades en el campus…
Ricardo y Greta intercambian miradas.
—Porque no lo piensas. Es una decisión muy importante. Tómate tu tiempo—concluye Ricardo.
Asiento con el rostro.
No es que necesite pensar porque me asalte alguna duda. Necesito pensar para saber si es que acaso voy estar a la altura de las circunstancias.
A la mañana siguiente le cuento lo sucedido a Nick, y él, hilarante de felicidad, me aprieta entre sus brazos mientras me apabulla con miles de detalles sobre la Universidad- él estudia leyes en las mismas instalaciones-
Agrega además que no me atreva a dudar de mí. Me dice, mientras me besa despacio en los labios, que yo he nacido para triunfar, como él, que ha venido al mundo a tomar todas y cada una de las grandes oportunidades que le presente la vida.
—Somos privilegiados Sofi ¿Sabes cuanta gente quisiera estar en nuestro lugar? ¿En tú lugar justo en este momento? No lo pienses ni un instante más... Esto es lo que querías y lo tienes entre tus manos. 
Del otro lado del océano mi familia ya está al tanto.
El viaje se hace largo, prácticamente tedioso. Estoy nerviosa. No puedo frenar mis pensamientos.  La imagen de mi madre. Sus negativas elegantes y magistralmente fundamentadas. La mirada casi maliciosa de Florencia y su derrotismo ilustrado. Todo junto y a la vez me producen un estado de insomnio que me estalla la cabeza.
El avión aterriza a horario. Detrás del vidrio el rostro iluminado de mi Padre me arrebata del espanto.
Me estrella en sus  brazos al verme y me besa la frente varias veces con ternura en un derroche de cariño que rara vez puede desplegar frente a mamá y sus formas cuidadas a ultranza.
Hacemos los trámites sin demora.
Mi Madre está en el auto, envuelta en sus grandes anteojos oscuros. La conozco y sé que está intentando ser congruente con su manera de pensar al respecto de la situación, marcando cierta distancia.
Al vernos, baja del auto y me abraza tiernamente durante algunos minutos.
―Estás bronceada―me dice, mientras acomoda mi pelo detrás de las orejas.
―Sí, el sol es muy fuerte en la playa―le respondo sonriendo y atorada de anécdotas que ella corta al ras al alejarse repentinamente.
El destello de ternura maternal  ha terminado.
Mira a Ricardo y lo abraza. No es común ver a mamá en derroches de vulnerabilidad por lo que el momento es digno de ser atestiguado con asombro-
Entre risas y charla mi casa se manifiesta de repente en el camino y entonces comienza, entre ese refugio de niñez con su jardín repleto de ogros, duendes, hadas, señores alados y yo, a producirse la fractura. La desconexión fatal y definitiva.
Mis pies tocan las losetas sin brillo del cantero con sus geranios colorados y no reconocen mi energía de otro mundo. Mi nueva vibración.
Durante varios segundos me quedo muy callada parada en el hall tratando de decodificar alguna de las tantas sensaciones que me bombardean desmesuradas, y atestiguo, con incontrolable estupor, la disociación entre la que fui antes de haber partido y ésta que soy ahora.
Respiro profundamente y entro. Millones de ojos invisibles buscan reconocerme pero mi olor ha cambiado, mi piel es otra, mi rostro no es el mismo.
La transfiguración es tan obvia que Sam, mi perro de toda la vida, se detiene unos segundos y olfatea mis pies, examinándome desesperadamente, después me mira fijo por un instante y me encuentra detrás del traje de estreno, entonces comienza a mover la cola y se entusiasma saltando para llamar mi atención. Consternada, lo acurruco entre mis brazos, y le beso el hocico como lo hago desde que tengo 5 años.
Intentando hacer de cuenta que no me siento perdida, subo las escaleras con ligereza y me encierro en mi habitación. Necesito la soledad del contacto con mis cosas.
