lunes, 24 de junio de 2013

Cartas para Noa (2)

Abro el cajón de la cómoda y aviento el portarretrato con mi foto. El ruido seco del cajón al estrellarlo queda haciendo eco en mis oídos. Me doy cuenta que si o si debo encontrar fuerzas en mi interior para poder pasar el tiempo lo mejor posible -las contradicciones emocionales  se van acrecentando conforme pasan los minutos-
 No quiero seguir pensando que fue un error haber viajado. Quiero darme una chance. Suspiro y comienzo a desempacar.
Sin darme cuenta son casi las tres de la tarde. Bajo a la cocina y le mando un mensaje a Florencia para que me envíe el número de alguien que se ocupe de la piscina. Lo hace. Solo el número. A secas.
Estoy algo desorientada, no sé si limpiar o comer algo, o ir a saludar a mis sobrinos, o  simplemente sentarme en una reposera al sol. Me decido por lo último, mientras planeo una ida al pueblo a comprar provisiones. Hace mucho tiempo que no me siento a sentir el sol candente en mis hombros desnudos. Me sorprendo al darme cuenta lo que he decidido. ¿Esto también será mérito suyo?. Pasa una hora o más, no estoy segura. Solo sé que me arde la cara y los hombros me explotan. Decido manejar hasta el pueblo. Así, sin ponerme crema. Me duele la piel pero quiero que me duela. Quiero saber que todavía puede dolerme.
Todo está igual, todos y cada uno de los lugares que dejé atrás cuando me fui; tal vez se hayan sumado uno o dos sitios nuevos pero no tienen la suficiente personalidad como para opacar la existencia de esas presencias de siempre; presencias que hasta casi con inocencia trataron de ayornarse al paso del tiempo cambiando el color de sus fachadas o agregando una reja o unos cuantos árboles y que, a pesar del dedicado intento, no lograron hacerlo. Son las cinco de la tarde. Los locales comerciales recién comienzan a abrir sus puertas y me sorprendo al descubrir que quizás soy la primera en lanzarme a las calles después de una calurosa y agotadora siesta. Estaciono el auto con cuidado respetando las líneas para aparcar y bajo no sin percatarme de algunas miradas curiosas. A pesar del movimiento de turistas desde la piel emano ser una hija pródiga que regresa.
Trato de ser lo más ágil que puedo en el supermercado. No quiero llamar la atención ni darles el tiempo suficiente para descubrir quién soy. Compro vegetales, carne, quesos, galletas, frutas, algunas botellas de champagne y tres cajas completas de vino tinto. Las suficientes como para que mis visitas al pueblo sean lo más espaciadas posible.
Pago con tarjeta de crédito. La cajera se queda mirándome mientras se procesa la operación y sé que sabe perfectamente quien soy porque yo sé perfectamente quien es ella. Ahora las dos estamos cautivas en un incómodo silencio que se prolonga más de la cuenta. Impaciente miro el posnet buscando el chirrido de aprobación. Ella continúa mirándome.  Mastica chicle mientras con una postura casi mafiosa, diría yo, está a la espera de alguna palabra mía que rompa el hielo, como diciendo “vos sos la que te fuiste, la que nunca volviste, a vos te toca decir: ¿Viviana, sos vos? Pero no lo hago. La ignoro. Finjo mandar un mensaje con mi celular y me hago la distraída. Y ostento, tal vez involuntariamente, cierto aire de superioridad que al descubrirlo latiendo en mí, me incomoda a tal punto que me duele el estómago. —Pero si es Viviana―me digo, aún fingiendo mandar el mensaje―jugábamos juntas desde que teníamos 3 años. Vivía a la vuelta de casa. Todavía debe vivir allí―Pero ni aún así logro sacarme de semejante postura. Firmo el comprobante de pago lo más rápido que puedo haciendo casi un garabato, aprisiono las bolsas entre mis dedos transpirados y las cargo en el carro. Ahora puedo sentir como miles de ojos me taladran la espalda a medida que abandono el lugar. Estoy nerviosa, como nunca antes lo había estado en mi vida. Trato de encontrar el equilibrio recordándome que soy una mujer que ha tratado con personas en situaciones extremas y que en raras ocasiones han logrado sacarme de mi eje; no me recupero del todo y prácticamente me aviento dentro del auto y acelero causando un estruendo con las ruedas que pone al tanto de mi presencia a los que transitan alrededor del supermercado. Revuelvo dentro de la cartera y enciendo un cigarrillo. Mientras aspiro el humo trato de entender porque no quise saludar a Viviana y entonces rememoro que ella fue, sin saberlo, uno de los tantos motivos por los cuales decidí no volver de Miami. Verla sentada detrás de esa caja puso a funcionar una maquinaria que yo ya creía superada. Me expuso sin reparo frente a esa niña de 18 años que un día fui y que entonces soñaba desesperadamente con un gran futuro en el extranjero y no con el simple puesto de cajera en el supermercado del momento, con una niña de 18 años de la cuál hoy ya no quedaba nada.
