martes, 16 de julio de 2013

Cartas para Noa ( 10 )



El teléfono de la cafetería repica durante algunos minutos.
Un reparador café aguarda por mí en la pequeña mesa de bar, mientras intento informarme del mundo exterior releyendo un número atrasado de "El Nuevo Herald".
La empleada de la cafetería levanta el tubo con un gesto saturado.
—Doctora Anderson…es para usted.
Levanto la mirada. ¿Para mí? Pienso y resoplo ofuscada. Necesitaba tomarme un descanso.
—Habla la doctora Anderson…
—Disculpe doctora, aquí en la recepción hay una persona que la busca. Dice que usted sabía que vendría.
El corazón se me congela.
—Noa…—murmuro entre dientes—dígale que estaré allí en un minuto.
Explotando una especie de entusiasmo que desconozco, apresuro mis pasos para no perder el ascensor que acaba de abrir sus puertas de par en par.
El aparato empieza a descender. Inquieta, golpeo la punta del pie derecho sin pausa. Sonrío incrédula al advertir mi evidente nerviosismo. ¿Qué me pasa? Me sentencio, mientras la imagen de nuestro primer encuentro me arrebata.
Llego hasta la recepción. Su esbelta figura sale a mi encuentro.
—Doctora. Que gusto verla. ¿Me recuerda? Soy Noa.
Durante algunos segundos tengo el indomable impulso de decirle: claro que te recuerdo. Me tienes pensando en tus ojos desde la primera vez que te vi y no puedo entender porque.
—No quería molestarla. Sólo andaba por aquí y pasé a ver como se encuentra el señor del otro día—agrega, ante mi silencio.
—Evoluciona favorablemente—respondo, por fin—es un paciente con antecedentes cardíacos pero pudimos asistirlo a tiempo.
Sonríe ante mi respuesta.
—Cuanto me alegro. ¿Podría decirle que pasé y dejarle saludos de mi parte?
— ¿Quieres dárselos personalmente? Puedo arreglar para que ingreses—le digo y me doy cuenta en el acto que se trata de un intento por retener su presencia varios minutos más.
Me sonrojo inevitablemente y busco sentenciarme, como siempre, pero estoy hechizada, absolutamente poseída por esos ojos que me han encerrado en un paisaje en dónde siquiera puedo pensar en querer salir corriendo.
—Me gustaría decirle hola...claro que sí—responde.
—Bien. Espérame un minuto hablaré con la enfermera.
Giro sobre mis talones. Hablo con la enfermera y le hago señas para que se acerque.
—Ven conmigo. Te acompaño.
Presiono el botón del ascensor.
—Gracias, es usted una persona muy empática doctora.
—No. Gracias a ti, pero no me trates de usted…me hace sentir mayor. Dime Sofía.
—Sofía…—murmura, y  yo me quedo deambulando en una especie de nebulosa de la que no puedo ni quiero escapar.
Llegamos hasta la habitación.
—Su nombre es Edward Carlson—le informo.
—Edward….sí, lo recuerdo. Pudimos hablar  mientras llegábamos hasta el hospital.
Ingresa. El hombre dibuja una amplia sonrisa al hacer contacto con su presencia.
—Noa…regresaste.
—Por supuesto. Quería saber de ti.
—Estoy mejor dulce ángel. Estoy mejor. Los doctores aquí me están atendiendo muy bien.
—Me alegro que así sea. Se ve que son gente hermosa. Sobre todo la doctora Anderson. Ella tiene una magia especial así que no dudes en hablar con ella.
Yo estoy parada en la puerta. Maravillada.
—He decidido quedarme  durante algunos días más y como sé que pronto vas a salir de aquí, tú y tu esposa están más que  invitados a la función.
—Iremos a verte. Cuenta con eso.
—Okey. Ahora voy a dejar que descanses. Nos veremos pronto. Lo sé.
Edward sonríe y afirma con el rostro. Sus ojos se humedecen.
—Gracias.
—No tienes nada de que agradecerme. Para eso estamos ¿no?— concluye y suelta una contagiosa risa que me invita a una sonrisa.
Nuevamente nos quedamos esperando el elevador.
Quiero hablarle. Quiero decirle cientos de miles de palabras para que no se marche.
Sin poder cuestionar mi accionar me sumerjo en un brote impensado de espontaneidad y decidida inicio una conversación.
—No pude evitar escuchar lo de la “función” ¿eres artista?
—Sí.
— ¿Qué haces?
—Me dedico a varias cosas, pintar, escribir, esculpir…pero por ahora estoy haciendo música con mi guitarra.
—Que interesante…
—La verdad que sí. Es una faceta mía que desconocía y ha sido encantador haberla descubierto. ¿Te gustaría ir a verme?
Mis labios se abren involuntariamente.
—Claro. ¿En donde tocaras?
—Creo que será en la playa, en Lummus Park beach…la noche promete ser cautivadora.
El ascensor abre sus puertas. Me obligo a dar un paso hacia el interior y ahora sí me esfuerzo para poner un freno al torbellino de sensaciones que me asaltan. Urge que recupere mi postura.
—Haré lo posible. Hace varios meses que no dispongo de tiempo para ir a la playa.