El lugar está en penumbras. La ventana aún permanece cerrada. Me siento en la cama y miro a mí alrededor; descubro que todo está difuso: la casa de muñecas, los osos de peluche, los almohadones de Kitty, los álbumes de figuritas que atesoro con recelo…cada cosa se esfuma frente a mis pupilas.
¿Acaso ya no soy esa niña adolescente que se conformaba solo con soñar? No, ya no lo soy–pienso, apretando los párpados.
Marcelo entra y se sienta a mi lado. Tanto me conoce que sabe perfectamente lo que estoy experimentando. Apoyo la cabeza en su hombro y me permito desahogarme dejando escapar unas tímidas lágrimas.
―No dejes que nada te aleje de tu sueño–me dice y acaricia mi pelo–con el tiempo mamá lo va a entender
— ¿Y si no lo hace?–me duele hacer esa pregunta, tal vez porque en el fondo ya conozco de antemano la respuesta.
―Tendrá que vivir con eso
―supongo que sí―
—Sólo te pido que trates de estar tranquila y que esta vez intentes ponerte en su lugar–me dice Marcelo y me mira fijamente–Sabe que no vas a volver y debe ser duro para ella como madre.
Seco mis lágrimas.
―Claro que voy a volver Marce—le respondo, visiblemente confusa ante sus palabras—todas las veces que pueda.
―No Sofi. No vas a hacerlo, no realmente. Mirate…ni siquiera volviste ahora y te fuiste solo un mes.
Me apoyo nuevamente sobre su hombro. Tiene razón y lo sé.
―Lo siento–digo y empiezo a llorar otra vez sin poderme contener.
―No lo sientas, así son las cosas. Si estás totalmente convencida de tu decisión, no lo desperdicies, es algo que no se da siempre en la vida de alguien.
Nos quedamos un rato largo en silencio. No hizo falta decirnos más nada.
 No puedo evitar sentirme incómoda ante la sutil mirada celosa de Florencia que de vez en cuando me mira de reojo.
Ricardo está relajado y tomando la situación con extrema naturalidad, como dando las cosas por sentado. Yo no puedo dejar de pensar que Cristina Anderson no va a dejarme salir de su círculo energético así como así.
El tema surge en el living-comedor.
Mi madre reina solemne sentada en un sofá. De vez en cuando sorbe su vaso de cerveza helada y escucha con peligroso silencio los calmos argumentos de su hermano menor.
Mi padre me mira al borde del orgullo y no puede disimularlo un instante. 
Finalmente, después de casi cuarenta minutos del monologo casi publicitario de Ricardo, mi madre hace una pregunta.
— ¿Cuánto tiempo es que dura la carrera?–la pregunta solapa un tono filoso
―Cuatro años–Le responde Ricardo a secas, sabiendo que ya conoce la respuesta y desplegando también un tono que entre ellos parece un código ya conocido.
―…Es mucho tiempo.
―No lo es, Cristina. Al contrario.
―Después de graduarse tendría que trabajar en Miami…
―Sólo si Sofía así lo decide. Siempre se puede revalidar el título.
Después vuelve el silencio, otra vez las miradas celosas y el aire tirante flotando por los rincones de la sala.
Mi madre aprieta los labios, sabe que tiene todas las de perder.
A esta altura, yo la miro con recelo perdida entre los almohadones del sofá, tratando de descifrar si su negatividad es o no puro egoísmo. Tratando de vislumbrar si en las duras líneas de su cara tensa, en cada una de sus formas estrictas o si en su jaula aparentemente cariñosa; subyace otra clase de amor que no conozco.
Gira el rostro y me ubica. Durante un lapso de segundo me permito admirar el poder que despliega esa “Hera” moderna, esa matrona mitológica que maneja hilos invisibles sólo con el tono de su voz o con el filo de su mirada gris.
 Después me pregunta sin rodeos si estoy segura de lo que quiero hacer. Yo le respondo que sí -Sé que ella no necesita más palabras-
―Entonces que así sea. Si eso es lo que verdaderamente quieres, no voy a oponerme. Espero te des cuenta que no va a ser fácil estar a la altura de las circunstancias y que  te va a llevar mucho más esfuerzo del que estás habituada ¿eso está más que claro, verdad?