La vi sentada en ese lugar que debió ser mío, como lo fue de mi hermana, de mis primas y de cada una de las chicas de mi edad  y atestigüé como en mi interior, el poco amable aire de superioridad involuntaria que había manifestado al principio mutaba en una sensación de asfixia seguida por el eco de una pregunta fatal: ¿Y si me hubiera quedado ocupando la silla detrás de la caja? ¿Las cosas, hubieran podido ser diferentes?
Viviana, sin saberlo, otra vez detonó en mi interior un cúmulo infrenable de emociones. La maquinaria se había vuelto a poner en marcha.
El semáforo se pone en rojo. Manoteo el bolso y busco el celular. Quiero decirle que su experimento no está funcionando. Que lejos de sentirme bien estoy a punto de estallar y esto recién comienza. Quiero decirle que no voy a lograrlo. Que quizás no todas las personas debemos sanar. Que tal vez yo sí sea feliz sumida en mi burbuja de heridas. Quiero decirle tantas cosas pero me atasco y enmudezco, una vez más.
Un bocinazo me arrebata de mis pensamientos entonces tiro el celular en el asiento del acompañante y maniobro hacia el cordón cuneta. Apoyo la cabeza en el volante y trato de imaginar cuanto tiempo podré seguir soportando. Cuanta será la vida útil de mi alma frente al dolor que no quiere liberarme. ―No es el dolor el que no quiere liberarte, eres tú la que no quiere liberarlo a él―me dijo unos días antes de viajar y desde ese momento no he podido desprenderme de esa frase. ¿Por qué? ¿Porque continúo sosteniendo mis heridas como si fueran altares, como si fueran vírgenes milagrosas que lloran sangre?
Sin darme cuenta giro en una esquina y paso frente a la casa de Florencia. Los mellizos juegan en el jardín y ella riega las plantas en una comunión tan perfecta con el entorno que durante algunos segundos envidio su calma. No se percata de mi presencia. ¿Cómo habría de hacerlo si prácticamente soy un fantasma que regresa del mundo de los muertos? ¿Cómo habría de hacerlo si yo no formo parte de la geografía del lugar? No dudo un segundo en seguir de largo, sé que todavía no estoy preparada para soportar la embestida de sus lógicos reclamos.
El atardecer se escapa en un suspiro mientras organizo la alacena y llega la noche. Está estrellada, diáfana y ligera. El vaho incesante del día ya se ha aplacado ante la frescura de las sierras y se ha llevado el rostro mafioso de Viviana entronada detrás de la caja y con él, el malestar del torbellino emocional; por lo menos de momento. Me preparo una ensalada liviana y destapo una botella de vino. Decido instalarme en el patio a dejar que la intensa jornada prescriba y se evapore bajo la transparente luz de la luna, como solíamos hacerlo antes de todo, cuando las heridas no estaban  vivas, latentes y semejantes a vírgenes que lloran sangre y descansábamos sobre la arena de la playa. Suspiro muy hondo y me rindo ante mi necesidad de terminar el día.  Me rindo ante la urgencia de relajar mis músculos y renunciar a la tensión que me oprime el pecho. Entonces, inevitablemente,  advierto su presencia y siento su mano sobre la mía, su respiración en mi oído, su sonrisa cálida, el calor de su cuerpo y estallo en lágrimas que gritan la misma agonía desde aquel día.
Y lloro tristeza durante mucho tiempo mientras el mapa del firmamento se transforma lentamente.
Destapo la segunda botella. El vino ya comenzó  a desencadenar su efecto dominó y me siento algo abombada. Miro mi reloj, son casi las 3 de la madrugada. Aspiro el aire serrano despreocupadamente como no lo hago desde hace mucho tiempo y entre lágrimas secas y otras nuevas que buscan existir en la tela de mi rostro me detengo un instante en la luz de su mirada.
 Aprieto los párpados y me río, casi a carcajadas, me río de mí y de toda la situación. Nunca pensé en regresar y menos derrotada por el mundo. Nunca pensé siquiera que semejante derrota pudiera sucederme. No a mí.  ¿A dónde se había ido el ímpetu de la juventud? Toda esa vida, esa gasolina invisible que me inyectaron los proyectos, los logros…el amor.
Mi celular vibra otra vez. ―Se te extraña…y mucho―durante algunos instantes me invade la espontanea necesidad de responder a su mensaje, decirle aquí también se te extraña, demasiado, pero me detengo y aprieto el aparato contra mi pecho queriendo tal vez que la respuesta viaje por sí sola a través del ritmo de mi corazón asustado; y lo hace, por supuesto que lo hace, al fin y al cabo  precisamente de eso se trata la historia que nos une ―Lo sé…―y al leer esa frase, una que a simple vista pudiera parecer descolgada y sin sentido en medio de un universo de palabras, no lo es; responde a mi temblorosa entrega, asustada y tímida, distante y reticente pero tan profundamente real e inocente que vuelvo a sentirme una adolescente, allí sentada, con el celular apretado contra mi pecho y una borrachera descuidada que me invita a soñar una y otra vez más con el instante mínimo en el cual mis ojos se cruzaron con los suyos, ese instante mínimo cuando fui encontrada al borde de morir...


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Fotografía: Johanna Knauer