viernes, 23 de agosto de 2013

Cartas para Noa ( 16 )


Abro los ojos lentamente. Mis párpados son dos cepos que no le permiten a la luz hacer contacto con mis pupilas agrietadas.
-Soy una doncella muerta que levita sobre la filosa quietud del alba que me recibe con sus destellos de colores ocres- Ha dejado de llover y el aire de la fresca alborada penetra en mi silencio como una guadaña de hoja oxidada que sin reparo rasga mi piel ahogada en pena.
La casa retumba murmullos que reptan por cada uno de sus rincones. Lamentos, sollozos…palabras lastimadas que no consuelan.
Mi tristeza es un eclipse. Soy una dama de Shalott que navega a la deriva…
Albert entra en mi habitación ahogada en penumbras. La falta de descanso me tiene abombada, casi sin poder hilar una frase que resulte coherente. Me consulta si necesito algo. Le respondo que no, sacudiendo el rostro. Abajo, en la sala, el cuerpo de Nick descansa en su lecho color caoba.
Fue necesario que subiera a refugiarme en uno de los pasadizos de mi torre; Jeff, a merced del dolor, aventó sobre mí una punzante perorata de reclamos.  Estoy desvalida entre las cuatro paredes de mi  habitación gigante.
Mi celular está en silencio pero puedo ver, cuando se enciende la luz de su pantalla, que no cesan de llegar mensajes y llamadas que se pierden. Quisiera tener fuerza para incorporarme y escuchar alguna voz familiar que del otro lado me haga sentir que no está mi barca a punto de zozobrar, pero mi cabeza es un cambalache de emociones y pensamientos indefinidos de los cuales no logro liberarme.
¿Cómo es que no lo sabías, Sofía? ¿Cómo es que no estabas al tanto que tu esposo, mi hijo, estaba sufriendo de esa manera? ¿A dónde estabas cuando mi Nick restaba días de su vida?
Las palabras de Jeff son veneno.
¿A dónde estabas, Sofía?…
Ahora es Victoria la que irrumpe mi santuario de embestidas implacables.
—Sofía…cariño…tu hermana está al teléfono. Por favor, habla con ella.
Me aferro a la frialdad del aparato como si fuera un salvavidas en medio del mar muerto y quiero hablar pero exploto en lágrimas que se resbalan por sus  líneas obtusas.
―Sofi…cuanto lo siento, no sabes cuánto lo siento…
Su voz se queda haciendo eco en mis tímpanos. Abro los labios. El corazón se me acelera y se comprime en una aguda puntada.
Intento salir al cruce del aluvión de vocablos que quieren explotar de mi boca pero no puedo y le aviento un sinfín de demandas sin sentido que no calman el ardor de mi herida….tu profecía y la de mamá está cumplida…
Finalizo mi prédica asfixiada en lágrimas; estrellando el teléfono contra la pared.
Me levanto enfurecida y camino alterada de lado a lado para después caerme de rodillas sobre las gélidas baldosas del piso.
— ¿¡Porque lo hiciste!? …maldito cobarde… ¡cobarde!―vocifero, enfurecida.
Vuelve a ser Albert, el apacible Albert Dawson, el que me escolta sosteniéndome del brazo horas después, cuando la caravana de autos arriba a las instalaciones de Pinewood Cementery.
La frondosa arboleda  nos resguarda del sol que acaba de vencer el manto grisáceo de las nubes y ahora reina incauto. El sermón del párroco se extiende por más de una hora. Sesenta minutos en los cuales no aparto la mirada del rostro silencioso de mi príncipe y no puedo evitar pensar en nuestros días de jóvenes anhelos cuando aún no habíamos sido devorados por esa brea contraria al amor que todo lo corroe.
De repente, una mano cálida me aprieta el hombro con fuerza. Giro la mirada. Mis ojos empañados descubren el rostro de Marcelo junto a Greta y a Ricardo,  entonces me estrello entre sus brazos.
Inevitablemente, sus  presencias son un oasis en medio del devastador desierto.
Aferrada a su tenaz asistencia me estremezco con cada sorbo de tierra que se lleva una parte de mi vida, así sin más, como si se tratara de una hoja que ha decidido perderse en las líneas del viento.
Llegamos a la casa junto a varios parientes y amigos de Nick que deciden prolongar la despedida. Yo sólo quiero encerrarme en mi habitación y dejar que los días se diluyan en el tiempo. Lo hago.  Marcelo y mis tíos  se ocupan de ser los anfitriones de la sala fúnebre.
Cerca de las 9 de la noche el mutismo de la casa es prácticamente total. Solo se escuchan algunos pasos ajetreados yendo y viniendo de la cocina a la sala.
No sé cuánto tiempo transcurre desde que decidí apoltronarme en mi alcoba hasta que Marcelo interrumpe mi ensoñación, sentándose a mi lado.
—Te traje algo de comer Sofi…
—No tengo hambre—balbuceo, con los labios apretados.
—Tienes que comer, linda y lo sabés.
—Sí, lo sé, pero ahora no puedo probar un bocado…
— ¿Si la dejo sobre la mesa de noche me prometes que intentarás comer?
Asiento con el rostro, mientras se me resbala una lágrima.
—Gracias por venir, Marce—le digo y aprieto su mano.
—No me agradezcas.
—No sé cómo voy a hacer para seguir adelante…me siento tan culpable, tan sola…tan…
—Vos no tenés la culpa de nada de lo que pasó—me interrumpe—Nick estaba enfermo y se encargó de ocultarlo durante años…
—Yo debí sospecharlo.
—Sé que en este momento es difícil y que querés hacerte responsable…
—No sé cómo voy a hacer para perdonarme…para perdonarlo…
— Solo con el tiempo, Sofi—me dice y aprieta mi mano.
Cierro los párpados con fuerza. No estoy segura que Marcelo tenga la razón.
-El tiempo es sólo una maldita anestesia. Pienso y aparto su mano de la mía para volver a esconder mi rostro en la soledad de la almohada.
—Quisiera saber cómo ayudarte…
—No puedes. Nadie puede—murmuro, con la voz entrecortada.
—Ven conmigo a Brasil. Te hará bien estar lejos de todo esto por un tiempo—me dice, recurriendo a un tono que suena esperanzador.
Me incorporo y me acurruco entre sus brazos.
—No puedo irme, Marcelo. No puedo…
Él responde a mi abrazo y también deja escapar algunas lágrimas.
— ¿Hasta cuándo, Sofía?
No respondo. No tengo la respuesta.
—No voy a dejarte sola en esta casa—agrega y seca sus lágrimas imperiosamente.
—Te pido por favor que lo hagas. Necesito encontrarle respuestas a lo que pasó…
—Hay cosas que simplemente no la tienen, Sofí. Son lo que son, y nada más. Todo sucede por una razón…
—Entonces debo encontrar esa razón—respondo, con firmeza.
Varios días después mis tíos lograrán entender mi pedido a regañadientes y se marcharán a Hawái, con la promesa de regresar- la cuál cumplirán sin excepciones, una vez al mes- y un avión conducirá a Marcelo lejos de la frialdad de mi Atalaya, sin saber ninguno de los dos, que habrían de pasar cuatro interminables años antes de volver a encontrarnos.