―Sí, lo tengo más que claro mamá.
―Perfecto, no hay nada más que decir.
 Se levanta del sofá y camina rumbo a la cocina.
Estoy estática. No sé qué trama hay detrás de su discurso.
Papá se levanta, me besa la frente y me dice que me tranquilice, que todo está bien. Ricardo resplandece detrás de su sonrisa de dientes blancos y me comenta rápidamente acerca del papelerío que hace falta. Yo estoy aturdida. No me convence lo que acaba de suceder. No me creo el papel de madre dura pero comprensiva que acaba de desplegar ante nuestros ojos.
Media hora después la encuentro secando los platos.
Me mira entrar en la cocina y continúa con su labor.
Me siento en la mesa. Sé que quiere hablarme a solas. Lo intuí no bien se levantó, cual emperatriz despechada, y se alejó del living comedor.
―Estados Unidos no es Argentina ¿lo sabés, verdad? –me dice, sin apartar su mirada del plato—es un país muy distinto al nuestro, sus costumbres y las nuestras no coinciden en nada…
―Lo sé — la interrumpo con ansiedad—pero hablo inglés muy bien mamá.
―No es sólo el idioma. Me refiero a que es un lugar totalmente distinto a tu casa
―Sí que lo es–le digo, con una mueca casi peyorativa.
No bien termino la frase, me mira con severidad y avienta el repasador sobre la mesada.
― ¡No te atrevas un instante a suponer que aquello es mejor que tu hogar! ¿Qué te has creído Sofía? ¿Acaso pensás que la magnífica casa de tus tíos, los autos, las universidades y todo ese espejismo con el cuál fantaseas desde hace años es mejor que lo que tenés acá?
Quiero decirle que sí lo pienso, pero sólo bajo la mirada recordando la petición de Marcelo
―Tal vez ahora, con lo obnubilada que estás, no entiendas lo que intento decirte pero algún día lo vas a entender. No voy a impedir que te vayas, para nada. Tal vez porque siempre he sabido que tarde o temprano ibas a hacerlo. Es lo que querés y vas a tener éxito. Lo sé. Sólo espero que ese brillo no te encandile tanto que no puedas encontrar el camino de regreso a tu casa.

Nunca más volvió a decirme nada al respecto. –

Fotografía: Emil Schildt


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miércoles, 3 de julio de 2013

Cartas para Noa (5)


Greta y Ricardo me están esperando al regresar de la playa.
Merendamos en el jardín y  Greta me invita a conocer el esplendor de la ciudad y me lleva a uno de sus lugares favoritos: El distrito Art Decó situado al extremo Sur de South Beach.
Se trata de un lugar exquisito visualmente que me cautiva de inmediato. Apenas 24 calles albergan la única arquitectura Art Decó que queda en el país y la más importante del mundo, con más de 1200 edificaciones que datan de los años 1920-
El itinerario comienza al sur de la Avenida Ocean Drive entre las calles 6 y 7: El Park central Hotel con su imponente fachada azul y blanca, el Colony Hotel con su emblemático cartel de Neón, el gigante y pintoresco Haddon Hall en la Avenida Collins y ya sobre la Avenida Washington las curvas del Miami Beach Main Post Office coronan la travesía a través de un verdadero tesoro.
Al caer la noche,  Greta, magnifica anfitriona de un lugar al que ama y que tanto le ha dado en la vida―me dice, con los ojos húmedos de felicidad―termina de fascinarme aparcando su auto en Española Way.
Nos sentamos en un pequeño pero majestuoso bar de esquina con velas flotando en delicadas canastitas de vidrio sobre las mesas, que todas en conjunto, forman un enjambre titilante de luciérnagas.
