sábado, 22 de junio de 2013

Cartas para Noa (1)


Cruzo la pesada puerta de hierro y vidrio e inmediatamente el aire se transforma sumergiéndome en un nuevo paisaje de colores y aromas.
Del otro lado, la geografía está intacta, como si se tratase de una escena suspendida en el tiempo, detenida en algún punto del quantum universal. Las losetas del camino hacia la puerta principal siguen sin brillo, los geranios del cantero aún están allí en sus estrechas macetas, desprolijos como siempre, y al verlos, tengo la misma sensación de niña al encontrarme con ellos frente a frente por primera vez:  una mezcla de noble extrañeza;  de pie  junto al colorado casi fosforescente de su flor,  descubro lo simple de la belleza y sin tregua quedo prendida a esa planta común, obtusa en sus líneas. Quedo atrapada en los poros de sus hojas gruesas y ásperas, en su ambigua existencia.
Mi  Padre me cuenta que la palabra “geranio” procede de la palabra griega pelargos, que significa cigüeña. Con aguda entrega intento entonces encuadrar sin éxito sus formas tormentosas  en el cuerpo del ave y espontáneamente comienzo a tomar conciencia de mi imaginación. Tengo 5 años y a partir de allí  mi hogar y sobre todo el jardín, se convertirán en un viaje sin límite, en un sueño casi real de hadas y duendes y ogros y señores alados que me acompañarán casi hasta mi pre adolescencia.
La puerta hace un chirrido a mis espaldas. Se nota que las bisagras están secas. Solas. Abandonadas. Toda la propiedad lo está, lo intuyo a simple vista sin haber entrado todavía a la casa principal. Hace un par de años mi hermana Florencia se ocupaba de venir una o dos veces al mes a regar las plantas y a desempolvar los muebles pero ya no lo hace. El tiempo siempre nos lleva a dejar de ocuparnos de aquellas cosas que verdaderamente no nos interesan —pienso, mientras hago girar la llave— Florencia nunca quiso ocuparse del cuidado de la casa. Tuvo que hacerlo más por obligación que por otra cosa. Por ser la mayor,  la única viviendo en la zona… cualquier argumento la hubiera vinculado ineludiblemente a esa responsabilidad. Marcelo no podía, primero por ser hombre y por vivir en Brasil.
Yo no fui tenida en cuenta. Yo era de Miami. Diez visitas en casi 20 años me habían convertido en un recuerdo. En alguien que simplemente no era de allí. En alguien que se asemejaba a un lejano difunto que de vez en cuando se rememora al contemplar de pasada alguna fotografía en algún mueble sin importancia de la casa.
De los tres yo fui la más desapegada.
Tal vez fue por haber tomado conciencia de mi imaginación a los cinco años y haber querido encajar las formas tormentosas del geranio en el cuerpo de una cigüeña o por haber crecido en compañía de hadas y duendes y ogros y señores alados que vivían en el jardín; lo cierto, es que cuando pude darme cuenta que mi lugar en el mundo no era esa casa ni al lado de mi familia, no repare en gastos de energía para configurar el verdadero futuro que quería para a mí.
Efectivamente, la casa está casi en ruinas. El olor a encierro y humedad que me recibe es nauseabundo, entonces aviento las valijas y corro a abrir los dos grandes ventanales del living comedor. El sol de media mañana explota despavorido hacia todos los rincones y desparrama aire puro que colapsa las partículas muertas del oxigeno encapsulado en el recinto.
Ya más recuperada me acerco a la ventana. La vista hacia el jardín y la calle principal del pueblo sigue siendo una postal. Sonrío de costado al descubrir las cosas que sí he atesorado. Y me veo, con mis shorts celestes claritos, mi remera de Barbie rosa y mis alpargatas de yute blancas jugando con Marcelo y Florencia a la mancha, mientras mi padre prende el fuego para asar las costillas y los chorizos de cerdo. Es domingo, y todos los domingos el asador de mi casa escupe el espeso humo gris de la leña y el carbón recién comprado. Mi madre está en la cocina, hace sus ensaladas, prolijas y meticulosas como ella: Lechuga cortada en juliana, tomate en gajos, cebolla fina, zanahoria rallada gruesa,  huevo duro con siete minutos de cocción y papas noisette hervidas con ají molido. A las doce y media en punto ya estamos en la mesa. Con las manos limpias. Florencia y yo con el pelo trenzado, Marcelo con su jopo casi engominado y mi padre con su camisa leñadora azul mangas cortas.