—Cuidado con el tiempo Sofía…es un tirano—me dice y entonces su encantamiento se apodera definitivamente de lo que queda de mí—Me encantaría que fueras. Estaré esperando verte—finaliza.
Estamos en la puerta principal. Quiero decir alguna palabra pero enmudezco  sabiendo que no hace falta que diga nada más.
Asiento con el rostro, al hacerlo se acerca y besa mi mejilla.
—Gracias otra vez.
La puerta electrónica abre sus fauces y entonces se pierde en el tumulto de gente que satura la calle gris.
Un brote de nerviosismo se apodera de mí y me siento observada. Acomodo la garganta, respiro profundamente y arremeto decidida.
La sala de descanso está vacía. Me siento en un sofá intentando acomodar mis pensamientos.
Mi celular suena. Es un mensaje de Nick. ¿Puedes escaparte? ¿Almorzamos juntos?
Dudo unos instantes.
“Cuidado con el tiempo Sofía…es un tirano”
Las palabras de Noa se desparraman en mi mente como un perfume exquisito.
Claro que puedo—pienso.
—A las doce. ¿Te parece?—Respondo, animada.
—Me parece bien. Paso a buscarte.
Guardo el móvil en un bolsillo y me quedo rodeada de silencio. Un silencio que resulta reparador y electrizante a  la vez.
El resto de la mañana transcurre en calma. Nick pasa a buscarme y sorprendido por mi resolución, me lo hace saber apenas entro al auto-generalmente ninguno de los dos pospone sus obligaciones-
—Reservé en Zuma—me dice, con su amplia sonrisa—de paso damos una vuelta por Key Biscayne.
—Me encanta Key Biscayne—digo y relajo mi espalda en el asiento.
—Lo sé.
Nos dirigimos hacia el oeste por la 12th Ave.
Nick está hilarante y de buen humor. No pasa mucho tiempo antes que su energía me contagie y ambos nos reímos de miles de cosas. Me fascina ver a Nick relajado, sin el ceño fruncido pensando todo el tiempo en cuidar los intereses de su empresa y se lo digo  mientras, en un semáforo, beso su labios.
—Vamos a pasar un lindo día tú y yo… ¿te parece?—me dice—Claro que sí, amor.
Aspiro profundamente el aire tibio que acaricia mi piel y durante algunos segundos vuelvo a sentirme esa chiquilina que viajaba en la carroza acerada de su príncipe americano.
Ordenamos comida oriental y varias ensaladas. Nick me sorprende con un chardonay que me apasiona y es tan caballero en sus gestos que no puedo evitar sentirme embelesada.
Después deambulamos algunas horas por la serena belleza de “isla del paraíso” -nombre que le hace honor con todas las letras a Key Biscayne-como solíamos hacerlo.
Son las seis de la tarde cuando finalmente llegamos a Coral Gables.
— ¡Deberíamos hacer esto más seguido!…—le digo y acomodo su pelo desordenado.
—Definitivamente. Me encanta verte contenta.
— ¿Tomamos una copa de champagne?—le pregunto y me dirijo hasta el frigobar dando por sentada su respuesta.
Lo observo quitarse el saco. Se sienta en el sofá. Desde lejos sus movimientos me encienden entonces quiero abandonarme en sus brazos.
Sirvo las copas.
—Es algo temprano para empezar de copas señorita—me dice, sonriendo.
—No, no lo es—respondo y lo beso nuevamente.
El responde y después menea su mano sutilmente para mirar el reloj.
— ¿Sucede algo?—lo interrogo, algo molesta.
—Necesito hablar contigo—responde, con seriedad.
— ¿De qué se trata? ¿Estás bien?
Toma una respiración y abre los labios.
—Tengo que irme algunas semanas a Nueva York— replica a secas y sin rodeos.
Me incorporo ofuscada.
—Ahora entiendo lo del “día en el paraíso”
—No es así Sofi. Tenía ganas de pasar un lindo momento contigo. Casi nunca lo hacemos.
—Por algo será…—le digo y enciendo un cigarrillo.
—No te atrevas a hacerme totalmente responsable de eso…tú también le dedicas miles de horas a tu trabajo y yo no interfiero para nada. Es lo que te gusta y lo respeto.
Camino hacia el ventanal. Está cayendo la tarde y el horizonte, teñido de naranja, parece un lienzo esplendoroso.
—Tal vez deberíamos comenzar a viajar…—digo, al pasar, como queriendo desestimar la seriedad de nuestra charla.
—Por supuesto que vamos a hacerlo, amor. Te lo prometo. Tal como lo habíamos planeado. Solamente te pido que me entiendas. Estoy entusiasmado con un negocio que puede posicionarnos por encima de muchos objetivos; incluso de los que se trazó mi padre cuando empezó con esto. Es muy importante para mí y necesito tu apoyo más que nunca. Prometo que cuando regrese nos tomaremos unos días—concluye y acaricia mi mejilla.
Me acurruco en sus brazos. Quiero decirle que me siento sola pero aprieto mis labios y me callo.
Es verdad, yo sé lo importante que es para él estar a la altura de las circunstancias. Lo sé porque es algo que nos une.
— ¿A qué hora sale tu vuelo?
—En tres horas
—Okey. ¿Te ayudo a empacar?
—Me encantaría.