Lentamente me desplazo entre los largos laberintos concéntricos de mi morada. Parece que floto como un fantasma desahuciado que intenta hacerse invisible a la mirada de ese testigo implacable que, agazapado entre las sombras, me recrimina constantemente y a cada hora cada uno de mis actos.  --Sucede que aún no he podido encontrar un minuto de sosiego para tratar de rescatarme de semejante silicio-
Al cabo de un mes, las llamadas de Noa dejaron de aullar imperiosas en mi teléfono celular. Supuse que por fin había comprendido que debía abandonarme también en la fría arena de Naxos; al fin y al cabo, yo no era más que esa desesperada doncella dejada en este páramo marítimo en dónde no habría Dionisio que viniera a tejer en el firmamento ninguna Corona Borealis. No para a mí.
Estoy sola…—Pienso, mientras sorbo la última copa de la segunda botella de vino.
Los espectros de mi vida maltrecha me asolan aún más cuando pierdo la cordura tras los efectos del alcohol pero no los resisto; al contrario, los dejo arremeter contra mí para recordarme que dejé morir a mi padre en soledad, a Nick en el silencio, a mi madre en vida…
Repentinamente, caigo en la  cuenta que el timbre suena incesantemente y sin ninguna intención de dejar de hacerlo hasta que interrumpa su chirrido con mi intervención. Me incorporo a duras penas. Estoy mareada, descompuesta.  Abatida.
Encaro hacia las escaleras para esconderme una vez más en mi desprolija habitación pero entonces el pecho se me comprime en un estruendo y la imagen de Noa coloniza todos mis sentidos. Sacudo en rostro. Tal vez por mi estado o por mis ganas inconscientes de darme un respiro es que freno mis pasos y prácticamente corro hasta la puerta.
El impulso es certero. Noa está en el descanso, con el rostro visiblemente demacrado y miles de lágrimas desparramadas por sus mejillas.
No puedo evitar quebrarme en millones de pedazos frente a su presencia y caigo de rodillas al piso, entonces sus brazos me detienen y me aprisionan, rescatándome del vacío. Durante algunos segundos intento zafarme de su contención pero me desplomo rendida y finalmente me entrego a su dulce consuelo.
Abro los ojos. Estoy acostada en mi cama, usando ropa limpia y con mi piel oliendo a miel. El ventanal está abierto de par de par. La brisa fresca del ocaso penetra benevolente cabalgando por las partículas del aire, entonces respiro muy hondo y dejo que mis pulmones se deleiten con su reparadora caricia.
Agudizo la mirada. Noa está a mi lado.
—Preparé una ensalada… ¿me acompañas?
No tengo deseos de comer pero todo en mi interior me grita que debo alimentarme.
—Solo un poco—balbuceo, no muy convencida.
Noa sonríe, dulcemente.
—Vuelvo en cinco minutos.
Se marcha. La habitación se queda sin su luz. Aprieto los párpados con fuerza. El corazón se me desboca estremecido. Recién cuando logro escuchar sus pasos acercándose, logro recuperar el ritmo de mi respiración, ahora agitada.
Aparece con una gran bandeja portando dos platos con vegetales y dos vasos gigantes con jugo de piña. Logro ingerir algunos bocados. Después alejo el plato de mí y vuelvo a recostarme. Me siento exhausta. Noa aleja la bandeja y también se recuesta. Cerca,  pero procurando que su piel no roce la mía. Me percato del detalle y suspiro profundamente. Necesito que así sea.
Nos quedamos mucho tiempo así. En silencio. Su respiración es una pausa, entonces me atrevo a cerrar los ojos y duermo toda la noche.