Tomamos un jugo de frutas. Mientras sorbo la deliciosa pulpa recién exprimida- entusiasmada, como si fuera una niña de 3 años-  me sorprendo ante la juventud y la frescura de mi tía, notablemente vivaz en los brazos de una ciudad para la cual todos los adjetivos son aplicables.
Greta es una mujer de 50 años. Nació en Nebraska pero vive en Miami desde que tiene 15 años. Conoció a Ricardo, un argentino aventurero que se vino al Norte a hacer su América―me cuenta, emocionada al rememorarlo por aquellos días― a los 23 años y están juntos desde entonces. Es Bonachona y cálida. Su gran espalda matrona refleja seguridad y es imposible no sentirse contenido frente a sus manos fuertes. Sin poder resistirme a ese embrujo me permito experimentar la fiabilidad de su siempre presente instinto maternal.
 Me pregunta si estoy cómoda. Le respondo que sí, aturdiéndola con millones de palabras que explotan de mi boca.
Me comenta que mañana a la noche estamos invitados a cenar en Coral Gables con unos amigos suyos y yo, totalmente subyugada por la seducción de un inexplicable presentimiento acepto, sin dudarlo un segundo.
Coral Gables es un vecindario de película. Ricardo me cuenta que esperan ansiosos el momento de instalarse allí.
No en vano es conocida como “the city beautifull”. Es un lugar que da la impresión de ser perfecto: las casas son enormes mansiones rodeadas por jardines cuidados en cada milímetro y por las calles es imposible encontrar un rastro de basura. Greta agrega que en 1920 un hombre llamado George Merrick se hizo de 4.000 hectáreas de terreno y se dispuso a hacer su sueño realidad: crear una ciudad hermosa y entonces nació Coral Gables―Hoy en día todos los vecinos se esfuerzan para mantener intacto el sueño de Merrick―agrega Ricardo―cuidando el aspecto impecable de sus fachadas y cortando el césped a la perfección―
La calle principal repleta de viejos y grandes ficus nos lleva a pasar frente a la Venetian Pool y quedo inmediatamente prendida y cautivada por ese barrio que tiempo después significará tanto en mi vida.
La gran cantidad de piedra caliza que se extrajo para la construcción de Coral Gables dejó una gran cantera sobre la que se construyó una piscina de ensueño estilo veneciano, cruzada por un puente, clásicos puestos de amarre y repleta de cascadas y grutas. Nos detenemos un momento. Una bella fuente nos da la bienvenida apenas ingresamos. Paseamos por el patio, la pérgola, por los edificios antiguos con sus frescos semejantes a una postal dibujada a mano alzada y finalmente llegamos a la piscina. El agua es diáfana y clara. Parece de cuentos. Un paraje majestuoso del cuál no encuentro las palabras para hacerle honor al describirlo. No con 18 años y tan poco mundo explorado aún.
El lugar a donde nos dirigimos es la mansión de Jefferson Moore. Un palacete Mediterráneo que se suma a la majestuosidad de construcciones estilo colonial, francés e italiano.
Moore es un magnate inmobiliario, amigo de Ricardo desde  hace 10 años.
-Greta me comenta que están en tratativas con él desde hace un tiempo para adquirir una propiedad-
La residencia no se asemeja a nada que haya conocido hasta ese momento. Escaleras de mármol, arañas gigantes levitando desde altos techos de cúpulas decoradas, jardines fastuosos y centellantes muebles majestuosos.
La cena es en realidad una camuflada reunión de negocios, pero la joven esposa de Jefferson se encarga, con su gracia y lozanía, de entretenernos con sus relatos de viajes a Europa: lugar que Greta conoce ya como la palma de su mano y sin embargo, con humildad, se sorprende al escuchar las anécdotas de la vivaz muchacha a la que evidentemente se le ha encargado oficiar como anfitriona.
Su nombre es María. Debe tener alrededor de 30 años. Su cabello es negro azabache. Sus ojos verdes, vivos como un campo reverdeciendo en un nuevo día. Sus curvas son firmes y talladas.