Mi caja de cristal se queda vacía otra vez. La brisa que llega desde el mar me adormece mientras termino la botella de champagne recostada en una reposera cerca de la piscina.
Aspiro muy hondo el oxigeno marítimo dejando que sature cada fibra de mi cuerpo y al hacerlo, súbitamente,  Noa viene a recordarme que está sobre la arena de la playa haciendo música con su guitarra.
Me incorporo con un movimiento casi brusco.
Sin meditarlo ni dos segundos busco un bolso y las llaves del auto. Estoy algo mareada pero no me importa.
—Estoy solo a 20 minutos...—pienso.
Comienza a rugir el motor. La noche está maravillosamente estrellada.
Es viernes y más que otros días la gente colma las calles principales de Miami Beach; sin embargo yo estoy confiada. Sé que no será difícil encontrarte—murmuro.
A medida que avanzo por Promenade-la ondulada peatonal de Lummus Park que separa el césped de la playa, me asalta un interrogante: ¿Qué clase de persona puede, tan sólo con unas pocas palabras, arrebatarme de la silente quietud de mi casona medieval?
— ¿Quien sos…? ¿Porque siento que te conozco de toda la vida?
Sacudo el rostro y me recuerdo que no soy una convencida sobre esos temas místicos.
Llego hasta la arena. Mi atuendo desentona totalmente con el entorno de bermudas, pareos y bikinis.
Me saco los zapatos y me arremango la botamanga de mis jeans. Avanzo. El ruido de las olas me embruja entonces inspiro envuelta en una maravillosa comodidad.
—Extrañaba la noche del mar…susurro y al hacerlo, su voz se hace audible en el aire que me rodea.
El corazón se me acelera. Estoy absorta y cautiva de una parte de mí ser que inexplicablemente me guía como una brújula hasta su encuentro.
Su rostro emerge entre las llamas de un inmenso fogón.
El lugar está repleto de gente relajada sobre la arena. Al verlos,  me doy cuenta que no soy yo la única hechizada.
Me siento lentamente. Su voz es dulce y tierna.
Su repertorio se extiende hasta la madrugada pero nadie luce cansado, todo lo contrario.
Cuando todos se han ido y quedan las últimas flamas que buscan sobrevivir, su sonrisa me encuentra y entonces,  inevitablemente , descubro que estoy  a  merced de una clase de amor que mi corazón desconocía; que sin querer he llegado a las costas de esos amores que se presentan de repente y sin aviso, que no tienen ni dan explicaciones, que no preguntan porque ni para qué…descubro además, no sin caer de rodillas  ante un insondable  e inquietante vacío, que no hay nada, absolutamente nada, que pueda hacer para evitarlo.

Fotografía: Andrea D´Aquino



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domingo, 14 de julio de 2013

Cartas para Noa ( 9 bis )


Estabas en lo cierto, Noa. La vida es el más sabio de todos los maestros.
Con los años he logrado comprender, realmente comprender muchas de tus palabras. Recuerdo cuando dijiste: “Un árbol de raíces sanas es una columna de luz que brilla como un faro en la oscuridad del mundo”
Pero como cuesta aceptar los errores…
El perfume de mi casa natal me trasforma conforme pasan los minutos.
Súbitamente he dejado de querer seguir perdida lamentando un destino que sólo yo diagrame a puño y letra.
Hay demasiados”si tan solo hubiera…” que me asolan en estas noches donde sigo sola, pero más atenta a mí misma de lo que he estado en toda mi vida.
Estoy sentada frente a un caballito de madera que talló mi padre…su presencia es tan fuerte que se me abarrotan las lágrimas mojándome la cara y yo las dejo purificarme desde adentro.
“Llora, bellísima flor…todo lo que necesites llorar”
No encuentro forma de justificar el destiempo…nada de lo que diga podrá exonerarme de llegar un día después de su muerte, nada de lo que diga podrá evitar que me asole el desconsuelo.
¿Qué haré con mi alma, Noa?
Mi alma que por estos días se sienta en la mesa con oscuros reclamos que dependen de mi perdón.
Mi alma que hoy sólo se conforta con el refugio de tu mirada.
Esa mirada tuya en la cual viven todas las razones del universo…
“Eres tú la que debe escribir el final de tu historia, Ariadna de mis mil amores”
Tu voz es un bálsamo, corazón mío.
Ese refugio en el cual voy a descansar cuando se haya terminado de diluir el espacio, que como un cruel verdugo, reina entre vos y yo.