Despierto con el tenue sol del alba. Me pongo una bata y bajo las escaleras. Llego hasta la cocina. Al verme,  Noa me sirve una taza del café que humea en la cafetera. Se la recibo. Me pregunta si quiero comer algunas galletas. Asiento con el rostro-descansar me ha abierto el apetito-Después me toma la mano muy despacio y me conduce hasta el jardín. Nos ubicamos en los sillones de la galería. El cielo está azulado y destella una belleza oceánica que me roba un suspiro. A media mañana, ya más recuperada, sé que es imposible seguir postergando las palabras.
—Gracias—murmuro, apretando los labios.
Baja la mirada y suspira muy hondo.
—Gracias a ti por dejarme acompañarte…
Tomo algunos sorbos de café. Está hirviendo y me quema la garganta.
—No puedo, Noa—hablo por fin, endureciendo mis labios.
—Lo sé—me responde, después de algunos minutos.
—Quisiera…que las cosas fueran de otra manera… pero no lo son—agrego, con los ojos húmedos y la voz entrecortada—Necesito estar sola y pensar…
—Estas haciéndote daño—afirma, mientras se pone de pie y se aleja algunos pasos—Y la impotencia que siento es…un monstruo que me está matando…
—Estoy haciendo lo que puedo—interrumpo, con seriedad
— ¿Realmente crees eso?
Me pongo de pie y me alejo hacia el interior con pasos acelerados. Giro sobre mis talones. Estoy desconsolada.
— ¡¿Acaso crees que no estoy intentándolo?!— Le grito, arrebatada por mis nervios.
—No—me responde, con certeza—Estas encerrada, torturándote…
— ¡¿Y qué quieres que haga?! ¿¡Qué juguemos al cuento de hadas y me fugue contigo!? ¿¡Qué me olvide de la noche a la mañana que acabo de enterrar a mi esposo muerto de sobredosis!? ¿¡Qué borre de mi mente esa imagen tuya y mía traicionando a Nick mientras él se asesinaba en una puta habitación de hotel!? ¡¿Eso quieres que haga Noa?! ¡¿Eso me pides!?
— ¡Estoy pidiéndote que dejes de castigarte por algo que no ocasionaste! Nick eligió su camino al igual que tú elegiste el tuyo… él prefirió hacerse daño, tú elegiste el amor…
—No me hables de amor ¡No lo hagas!
—Tú y yo nos amamos… ¿acaso te vas a atrever a negarlo?
En dos zancos estoy frente a una etiqueta de cigarrillos semi vacía que descansa sobre la barra. Me tiemblan los labios pero logro encender uno.
Aspiro con fuerza. Estoy en silencio. No quiero responder.
—Lo que sentimos no es amor...—sentencio al fin y al hacerlo me duele el pecho.
—No hables de lo que yo siento…—Responde. Camina hasta el sofá y se desploma.
—Perdóname—le digo y exploto en llanto— ¡No puedo!  iSi realmente me amas, déjame sola!...Necesito encontrar la manera de olvidar, de seguir adelante..
—No me pidas eso, por favor…
Aprieto los párpados.
—No tienes que olvidar—continúa—Uno debe curarse las heridas para poder seguir adelante y sólo el amor tiene ese poder Sofía…
—Por ahora no puedo hacer otra cosa—concluyo, sin poder vencer las lágrimas.
Nos quedamos algunos minutos en silencio.
—Mi vuelo sale mañana a las cinco de la tarde. Vuelvo a Londres—agrega, y se pone de pie—Sé que no vendrás pero voy a buscarte entre la gente.
—No voy a ir, Noa—le respondo, ahora de espaldas, abstraída en la nada.
—Lo sé—contesta, con dolor en su voz
Suspiro muy hondo, mientras por el reflejo del vidrio contemplo su silueta alejarse de mí. Quiero salir corriendo y aferrarme a sus brazos pero aprieto los dientes y freno mis impulsos.
—Siempre voy a cerca de ti. No lo olvides, siempre…hasta que vuelvas...
Sus palabras se quedan levitando en el aire mientras el ruido seco de la puerta retumba en mis tímpanos. Entonces, la casa cruje a mí alrededor y se vuelve un acorazado. Una bestia gigante que me verá deambular como un alma en pena, perdida en la inútil cruzada de entender por qué…

Fotografía: Peter Lindbergh



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