miércoles, 26 de junio de 2013

Cartas para Noa (3)



El tenue sol del amanecer me pega en la cara y despierto de repente, con la boca seca y la cabeza a punto de estallarme. He pasado la noche en la reposera del patio y el punzante dolor de cintura me lo reclama. Son las seis de la mañana y ya el calor incesante de Enero empieza a hacerse notar. Mientras voy recuperando la claridad suspiro, casi con amargura o tal vez con reproche, otra noche más de copas, otro día más de resaca.
La casa está en calma, mi energía no la ha perturbado. Lo advierto al observar las partículas serenas de aire que a contraluz del sol empiezan a copar los ambientes, tan en armonía con mis pasos mientras me dirijo a ducharme, que no puedo evitar sonreír ante el bello espectáculo. Y aunque todavía tengo la vieja sensación de sentirme ajena, no puedo evitar dejarme llevar por la reconfortante caricia matutina de esa morada que no tiene obligación alguna de estar recibiéndome con amabilidad después de tantos años.
El agua tibia resbala por mi espalda. Me sorprendo al descubrirme sintiendo su presencia ¿Es que acaso verdaderamente no existe la distancia?
-La distancia es ausencia―digo en voz alta, casi con sabiduría y sonrío al intuir que discreparía inmediatamente con mi sentencia. Diría: la ausencia no existe, porque sino estarías reduciendo algo tan elevado como el amor a una simple conexión física cuando en realidad conectar físicamente con alguien es hasta fácil de lograr …cuando dos personas se unen más allá, desde el corazón, el alma y la mente, no hay vacios, no hay “ausencias”.
Inmediatamente recuerdo cuando me preguntó si yo tenía una conexión de esa magnitud y lo único que puede hacer fue elaborar un profundo silencio que finalizó varios minutos después con un tímido “sí” y casi a medias.
Me respondió entonces que  debía sentirme muy afortunada, mientras yo pensaba que mi afirmación tal vez era simplemente una manera de convencerme a mí misma.
Mis sobrinos son unos niños muy rubios y de mejillas excesivamente rosadas. El baño me trajo algo de calma y espontáneamente decidí visitar a mi hermana.
Florencia salió a mi encuentro con reservas, tirando el cuerpo para atrás y sin poder esconder su sorpresa- no sabría decir si muy grata-.
 Los niños me miran de reojo, no saben quién soy―Es la tía Sofía niños, la hermana de mamá―La pequeña Cecilia es la más audaz y me dice “hola” en voz baja sin soltar las piernas de Florencia. Lucio, en cambio, entierra su voz en las telas del bahiano azul oscuro de su madre―Hola niños ¡qué grande están!-digo, intentando romper el hielo sin lograrlo―La tía estuvo en Estados Unidos mucho tiempo ¿recuerdan que mamá les conto?- agrega Florencia. Nuevamente la pequeña, en una muestra de valentía que admiro inmediatamente, se suelta del refugio maternal de piernas largas y macizas y se acerca a besar mi mejilla. Lucio no lo logra.
No puedo evitar pensar en medio de una sonrisa, en esa audacia femenina que ya nos viene inscripta en el ADN; Cecilia me recuerda a mí, es evidente que ha heredado- no creo que muy a gusto de su madre -ese destello lanzado que me caracterizó desde siempre.  Florencia nunca pudo seguirme el paso en las aventuras de romper barreras invisibles y eso nos fue desconectando, sin darnos tregua, sino hubiera sido por Marcelo, tal vez esa mujer y yo nunca hubiéramos cruzado ni una sola palabra, éramos tan distintas, que a no ser por el parecido físico era imposible asociarnos como hermanas..
Fue Marcelo el que siempre ofició de mediador. Jamás hizo diferencia entre nosotras y trataba de estar atento a los gustos y necesidades de cada una llenándonos de cariño con sus pequeños detalles;  podía sentarse a leer un libro con Florencia bajo la parra o sentarse a escucharme durante horas hablar de mi huida del país y mis futuras aventuras en el Norte. Era un tipo macanudo, de esas clases de personas que no modifican su luz interna ante nada ni por nadie. Lleno de amigos y de noviecitas por doquier.
 Florencia está nerviosa y no puede disimularlo. Va y viene con un brote de electricidad inusual. Abre la heladera, me sirve jugo, calienta agua, prepara café, abre la alacena, saca una bolsa de bizcochos dulces; me cuenta de la casa, del pueblo, del nuevo trabajo de Ismael y yo la escucho. Sé que no quiere espacios de silencios en los que tengamos que hablar de cosas verdaderamente importantes, si es que entre nosotras pudiera haber cosas para hablar con semejante etiqueta. Pero el silencio irremediablemente llega después que ha transcurrido una hora de su detallado monologo informativo.― ¿Cómo está mamá? Le pregunto sin rodeos apretando los labios.
Ella se levanta y camina hasta la cafetera por más café. ―Tiene sus días―responde con angustia―pero está bien, en líneas generales.
¿En líneas generales? ―y entonces pienso en el hielo de esa frase asociada al bienestar de un ser humano y no puedo evitar compararla con mi madre y rememoro esa frialdad, real o fingida, que siempre caracterizó las apreciaciones conceptuales de mamá y de las cuales yo huí despavorida a refugiarme en la dulzura que con 18 años creía, el mundo tenía para darme. ―Los episodios de memoria son cada vez más esporádicos y espaciados, la enfermedad avanza a pasos agigantados. Bueno, vos más que nadie sabes cómo es eso, sos médica ¿no?