 Fotografia: Dmitry Ageev




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Cartas para Noa ( 9 )



El poderoso sol de mediodía irrumpe por la ventana entreabierta. Olvidé cerrarla otra vez la noche anterior-el intenso calor que reina en la habitación se asemeja a un vaho, espeso como una niebla-
Intento desperezarme a duras penas.
Unas diez llamadas perdidas de Florencia en mi celular me advierten que estuve más profundamente dormida de lo que creía.
Con los ojos aún pesados, como si sostuvieran inmensas bolsas de arena, llego hasta el tocador. El agua helada me estremece no bien hace contacto con mi piel encendida Me contemplo unos segundos en el espejo. Soy un desastre de pies a cabeza. Primero escupo una carcajada que retumba por toda la casa. Después me callo de repente y quiero llorar. Recuerdo los reproches de Florencia y aprieto los labios. Estoy cansada de escapar- pienso, mientras cepillo mis dientes y trato de acomodar la maraña de pelos enredados.
Abro un cajón y ubico una bata de mamá. Aún tiene su aroma. El inconfundible dulzor de la lavanda.
El timbre suena de repente varias veces. Me tomo la cabeza y me aprieto el entrecejo. Necesito una aspirina- digo en voz alta mientras bajo las escaleras con precaución. Estoy algo mareada. ¿Cuántas copas de vino tome?- me reprocho severa.
El timbre vuelve a sonar, esta vez con más ímpetu. Me asomo por la mirilla. Es Florencia.
Del otro lado de la puerta la escucho pedirme que le abra. Me dice, con su voz ronca, que sabe perfectamente que estoy ahí. Dudo unos segundos, finalmente hago girar la llave, casi con pereza.
Me mira en silencio durante algunos segundos sin moverse del umbral y después arremete decidida cerrando la puerta a sus espaldas.
Sin decirle una palabra camino hasta el living comedor. Frente al hogar dos botellas vacías de vino, como flamantes cadáveres disecados, me acusan sin que pueda emitir una sola vocal en mi defensa.
—Si viniste a ahogarte en un río de humo y alcohol hasta matarte me gustaría que me pusieras al tanto, para saber qué hacer cuando te encuentre tirada en algún rincón de la casa…
La miro y sonrío de costado. Con el paso de los años Flor no ha perdido su habilidad para la cruda franqueza.
—Solo bebí un poco de más…. —Le respondo, sabiendo que no va a conformarse con la respuesta.
— ¿Un poco de más?
Aprieto los párpados con fuerza. Lo que menos quiero hacer es escuchar sus sentencias de hermana mayor y se lo hago saber con un gesto despectivo.
—Creí que ya no venias a esta casa —la interrumpo, con ironía.
—Así es, hace mucho que no vengo, lo hice porque no atendías el teléfono…me preocupé, hace desde las 10 de la mañana que intento comunicarme, ahora entiendo porque no atendiste.
—Lamento haberte preocupado…es toda una novedad. Cuando termines con tus reproches santurrones me avisas, necesito cambiarme y tomar un café.
Nos quedamos paradas frente a frente durante algunos segundos.
Aunque estoy con la cabeza abombada puedo darme cuenta que mi pedantería está siendo totalmente innecesaria.
—Seguís siendo la misma altanera, soberbia, egoísta y chiquilina de siempre—me dice y gira sobre sus talones con dirección a la puerta.
—Discúlpame por favor—Respondo, mientras me aviento en un sillón—estoy esforzándome por serlo adelante tuyo…
Se detiene.
—No hace falta.
— ¿No?
—No Sofía. Estoy cansada de no poder sentarme con vos, como dos mujeres adultas a sostener una conversación.  Ya no somos dos nenas. Estoy harta que estemos siempre a la defensiva. Creo que ya pasó demasiado tiempo.
—Te recuerdo que fuiste vos la que no me recibió con mucho entusiasmo.
— ¿¡Y qué pretendías que hiciera!? Hace casi 4 años que no sabemos nada de vos. No devolviste ni una llamada, ni un email…nada, simplemente dejaste que te tragara la tierra. ¡Ni siquiera quisiste hablar con Marcelo! Y así sin más, de repente, salís de tu palacio y te presentas  sin tener la delicadeza de explicar algo…
— ¿Tanto les sorprendió mi actitud? ¿Acaso esperaban que reaccionara de otra manera?