Camino hasta mi bolso de mano, el que aventé sobre la mesa y enciendo un cigarrillo. La sonrisa de mi madre al vernos estupefactos alrededor de la mesa ocupa  la totalidad de mi mente. Es una sonrisa extraña ahora que puedo verla a la distancia. Una sonrisa de logro, victoriosa, como si con la simple comisura de sus labios estuviera diciendo—Si, lo logré. Y nos veo, en esa mesa que ahora recorro con la punta de mis dedos y  no sé si lo que me invade es un gesto de amable gratitud o de inquisitivo reclamo. Estoy parada frente a esa perfecta foto familiar de los años setenta y se me oprime el pecho.  Tan profunda es la puntada, que prácticamente me obligo a sentarme en un sillón a pesar del polvo que se desparrama indomable al sentir el peso de mi cuerpo. La sonrisa de mamá. Los detalles. El pelo trenzado. El jopo engominado. Las doce y media en punto. La camisa leñadora azul. Nos repaso nuevamente, ahora apretando los párpados, y aunque hago el recorrido cuatro veces siempre quedo atascada en la sonrisa victoriosa de mama y en su ficticia mirada de triunfo y entonces se me cae una lágrima que me llega hasta los labios y humedece la colilla de mi cigarro. No hubo triunfo mamá—balbuceo entre dientes.
El teléfono me arrebata de repente. Sé que es Florencia por lo que respiro varias veces para recuperar la postura.
—que tal el viaje—me dice, casi desinteresadamente. Le respondo que bien. Y a continuación hago una breve síntesis de las comodidades del vuelo. Me pregunta por la casa. Le respondo que está venida abajo. Con un sutil tono de reclamo me dice que no ha tenido tiempo para ocuparse. Que los niños están cada vez más demandantes. El comentario de los niños es para recordarme, de manera eficazmente punzante, que soy tía de mellizos desde hace ocho años. Le digo que se despreocupe, que voy a encargarme de la casa. Después llega el silencio. Esta vez ha llegado demasiado pronto. Intuyo que  quiere preguntarme a que he venido y como estoy, pero no puede hacerlo. No puede porque no sabe cómo. En el lapso de esos cinco segundos en mi corazón se mezclan millones de sensaciones; por un lado siento que necesito escucharla preguntarme como estoy, necesito saber si en realidad le interesa saber cómo he sobrellevado las cosas durante este tiempo, pero yo sé que Florencia no va a hacerlo, entonces me adelanto y saliendo por la tangente y casi al pasar le digo que estoy bien y que pronto, una vez que me haya instalado, pasaré por su casa a saludarla, a ella y a los niños.
Dejo el tubo en cámara lenta. La euforia de la llegada se ha ido. El collage de recuerdos que salieron a mi encuentro se dispersan sumergiéndose en una pesada soledad que rechina en cada vértice de esa casa que nunca fue mi casa. Tal vez la voz tan ajena de mi hermana mayor me haya devuelto  otra vez  al miedo, otra vez a la desesperación que ya creía por lo menos manejada —Nunca debí haber venido—digo en voz alta y mi voz retumba en el living comedor, en la cocina, viaja por las escaleras, se mete en la habitación de mis padres, en la de Marcelo, en la mía, en la de Florencia —que carajo estoy haciendo en este lugar de mierda—vuelvo a decir, explotando en llanto. En ese momento  mi celular vibra dentro del bolsillo de mis jeans. Acaba de llegar un mensaje suyo, lo sé, siempre lo sé.