A mí me ha provocado cierta curiosidad la muchacha latina de ojos verdes. Un interés que no logro descifrar mientras la observo desplazarse como una gata experimentada.
Estamos en el jardín. Sentados alrededor de una piscina repleta de velas flotantes color azul. Ya empezó la noche a desplegar su encanto y las estrellas se reflejan en ese espejo, majestuosamente.
El escenario es impecable.
Con un vestido blanco ciñendo sus líneas exuberantes, María no se cansa en destellar su seductora luminosidad encantándonos sin respiro.
Jefferson es un hombre de casi 60 años. Atlético, carismático y de mirada sagaz. Mirándolo desde donde estoy sentada, gesticulando altaneramente mientras conversa con Ricardo, comprendo en el acto a la muchacha latina y a su estrategia de “seductora luminosidad”.
Nick, el hijo de Jefferson, irrumpe en medio de la cena. 
Es un muchacho de cabellos castaños y ojos azules-como las velas flotantes- de apariencia apacible y serena. Se excusa por llegar tarde y se sienta con nosotros. 
Después de varios minutos me doy cuenta que estoy fascinada por su silencio.Un silencio de palabras justas que vocifera ante algún comentario de su padre.
Con María prácticamente no se prestan atención y es tan evidente que en un momento experimento una incomodidad terrible. Pero nada sucede-advierto que ese sistema forma parte de la vorágine cotidiana de la casa porque ninguno parece sentirse afectado-
De vez en cuando Nick me lanza una mirada tímida y sonríe.
Me estudia de reojo y me decodifica de lejos.
Ya sabe que soy sobrina de los amigos de su Padre, que mi nombre es Sofía y que soy Argentina. 
A medida que transcurre la cena, ninguno de los dos busca sostener una conversación. Resulta suficiente limitarnos a esas miradas sonrojadas que dicen mucho más que cien palabras.
Al finalizar la velada es evidente que el resultado ha sido el esperado porque Ricardo no puede disimular una sonrisa que está instalada en sus labios.
El muchacho de ojos azules se retira después de cenar excusándose nuevamente y la gata avezada, intacta como al principio, continúa sin perder la postura.
Recién cuando la camioneta de Ricardo se pone en marcha, tomo conciencia que me llevo un poderoso e impensado cúmulo de emociones.
Giro el rostro. María está en la puerta con Jefferson.
Ambos han salido a despedirnos y no puedo evitar sentirme casi perpleja observándola flamear su mano de dedos largos y su dibujada risita de nácar. Como una hispana diosa helénica de superproducción Hollywoodense, la Venus latina exhibe, con fina sutileza, el éxito conseguido en la tarea que le fue encomendada. Sabe que los tres estamos obnubilados.
Mientras nos alejamos sin que su figura de líneas torneadas desaparezca del cuadro, yo sonrío celebrando en silencio su glorioso “finale”.
El teléfono suena. Es Nick. Han pasado tres días desde la cena junto a la piscina y yo no he podido dejar de pensar en él.
Se presenta con timidez.
Lo primero que hace es excusarse y comentarme que ha conseguido el número telefónico a través de su padre. Yo trato de hacerlo sentir cómodo, repitiéndole varias veces que no me ha causado molestias.
―Te llamo porque mañana a la noche voy a festejar mi cumpleaños y me pareció buena idea invitarte—Comienza muy resuelto.
―Tengo que preguntarle a mis tíos pero no creo que haya inconvenientes―respondo y el corazón me late desbocado.
―Nos reunimos como a las 8 pero puedes venir cuando quieras, no hay problema. Si necesitas que vaya a buscarte solo me llamas por teléfono—agrega.
—Seguramente Ricardo querrá llevarme—lo interrumpo
—Claro. Bueno, espero que puedas venir—Finaliza
Apenas dejo el tubo exploto de alegría. Pensé que no me recordaría después de haber abandonado su palacete mediterráneo.
Ricardo y Greta me autorizan a ir sin problemas y me llevan hasta Coral Gables.