La contemplo unos minutos. No hace falta que conteste, en su rostro se trasluce la respuesta.
—Claro que no—agrego—fue demasiado…pero no pude hacer otra cosa.
 Al escucharme, me invade un silencio desolador que termina en unas cuantas lágrimas traicioneras que no intento ahogar.
Florencia me toma de la mano. Somos dos desconocidas pero la sangre nos impulsa; a ella a intentar consolarme, a mí a dejarme consolar.
—Dejáme ayudarte Sofi. Sos mi hermana. Quiero…necesito acercarme a vos.
—Voy a estar bien—le digo, mientras me incorporo algo avergonzada—Pronto voy a estar bien. Gracias por preocuparte y perdón por  lo que dije, estoy algo aturdida. Yo también necesito lo mismo. Creeme. Dejemos que fluya. ¿Te parece?
Suspira profundamente y acomoda mi pelo.
—Dejemos que fluya—Afirma, en medio de una tímida sonrisa—Además de venir a verificar si vivías—agrega—vine a decirte que Marcelo llega ésta tarde. Me preguntó si ya estabas en Argentina y tomó un vuelo directo. Quiere verte.
Otra vez me asalta el llanto. Extraño a Marcelo con todo mi corazón.
— ¿Cenamos esta noche? ¿En mi casa?
Asiento con el rostro.
—Bien. Ahora me voy. Los mellizos salen de la colonia de vacaciones. ¿A las ocho?
— A las ocho.
La veo marcharse por la ventana. Es cierto. Yo dejé que la tierra me tragara. Y lo hizo, literalmente.
La tasa de café humea sobre la mesa.
Mientras me embrujan las formas sin forma del vapor, vuelvo a sentir  su mirada llevándose los escombros de la tormenta y se me desboca el alma.
En dos segundos mi corazón se embriaga con la certeza que su “no estar” es como hundirse en la inmensidad de un mar demasiado profundo.
Aprieto los párpados. Hace mucho tiempo que negocie conmigo misma para no perderme en semejante laberinto.
—Dios…hoy no puedo con esto de extrañarte.
Mi voz se queda retumbando en el aire que me rodea y me transporta en el tiempo.
— ¿Cuáles son las novedades doctor?
—Paciente con dolor punzante en el pecho. Sospecha de infarto.
— ¿Usted es familiar?
—No. solo caminaba por la calle cuando note que se agarraba el pecho.
Sujeto mi estetoscopio con fuerza y lo acerco al pecho del hombre que con sus ojos desorbitados, no desvía ni un segundo su mirada de mí.
Mi pupila conecta unos segundos con la de ese extraño.
La abertura de su iris está dilatada y febril. Su corazón se estrella desbocado y retumba en mis tímpanos.
Resiste...-pienso y aprieto suavemente su mano tensa-
Tan solo una milésima de segundo lo separa de la muerte pues su corazón está a punto de colapsar sobre la camilla desprolija y aunque estoy más que entrenada en urgencias de este tipo, todavía sigo cayendo de rodillas frente a la vulnerabilidad de la existencia, tan frágil como una flor en medio del desierto.
Con tres movimientos rápidos despliego el procedimiento de rutina, mientras el cardiólogo ya está  midiendo los datos para determinar la gravedad del asunto.
—Todo va a estar bien—le digo, concentrada en sus facciones después de recibir las mediciones del electrocardiograma—necesitamos realizarle un catéter de inmediato. Vamos a derivarlo a cardiología y nos pondremos en contacto con su familia.
Con agilidad, preparamos al hombre para su traslado.
Giro sobre mis talones. Una  voz me detiene.
—Doctora... ¿Se pondrá bien?
Me siento casi sin palabras frente a esa figura que irradia una luz que desconocía.
—Claro que sí―respondo, por fin―nos ocuparemos de él. No se preocupe. Gracias por traerlo—agrego―si se hubiera demorado...su cuadro se hubiera complicado más.
— ¿Puedo venir a ver cómo sigue? Me gustaría saber que está bien antes de irme.
Parpadeo varias veces y se me hincha el pecho. Con el tiempo he aprendido a valorar esos gestos como si fueran gemas sagradas.
—Generalmente el hospital permite solo la entrada a familiares…pero...
-Me detengo. Muy adentro de mí ser intuyo que estoy a punto de abrir una puerta que no podré cerrar nunca más- Puede buscarme. Le informaré cómo evoluciona. Soy la Doctora Anderson, Sofía Anderson.
—Gracias Doctora. Lo haré. Yo soy Noa. Noa Green.