El silencio se hace esta vez más profundo e incomodo.
―Hubiera querido estar acá cuando pasó y lo sabes―No miento en decirle lo que siento, realmente hubiera querido reunir las fuerzas necesarias para haber podido tomar un avión. Florencia suspira muy hondo. Está molesta y no quiere disimularlo. Sus ojos azules se clavan en mis pupilas, entonces intuyo que será letal; que dejará de fingir ser la hermana anfitriona y descargará con ferocidad, en una y dos palabras, lo que oprime su garganta.
―Estoy segura que verdaderamente quisiste venir a estar con tu familia…pero bueno, tu reino unipersonal  siempre fue más importante que todos nosotros ¿verdad?
La puñalada es hasta los huesos y no puedo contener las lágrimas.
―Lo siento, no quise decir lo que dije…
Pero ya está dicho.
 ―Perdón, estoy enojada con vos. ¡Estoy enojada!
Aparto la tasa de café. Estoy casi inmóvil pero me esfuerzo, y lentamente me pongo de pie. Quiero irme. Quiero desaparecerla de mi vista.
― ¿Que queres que diga Sofi? Realmente te lo pregunto.
―Cualquier cosa―respondo apretando los dientes―que no incluya tu veneno de mierda.
― ¡Te necesitábamos! ¡Mamá te necesitaba!
Sus gritos viajan por los rincones de toda la casa y atrae a los niños. Están los dos parados en el marco de la gran puerta de vidrio y al advertir sus miradas fulminantes por haber aparecido de la nada a interrumpir el santuario de calma de su madre y su juego pasible en el jardín, quiero vomitar. Agarro la cartera. Me transpiran las manos y la cabeza me estalla.
―Y yo los necesité a ustedes cuando unos días antes de que mamá perdiera la puta memoria yo enterraba a la persona que me acompañó por más de 10 años.
Se queda callada y sus ojos se humedecen durante algunos segundos.
―Lo siento― me dice a secas―No Florencia, no lo sentís nada―respondo y me alejo rápidamente rumbo a la puerta. ―De nuevo te vas ¡siempre te vas!―me grita, pero sus palabras no frenan mis pasos acelerados ― ¿Acaso viniste para que sigamos en el mismo silencio de siempre? ¿O a que mierda fue a lo que viniste Sofía?― ¡A tratar de curarme el alma!―vocifero, girando sobre mis talones, con la voz entrecortada y ahogada en lágrimas― ¿sabes por qué? Porque nada fue tan fácil como vos crees que fue ―y aviento la puerta a mis espaldas y corro hasta el auto y lo enciendo y acelero y el impulso demoníaco de estrellar la envergadura de hierro y liberarme de una vez por todas de tanto infierno me posee por completo y acelero aún más, tanto, que ésta vez intuyo que verdaderamente voy a hacerlo. Pero el silbato de un municipal me obliga a levantar el pie y me hace señas de tirarme al costado. Le hago caso, involuntariamente.
Me seco las lágrimas lo mejor que puedo, me calzo los anteojos oscuros y abro la ventanilla―Buenos días señorita…conducía a una velocidad no permitida en esta zona―me dice, mientras dobla las rodillas para verme la cara―Lo sé oficial, le pido disculpas, acabo de llegar al país y estoy algo desconcertada, no volverá a suceder―Permítame los papeles del auto y su licencia de conducir por favor―los tomo de la cartera y se los entrego―el auto es rentado, allí está la constancia―Sofía Dejean Anderson…―murmura revisando mi licencia―¿ Del Nacional 14? ―Me pregunta sin vueltas, mientras yo aprieto los ojos totalmente ofuscada ―Sí―le respondo a secas en medio de una sonrisa de plástico―Me parecía. Yo soy Federico Guerrero. Compañero de Marcelo―me dice, exponiendo una fila interminable de dientes blancos.―Que alegría, siempre los recuerdo con mucho cariño. El mes pasado Marcelo pasó a visitarnos cuando llego de Brasil y realmente fue maravilloso volver a verlo.―me imagino que si―le digo, con la intención de que la charla se agote lo antes posible― ¿vos seguís en Estados Unidos, verdad?―Así es―le respondo y hago silencio―Entonces me devuelve los papeles al notar que no tengo intenciones de continuar hablando―Bueno, lo voy a dejar pasar esta vez pero la próxima voy a tener que multarte―Gracias Federico, no volverá a suceder―Te creo. En fin, fue un gusto verte Sofía y bienvenida…―Gracias, también fue lindo verte, saludos a tu gente.
Avanzo tres cuadras y me detengo. Las palabras de Florencia aún retumban con la misma fuerza en mis tímpanos: “De nuevo te vas, siempre te vas” “tu reino unipersonal siempre fue más importante que todos nosotros”…
Rompo en llanto, desconsoladamente. Estoy segura que mis sollozos se filtran indomables hacia el exterior pero no me importa. Mi celular suena. Es Florencia. Aviento el aparato en mi cartera. No la atiendo. No me interesa recibir sus disculpas forzadas y sus argumentos vacíos. Enciendo el auto y manejo, ahora con precaución hasta la casa.
Desde afuera, lejos de ser ese reciento plagado de bellos geranios fosforescentes, se asemeja a una bolsa de pesados escombros que me aplasta en cada paso que doy hacia el interior―Nunca les interesó que yo volviera, nada tienen para reclamarme―pienso, mientras prácticamente arrastro mi cuerpo bombardeado por emociones furiosas hasta la cocina.
Abro una botella de vino. Necesito algo fuerte que me sacuda. Lleno una copa y la bebo hasta el fondo. Desde el living comedor escucho la voz de mamá. Acabo de cumplir 18 años y mis tíos de Miami Beach acaban de darme el regalo más espectacular de mi vida: Un viaje de 30 días a su casa, todo pago…


Fotografía: Jaroslaw Datta