Hay mucha gente en la casa. La fiesta se desarrolla en una especie de club House más allá de la piscina. La música está muy alta y hay mesas con comida y piletones con cerveza helada desparramados por todos lados.
Avanzo al borde de la incomodidad. Todos me están mirando.
Nick está con un grupo de amigos y al verme se acerca inmediatamente.
 ―Feliz cumpleaños Nick―le digo y beso su mejilla. Te traje un presente, espero que te guste.
―No te hubieras molestado―me responde y está sonrojado mientras desarma el envoltorio.
A la mañana, Greta me había llevado al Down Town a comprar un modelo de aeromodelismo. Era el hobby de Nick y según Greta, era un fanático.
― Mi tía me contó que te encanta el aeromodelismo―Es una de mis pasiones―me responde, está sorprendido y no puede disimularlo―Créeme que no tengo este modelo―Que suerte. No sabía cual traerte―Es un gesto muy lindo de tu parte, gracias.
Nuestras pupilas se detienen  una en la otra durante algunos segundos y ahora soy yo la que se sonroja.
Me toma de la mano.
―Ven conmigo, te presentaré a mi gente.
Sus amigos me reciben con amabilidad. Algunos más que otros. Durante los primeros cuarenta minutos me siento absolutamente desubicada en el contexto pero Nick se esfuerza por brindarme comodidad.
Cerca de la medianoche ya estoy totalmente distendida.Charlamos prácticamente toda la noche y me sorprendo al descubrir que lejos esta de ser ese chico silente y retraído de ojos azules que conocí esa noche estrellada junto a la piscina. Nick es dulce, divertido y carismático.
Cuando la fiesta está por terminar se ofrece para llevarme. Telefoneo a mis tíos para pedirles que se despreocupen.
Nos subimos a un Mercedes descapotado. La brisa fresca de la madrugada se estrella delicada en la piel de mi rostro. Hay aroma a mar por doquier,  puedo percibirlo―Este es el mejor verano de mi vida―pienso, mientras con la cabeza relajada en el cabezal del asiento observo a Nick, impecable en su remera a rayas y su corte de pelo casual flameando en las olas del viento. Me siento una actriz de cine. Una niña afortunada.
Antes de bajarme, Nick me besa los labios muy despacio.
―Me gustaría que volvamos a vernos―me dice y yo titubeo, no porque esté dudando, si no porque estoy perdida en un éxtasis que desconozco.
―A mi también―respondo segundos después.
― ¿Te parece si paso por ti mañana a la tarde? Podríamos ir a tomar algo o a la playa…
Asiento con el rostro. El vuelve a besarme. Sus labios juegan con los míos en una danza sutil que moviliza todos mis sentidos. Bajo de su carroza plateada y mientras me acerco a la puerta de entrada no puedo evitar ahogarme en la geografía de un desconocido paisaje.  
Decido entonces no luchar ante el embrujo de ese flechazo impensado y al día siguiente caminamos de la mano por las playas de South Beach como si lo hubiésemos hecho desde siempre;  y si acaso antes me sentía entre nubes, ahora levito sobre los vértices de esa ciudad esplendorosa. 
Mi fantasía esta completa. 
El chico de ojos azules es el broche de oro, mi príncipe fugado de alguna aventura de los estudios Disney.
... Sin embargo, yo aún no me he percatado de la fragilidad del mundo, siempre a merced de la ferocidad implacable del tiempo.



Fotografía: Johanna Knauer


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lunes, 1 de julio de 2013

Nueve Musas Arte sin Fronteras / Número 9

Nueve Musas es una mujer que sueña. Una mujer que sueña sueños posibles.
A veces me deja de rodillas, abandonada como una Ariadna en la soledad de Naxos, frente al filoso abismo de una hoja en blanco, y entonces cuando siento que estoy a punto de perder la tinta en mis manos para moldear sus vestiduras, regresa desbordando mundos de otros universos solo para recordarme que somos las dos esa mujer que sueña sueños posibles…

Que este viaje sea bueno, mi bella dama.