El castillo de Coral Gables emerge solitario ante las luces de mi auto.
Parece una torre vacía y yo la Rapunzel que sola regresa al eco de sus amplias y calladas habitaciones.
Pronto vendrá la tarde y con ella la melancolía de algunos “replanteos” que impiadosos me asaltan desde hace unos meses.
Llego hasta el Living Comedor, un gran ramo de rosas blancas reina sobre la mesa junto a una nota que dice: “no creas que lo olvidé”
Con la yema de mis dedos recorro la suavidad de esos pétalos níveos.
—Por dios Nick…que fue lo que nos paso…
 Acomodo las flores en un jarrón y lo deposito sobre la elegancia de una pequeña mesa del descanso.
Destapo una botella de champagne y me siento junto a la piscina.
―Amar es una jodida trampa del destino—digo mientras sorbo mi copa―Happy aniversary princess—agrego con ironía y me rió ante la ocurrencia.
Mientras el firmamento va transmutando ante mis ojos escucho por primera vez la belleza de tu voz llamándome por mi nombre…

 Fotografía: Dmitry Ageev




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miércoles, 10 de julio de 2013

Cartas para Noa (8 bis)



Con el paso de los años he llegado a pensar que el amor puede ser el más terrible de los ejércitos, Noa.
Y a veces cruel…como perderse en un insondable abismo es rendirse ante su bravura.
“El amor es un estado de la mente y del corazón y del espíritu”…Te escucho decir.
 Siempre te escucho.
Estoy sentada con una copa de vino frente al ventanal, abierto de par en par, dejándome endulzar con los sonidos del viento. Intuyéndote cerca, mientras vos estás dibujándote en los contornos de la brisa.
…Recordando. ¿Acaso no fue a lo que vine entre otras cosas?
La casa de mi niñez es maravillosa en Enero. Cómo pude haber pensado lo contrario.
El sol del alba resplandece en las sierras que la envuelven con delicadeza y el atardecer, dormitando en las manos del horizonte, es un óleo perfecto de infinitos colores.
Si tan solo pudieras verlo, Noa.
Si tan sólo…
De a ratos creo que todavía cabalgo en las líneas del ocaso con los ojos explotando en los destellos de esa prometedora lejanía.
Por aquellos días adoraba montar a pelo la blanca yegua de mi Padre e imaginar que volaba por encima de las nubes que decoraban el verde espejo de nuestro jardín.
“Jamás te olvides de tus alas, eres un pájaro”
Tus palabras bellas se quedan flotando en la serenidad de esta noche…
Y me encanta saber que todavía reanimas la parte más pura de mi alma.
Y me emociona que a pesar de  los años aún  no has dejado de rescatarme.
Cuantas veces me liberaste de las pesadas cadenas de la melancolía.
Cuantas veces tuviste esa embriaguez de palabras para resucitarme de mis agonías; todas ellas, hijas del miedo…
Tenías razón,  la soledad es una sabia hechicera a la que hay que dejar ir a tiempo.
Tal vez haya llegado el momento de abandonar la gélida nostalgia de “Naxos”.
Qué tristeza pensar en el tiempo, Noa.
En el que pasó.
En el que viene.
En todo el que aún nos falta…

Fotografía: Fadi Tarawneh


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Cartas para Noa ( 8 )



