martes, 11 de junio de 2013

No te mueras sin decirme a donde vas...



Rachel no es un fantasma.
Es un espíritu - ¿o acaso es un ángel?-
Es el espíritu de una mujer que Leopoldo amó…en otra vida.

 “Recolectores de sueños” será la frase que elijo para comenzar. La metáfora es del director y se la pido prestada para desentrañar desde allí el nudo de éste poema que el argentino Eliseo Subiela escribió y dirigió allá  por el año 1995.
-Por aquellos días Terry Gilliam nos maravillaba con su épica de 12 monos, Alex de la Iglesia nos deleitaba con la maestría de su día de la bestia y Woody Allen nos conquistaba, una vez más, con su poderosa Afrodita-
Pero el sublime director argentino iba a hacer algo distinto; iba a recitar una obra maestra, y lo iba  hacer a partir de una frase, de un pedido cargado del más profundo y amoroso significado: No te mueras sin decirme a dónde vas…
Es difícil hablar de una obra que no necesita intérpretes o traductores. De una obra que habla por sí misma, más allá de toda su aparente complejidad, a través de la más pura experiencia de los sentidos,  del universo único y personal de la abstracción.
 Pero a fin  de desafiar las imposibilidades y siendo consciente que será necesario acuñar tal vez nuevos conceptos para abarcar lo indefinible, me atrevo a  confesar éstas líneas.
Leopoldo es un hombre de barrio;  trabaja como proyeccionista en un cine agonizante  de Buenos Aires. Lleva años intentado construir una máquina capaz de grabar los sueños humanos.  En el fondo de su casa tiene un tallercito en el que inventa cosas. Leopoldo sueña con un gran invento que lo rescate de una mediocre muerte anunciada.
-Todo  comienza en New Jersey, en 1885. Bajo la lluvia, un hombre acongojado asiste a las exequias de su esposa. De vuelta en su residencia, solo y triste, medita y hace girar el "zoetrope", un juguete de la época, precursor del cine. El hombre se queda dormido. El hombre sueña. El sueño del hombre es un proyector de cine actual que cargan y accionan unas manos. Cuando se proyecta la luz, el sueño de ese hombre será la historia de Subiela, la cual  recitará como un Shakespeare; como el juglar de una oda al amor, a la vida y a  los misterios de la muerte-
Después de muchos intentos frustrados, Leopoldo logrará rescatar en sus sueños-con su máquina ya puesta a punto- las imágenes de una mujer vestida con ropa del siglo pasado. En esas imágenes la mujer está con un hombre. A partir de allí, la dama antigua, que se ha presentado como Rachel y lo ha llamado William como aquel personaje de la primera escena- colaborador de Thomas A. Edison- será su compañía;  le dirá que fueron pareja en una vida anterior, y que en realidad vienen amándose desde hace siglos, de distintas maneras y en distintas reencarnaciones. En la última, Leopoldo, fue ese hombre del comienzo que soñaba construir una maquina que pudiera captar  imágenes en movimiento, “imágenes que alivien, que liberen, que curen, imágenes que devuelvan la esperanza... la maravillosa posibilidad de miles de personas soñando el mismo sueño al mismo tiempo, la posibilidad de vencer la muerte. Imágenes que permanecerán  para siempre: seres moviéndose, amándose, odiándose, metidos en una máquina que podrá proyectarlos en una pantalla. Como una ventana por la que puedan echar a volar los sueños liberados. Un preservador de sueños. Para que no se esfumen cuando nos despertamos, cuando volvemos a la espantosa realidad.
Rachel le confesará que no se ha vuelto a reencarnar porque tiene miedo a nacer. Miedo a los sufrimientos de la vida.
¿Podría ser que Rachel fuese un ángel? No un ángel mensajero ni guardián ni guerrero, sino quizás ese ángel, emblematizado por Rilke: un ángel que trae a la memoria la presencia de la muerte, pero para celebrar la vida…porque ¿Qué hace este espíritu de mujer/ángel, si no mostrar la fragilidad de la vida? ¿Qué hace Rachel, sino enseñar a Leopoldo a mirar con nuevos ojos el porvenir de una existencia que se elige a sí misma en virtud de su amor? ¿Qué hace Rachel, sino orientar la mirada de Leopoldo hacia las infinitas posibilidades de nuevos nacimientos? Rachel, espíritu femenino de presencia angelical, dadora de luz desde una ausencia de lugar, es expresión de la nostalgia de quien anhela su condición existencial. Y también es expresión del deseo de vida y anuncio destinal ante la propuesta de Leopoldo por morir para reunirse con ella  en el otro lado, a lo que ella responde: "ni se te ocurra, tenemos que encontrarnos en la vida... ya va a ocurrir". 
¿Es la muerte el final del camino?
Subiela nos ha dejado rastros de una inquietud vital por el arte de la vida y el acontecimiento mágico del soñar.  Porque, sueño o no, la vida es ese tránsito camino a la muerte en el que, estos animales heridos que somos los mortales, desafiamos el tiempo y morimos y renacemos y amamos y todo para seguir vivos.
Al final, en medio del inmenso mar de la ensoñación y sus metáforas, descubriremos- si acaso hemos comprendido que el amor es el antídoto ante lo perecedero- que la fragilidad de nuestra existencia, no es otra cosa más que la urgencia  de asegurarnos fragmentos de inmortalidad traducida en pequeños instantes…

"No te mueras sin decirme a dónde vas" de Eliseo Subiela, película completa:   http://www.youtube.com/watch?v=wu27s-mJHXU

Fotografía de Karol Bak