Dudo unos instantes, no estoy segura de querer leerlo, no estoy segura de  querer continuar con ésta farsa. Al fin y al cabo he cruzado el mundo siguiendo al pie de la letra su absurdo y contagioso positivismo. Su ridículo círculo de sanación universal. Aprieto mi rostro con fuerza y me siento en el piso, como cuando tenía diecisiete años y creía que las mejores decisiones las tomaba sentada en el suelo frío fingiendo que meditaba y todo porque había visto en la televisión a un japonés sentado así en una película vieja que no recuerdo el nombre. Suspiro profundo y me recuerdo que soy una mujer mayor. Ahora sé que las decisiones correctas no se toman así como así fingiendo meditar y emulando a un desconocido japonés. ¿O tal vez si?
Seco mis lágrimas, saco el celular de mi bolsillo y abro la casilla de mensajes. No me equivoqué
—Estoy contigo—dice el mensaje.
Durante un segundo quiero fingir que esas simples líneas no aceleran el ritmo de mi corazón a tal punto de hacerlo explotar fuera de mi pecho. Durante un segundo quiero volver y continuar con mi auto complot y seguir siendo miserable, triste, huraña, odiosa e infeliz. Pero no puedo. Sé que ya no puedo.
Estoy contigo. Lo releo varias veces, imaginando el momento cuando sus dedos anotaron cada letra pensando en mí y me levanto del piso.
Hace calor. Es enero y las temperaturas en Córdoba siempre superan los 30 grados. Recojo las valijas y me recuerdo buscar un limpiador de piscinas; —si voy a pasar el verano en este lugar por lo menos le voy a  sacar provecho—murmuro, mientras subo las escaleras cargando el equipaje.
Me detengo en el pasillo.
La encrucijada es simple y clara. Frente a  las escaleras está mi habitación, a la derecha la de Marcelo, a la izquierda la de Florencia y la de mis padres, al final del pasillo.
Inmóvil en el descanso se filtra en mi memoria  cuando, parada en el mismo lugar, soñaba que la habitación de mis padres era en realidad la mía.
Años más tarde descubrí en terapia que se trataba sencillamente de una cuestión de ubicación, de dimensiones y de estructura, nada más que eso.
Lo recuerdo muy bien.  Ese cuarto era el más amplio, el más luminoso y quizás el más confortable de toda la casa. Casi nunca podía entrar en él, mi madre resguardaba su espacio como un templo santo alegando que la privacidad de los adultos era algo sagrado. Creo que en realidad nunca quiso que mis hermanos y yo supiéramos o intuyéramos que en ese sitio ella era simplemente humana.
Resoplo varias veces, tomo envión y me dirijo a la habitación al final del pasillo.
La puerta está entreabierta. La abro con inocente sigilo, como si mis padres estuvieran allí, reposando o hablando en voz baja para no ser escuchados. Está oscuro. Vacilo durante unos minutos, un pie afuera, un pie adentro y encaro hacia la ventana. La luz penetra y me enceguece algunos segundos. Entre las formas difusas creo ver a papá y me sobresalto.
Cuando la claridad ha copado cada rincón sonrío extasiada. Todo está en su lugar. La gran cama con el respaldar de bronce. El bayú de roble macizo. La cómoda. El ropero color caoba. El baño en suite de cerámicos blancos que papá mando a construir para no tener que bajar las escaleras todos los días a medianoche. Los adornos. Los cuadros. Las muñecas de porcelana de mamá. Los portarretratos con fotos de la familia. Marcelo y Claudia en Río de Janeiro. Florencia con Ismael y los mellizos recién nacidos. Y me detengo al ver que aún está mi foto cuando tenía 18 años.
Por un instante quiero volver a llorar pero me esfuerzo por no hacerlo.

De todas las fotos que le envié desde Miami, mi madre consideró que la más adecuada para vestir el altar familiar era una imagen mía desvanecida en el tiempo, como si para ella yo realmente aún estuviera ahí, estancada en un momento previo…


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Fotografía: Jaroslaw Datta

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