—Doctora Anderson…Doctora Anderson.
―Si…
―Lamento despertarla pero se requiere su presencia en la sala de emergencias.
―Estaré en un minuto.
Miro mi reloj pulsera. Son la 4 de la madrugada. Hace 13 horas que estoy de guardia y mi cuerpo me pasa factura al incorporarme. Lleno mis manos con agua helada y me salpico la cara. Me contemplo en el espejo del botiquín. Estoy visiblemente demacrada.
El altavoz resuena en mis oídos solicitando nuevamente mi presencia en emergencias. Agilizo mis movimientos.
Las blancas paredes del corredor me envuelven encandilando mis pupilas.
Embrujada por el destello y la ensoñación que aún no me abandona,  inspiro y expiro varias veces el aire que se transparenta en los níveos azulejos que proyectan mi figura,  avanzando hacia la sala.
Mis pasos retumban en la callada quietud de la noche. Solo levitan las almas que deambulan errantes y el anhelo de los vivos que sueñan mientras duermen.
Presiono el botón del ascensor. Al hacerlo, como una alarma que detona en mi mente, me doy cuenta de la fecha y  que además olvidé comprar un regalo. Seguramente yo tampoco lo recibiré pero como siempre pretenderé que sí -tal vez lo haya recordado algunas horas antes que yo-
El elevador demora más de la cuenta.
Me he despertado cautiva en los paisajes de una desconocida melancolía y no puedo evitarlo. Siento un puntada en el pecho. Respiro profundamente, no quiero reflejar mi aflicción- con el paso de los años he desarrollado la extraña virtud de esconderme detrás de pesados barrotes-
Sutilmente rechina la pesada puerta maciza al abrirse de par en par y al ingresar experimento durante algunos segundos un punzante nudo en la garganta.
El imperceptible movimiento repercute en mi estomago y cruje, recordándome que tengo hambre.
Me sorprendo ante el estado que estoy experimentando-no es la primera vez que paso más de doce horas de guardia, no soy una novata-me sentencio- y me obligo a recuperar mi postura sabiendo que no puedo permitirme flaquezas y mucho menos cuando debo ser eficaz ante una emergencia.
El ascensor se detiene en el segundo piso. Una mujer irrumpe hablando acaloradamente por su celular. Su larga cabellera azabache hasta los hombros estalla en mí un puñado de recuerdos y me estremezco.
-Me siento apabullada de forma tal que me hago pequeña estrellándome en una de las esquinas del frío aparato-
Varios días después de esa noche, Jefferson y María regresaron de su viaje en el yate de la familia, y ella, como una parda emisaria del más allá cuya única función fue ocasionarme una muerte, continuó inalterable en su papel de “siempre anfitriona”.
A tal punto llegó su indiferencia, que después de unos meses mi cabeza elaboró algo así como una duda…aunque en el fondo tuviera la certeza que no cabía ninguna.
¿Acaso hacía falta una simple borrachera para que el idilio se desvaneciera como agua entre las manos?
Welcome to Miami…el tono de su voz retumba en mi mente rasgándome los tímpanos.
No fui nada más que una niña tonta—me sentencio—
Con el tiempo Jefferson se deshizo de ella. Claro que lo hizo.
Su reemplazo fue una joven venezolana, rostro de una importante marca de cosméticos.
La noche previa al momento de su “glamorosa” partida, envuelta en un vestido de diseñador y conduciendo el porche que Jefferson le había obsequiado para su cumpleaños, inesperadamente coincidimos en el pasillo, mientras Nick y su padre tomaban una cerveza junto a la pileta y debatían pormenores del negocio inmobiliario.
La había notado sutilmente abatida durante la cena. De a ratos sentía sus ojos mirándome fijamente y yo, lejos de evitar el contacto, me esforzaba en sostener la mirada intentando tal vez, descifrar su mensaje. No tuve éxito.
Nos encontramos frente a frente. Yo saliendo del toilette, ella de su habitación.
El impulso fue incontrolable- como la lava de un volcán que encontró por fin una hendija para fluir libremente— ¿Podemos hablar? Le pregunté, casi susurrando y ella con una extraña mueca- mezcla de sorpresa y altanería- asintió con su rostro y me ofreció su mano para entrar en su habitación.
Durante dos segundos mantengo el puño cerrado y apretado con fuerza; finalmente la abro muy despacio y la apoyo sobre la tibieza de la suya que, con firmeza, se contrae al hacer contacto con la traspirada timidez de mi tacto.
Cierra la puerta. Camina hasta una mesa de noche y enciende un cigarrillo. Me ofrece uno. Yo me niego sacudiendo el rostro. Después se sienta en la silla de su tocador y cruza las piernas. Su figura imponente me amedrenta y bajo la mirada.
— ¿Qué necesitabas hablar conmigo, Sofía?Me pregunta, casi sobradamente mientras aspira con brío la colilla húmeda de su largo cigarrillo francés.
Su actitud me enerva. Aprieto los dientes. Estoy cautiva en un impensado remolino que bordea la ira—No me hables así— le digo y me sorprendo ante el ímpetu de mis palabras.
Ella se queda mirándome durante algunos minutos. El aire corta como una navaja.
El cortinado del ventanal abierto se hincha al recibir un empujón de la cálida brisa nocturna y entonces el espacio se colma de oxigeno fresco; un alivio que aspiro con profundidad llenado mis pulmones.
— ¿Qué no te hable cómo?
—…Cómo si no tuviéramos absolutamente nada de qué hablar—le respondo y se humedecen mis ojos a punto de llorar.
Otra vez petrifica su mirada. Yo la observo sin comprender su actitud.
— ¿¡Porque estás haciéndome esto?! —vocifero al fin y sin poder contenerme, las lágrimas explotan empapando mi rostro.
Se levanta de la silla y estrella la colilla en el cenicero. Se acerca. Su cuerpazo de un metro setenta y cinco parece un tótem frente a mí.
— ¿Porqué, María, porqué lo hiciste?
—Porque era exactamente lo que tú querías que hiciera…—Me responde por fin, muy resuelta.
Me aparto impetuosa.
—Eso es mentira. Yo no soy…
— ¿No eres qué?....Por favor Sofía, madura de una vez por todas.
— ¡Prácticamente me violaste!—le reclamo, mientras seco mis lágrimas.
Ella lanza una carcajada llena de sarcasmo.
—No fue así y lo sabes perfectamente. Acepto que te resulte más fácil enojarte conmigo cuando en realidad estás más encabronada contigo misma que otra cosa pero no intentes convencerte de algo recurriendo a una mentira. Lo que pasó, pasó. No le busques tantas explicaciones.
—Como podes ser tan cruel…—le reclamo y giro sobre mis talones rumbo a la puerta.
—No estoy siendo cruel, Sofi…
Me detengo.
—Es necesario que comprendas que siempre resulta más cómodo creer que la vida y sus circunstancias son las verdaderas responsables de nuestros actos cuando en realidad no es así. ¿Qué pretendes que diga? ¿Qué te forcé a algo? … ¿qué vas a ganar con eso?
Absolutamente nada, pienso, apretando los párpados.
—Capitaliza la experiencia y continúa tu camino como quieras continuarlo. No has hecho nada malo, por dios, sácate eso de la cabeza o la tortura no va a dejar que vivas…
La puerta suena. Es Nick. Mi corazón se acelera desbocado. ¿Desde cuándo está detrás de la puerta?
— ¿Está todo bien?―pregunta, mientras me toma de la cintura.
―Claro que sí, cariño―se adelanta María—Sofía y yo charlábamos cosas de mujeres.
Nick detiene su mirada en ella. Ya me ha confesado cuanto le molesta que le diga “cariño”.
No le responde.
—Pensé que ibas al toilette…
—Sí, lo hice. Y después me quedé con María. ¡Ustedes no paraban de hablar de negocios!— agrego, sonriendo.
Él también sonríe y me pide disculpas.
― ¿Te quedas ésta noche?
―No. Prefiero que me lleves. Mañana tengo que acompañar a Greta al Down Town temprano en la mañana.
―Ok.-
Suelto la mano de Nick y me acerco a besar la mejilla de María, como lo he hecho desde que nos conocemos.
—Que descanses, María.
—Tú también descansa, linda.

