lunes, 3 de junio de 2013







"Mulier taceat in ecclesia"

(la mujer calle en la iglesia)

















Los hombres quemaron a Juana.
A Juana la virgen, a Juana la doncella de Lorraine,  a  la santa heroína, a Juana de arco…a la niña iluminada que quería cambiar la historia, a la guerrera victoriosamente “hereje” que desafió a una Nación, a la humilde virtuosa que habló con Dios, a la bruja que salvó a Francia, a Juana, simplemente…
La maldita niña francesa olvidada entre los siglos XVI y XVIII y estratégicamente celebrada en el siglo XIX, cuando el pueblo francés se erigía como nación y encontraba en ella, en la épica y el heroísmo de su historia, en lo fantástico de las voces divinas que la acechaban y la impulsaban a liberar a su pueblo, un lugar propicio para crear una identidad común; nació en un pueblecito de la región de Lorena, Domremý el 6 de enero de 1412. Faltaban aun más de veinte años para que terminara la larga y cruenta guerra entre Inglaterra y Francia, cuando la piadosa campesina impulsada por sus voces sagradas, guió a los ejércitos franceses hacia la victoria en Orleans, promoviendo la coronación del Delfín, Carlos VII.
Un año más tarde era capturada en Compiegne por tropas del duque de Borgoña y vendida a los ingleses. Nada hizo su rey por impedirlo.
Fue excomulgada, condenada por hereje y entregada por la santa inquisición a la justicia secular que castigaba esos delitos con la hoguera pública. La sentencia se cumplió un 30 de mayo en la plaza del mercado de Rouen. Más de diez mil personas se agolparon para verla. Llegó vestida ya sin sus famosos atuendos “masculinos” sino con los largos ropajes que reservaba la inquisición a las brujas, con las manos atadas y un capirote en la cabeza que decía: “Hereje, reincidente, renegada, idolatra”.
La multitud la vio rezar de rodillas, besar un crucifijo y comulgar antes que su verdugo encendiera los troncos de la pira y su cuerpo se ahogara entre las llamas.
Los hombres de Dios quemaron a Juana esperando hasta el último momento que el diablo se presentara a salvarla de las flamas.
Los hombres mezquinos y su demagogia quemaron a Juana suspirando aliviados cuando la amenaza de su existencia se volvió en cenizas.
La vestida de varón a cara descubierta, la vestal empecinada, la segura, la altiva, la valerosa amazona virgen, la poseída por una ley divina que no fue la de los hombres…vuelve, con su estandarte de arcángel a cabalgar  por los campos fantasmas de guerras que claman justicia.
Vuelve para ser el grito espectral de esas mujeres que ardieron en los fuegos del silencio, vuelve a reenvidar a la providencia y a sus voces invisibles provenientes del cosmos; del centro mismo de la tierra que siempre ha brillado en los corazones sin mal.
Vuelve con su ropa blanca y su rostro intacto en nombre de miles de almas sin descanso a preguntar porque.
…Vuelve con su inmaculada mirada, inmortalizada por Rossetti, a ser la eterna doncella arrastrada por la pasión de sus ideales…arrastrada por el santo amor de su Dios.

Juana de Arco
Dante Gabriel Rossetti, 1882