A la mañana siguiente, se esfumó de mi vida para siempre.
  
Su ausencia no me facilitó volver a mi eje como yo esperaba. Demasiado era el poder de esa imagen: la ducha, el mueble laqueado y yo, cómodamente extasiada en sus brazos de Venus latina.
Novata ante la silenciosa oscuridad de mi secreto y sin dedicarme cinco minutos a replantearme ningún “por qué” ni “para qué”, tan sólo pude recurrir al falso profeta del ajetreo cotidiano en un intento desesperado de ser salvada por los velos del olvido.
-María y su apocalíptica intervención no formaban parte del bosquejo de esa vida añorada y por ende debían diluirse en el torbellino del tiempo-
Comenzaron las clases, las actividades deportivas, las salidas, la gente nueva  y mi mundo externo se magnificó al cien por ciento.
Inevitablemente los encuentros con Nick se fueron espaciando y pronto me convertí en una estudiante enfocada casi de manera obsesiva en el objetivo de cumplir con los estándares establecidos en el Miller School.
Al principio sufrí bastante la distancia entre nosotros, después se volvió algo normal, una parte del correcto funcionamiento del sistema habitual.
Comencé a hacer amigos, a involucrarme en grupos de investigación. A frecuentar reuniones universitarias. A interesarme en programas de especialización. A presenciar conferencias de renombrados profesionales cuyas visitas eran frecuentes en las instalaciones de la UM y casi sin darme cuenta me fusioné con la geografía de esa máquina y sus esquemas a tal punto, que al cabo de los años casi nada quedaba de esa nena provinciana que había emigrado al norte a protagonizar su ficción de ensueño.
El nexo con mi familia se convirtió en una formalidad de llamadas esporádicas y visitas navideñas casi con desgano.
Incapaz de perdonarme por mi atentado, víctima de un descuido impensado, me volví meticulosa hasta quedar congelada en ese mueble laqueado en dónde se desparramó mi inocencia.
Las cosas entre Nick y yo adquirieron un orden de rutinarios horarios y establecidas salidas.  Ambos sabíamos que había demasiadas expectativas que cumplir. Las nuestras, las de los demás, las del entorno ¿Sabes cuanta gente quisiera estar en nuestro lugar, Sofí? El argumento tiene tanto peso que hoy nos contemplo en retrospectiva y nos exonero de todo.
Nos mudamos juntos no bien Nick terminó su carrera y Jefferson le endilgara la responsabilidad de todos sus negocios. Ocupamos la casa de Greta y Ricardo en Coral Gables, después que ellos decidieran su retiro a la isla de Hawái y pospusimos nuestro casamiento hasta mi graduación. Al final nos dimos cuenta que ninguno de los dos tenía tiempo para pensar en semejante ajetreo.
El ascensor me deja frente a la sala de emergencias.
—Doctora, nos juntamos esta noche a tomar unas copas en el departamento de Lisa…
—Les agradezco la invitación, Kevin. Pero ésta noche cenaré con Nick.
Tomo una respiración y atravieso la puerta hacia el caos de urgencias.
El trajín es el mismo de todos los días.
Mi celular vibra dentro de mi chaquetilla. Es un mensaje. Lo leo mientras avanzo a pasos agigantados. El nudo en la garganta y la puntada en el pecho de repente adquieren una lógica explicación: Cariño, no llegaré ésta noche para la cena. Tengo un negocio complicado y tuve que viajar a Los Ángeles. ¿Me perdonas, verdad? Mañana te lo compensaré. Te amo. Nick.
Me desligo del móvil. Otra vez fui yo la que recordó la fecha del pospuesto casamiento que acordamos celebrar aunque no haya sido.
El traqueteo retumba en mis oídos y me ensordece a tal punto que quiero vomitar.
La gente va y viene en la agitada ráfaga que se desenreda entre esas paredes, y yo en cámara lenta, ahogándome en el abismo de una pesada soledad.
Mientras avanzo, rompiendo el sonido con el filo de mí silencio, mis ojos encuentran los de Noa, y sé, inmediatamente, como si un libro de revelaciones se hubiera abierto en mi camino, que está toda mi vida a punto de cambiar para siempre...

Fotografía: Dmitry Ageev 


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