lunes, 29 de abril de 2013

La Ofelia de Millais


Dependientas, costureras, a veces prostitutas,..mujeres pobres y hermosas de la Inglaterra del Siglo XIX, fueron convertidas en Reinas y Diosas, en Hadas y Damas, en iconos de un mundo fantástico, paralelo a este, por el pincel y la pasión de grandes artistas.
Muchas de ellas pasaron a la posteridad sólo como rostros hermosos y fantasías de mentes utópicas, pero eran mucho más que eso.
Hoy pueblan los Museos y los sueños de quienes admiramos el arte…pero no debemos olvidar que esas damas, casi siempre opacadas por sociedades masculinizadas, fueron mujeres de piel y corazón que amaron y sufrieron y que al igual que cualquiera de nosotros buscaron, tal vez en la magia de ser “las contempladas” un sentido a su existencia…
Elizabeth Siddal fue una enigmática mujer cuya complejidad ha llegado a trascender el calificativo de “Musa”.
Aficionada a la escritura y a la pintura antes de ser una de las “Femmes” prerrafaelistas más admirada de la historia, que junto a su coetánea, Jane Burden, se convertiría en el rostro vivo de un gran movimiento cultural.
Menos mal que su obra fue rescatada del olvido y la ignorancia por manos y mentes inteligentes, y si bien ha pasado a la posteridad más por su hermosa languidez y su azarosa vida privada con final trágico, no es menos cierto y comprobable el hecho de que fue un ser humano talentoso, sensible y que como tantas mujeres de su época fue marginada al secundario papel de "Objeto Bello".




Aún tengo el recuerdo anclado en mi mente;  el de una de las obras más impactantes y bellas de la historia del arte: “La Ofelia de Millais”
Iban a pasar algunos años antes de yo saber que la agónica Ofelia del genial pintor inglés fue la frágil y delicada señorita Siddal…y que bello descubrimiento fue por cierto.
 ¿Cómo no dejarse arrebatar por la mórbida y poética languidez de Elizabeth Ofelia moribunda en los brazos de ese arroyo?
Es imposible. Por lo menos para mí lo fue en aquel momento y aún lo es.
Los labios entreabiertos, las manos en posición de ofrenda mientras va dejando escapar las flores, subrayando la trágica historia contada a pinceladas de la heroína de Shakespeare muriendo loca de amor, su mirada estática semejante a una hoja de otoño, el escenario silente, la blanca palidez intacta, ese último aliento inmortal..
…Quién iba a pensar que años después sería ella misma la que agonizara loca de  amor como esa Ofelia de blanca palidez intacta.  Qué ironía.
 ¿Pero quien fue esta bella Ofelia de carne y hueso protagonista de una de las leyendas más apasionadamente oscuras del Prerrafaelismo?
Lizzie, como la llamaban sus amistades, nació en 1829 en el seno de una familia de clase baja. Trabajaba como dependienta en una sombrerería londinense cuando un joven artista: Walter Deverell  la vio a través del cristal y le propuso ejercer de modelo. Fue a través de Deverell que  conoció a los miembros de la Hermandad Prerrafaelita, para quienes pasó a ser una de sus modelos predilectas.
Su extraña belleza los cautivó. Era de elevada estatura, delgada, cabellos cobrizos y párpados transparentes y cerrados; encarnaba perfectamente el nuevo y moderno tipo de belleza, tan hermosa, tan lánguida... nadie mejor que ella podía representar a Ofelia.
El cuadro de Sir John Everett Millais sobrecoge por la fuerza de la imagen y el trasfondo del personaje, no en vano la escuela Prerrafaelista se involucraba hasta tal punto con sus modelos que las sometía a los sufrimientos que evocaban sus imágenes para lograr mayor naturalismo. Y así en el invierno londinense de 1852, para su primer cuadro como modelo, Lizzie posó en interminables sesiones sumergida en una bañera con agua helada buscando con ello lograr la apariencia y el “rigor mortis” que Millais necesitaba para su Ofelia. Elisabeth enfermó y su padre se enfadó  con el pintor requiriéndole una satisfacción económica. Lo cierto es que una vez recuperada del enfriamiento “acuático” Lizzie no volvió a trabajar para Millais y su salud nunca más volvió a ser la misma.
 Fue en esa época cuando Rossetti la conoció, y se enamoró de ella.
Obviamente, quedó prendado de su belleza, pero luego descubrió que Lizzie era tan talentosa escritora y pintora como sus compañeros de hermandad e intentó ayudarla, también John Ruskin amparó sus inquietudes, y trató de impulsarla pero la vida de Lizzie : enfermiza y depresiva pasaba entre momentos de angustia y arrebatos de celos ( ampliamente justificados) .  El Ego de Rossetti era sencillamente colosal y aunque ella era una mujer talentosa, las promesas constantemente rotas acerca de considerarla dentro de la Hermandad fueron causándole un hondo vacío.
Pronto Rossetti convirtió el rostro y la figura de Lizzie en el motivo principal de sus obras. Tenía absoluta dependencia de ella, a la que describía en 1854 diciendo: "...se la ve más delgada y más cadavérica y más bella y más desmadejada que nunca; una autentica artista, una mujer sin igual en mucho tiempo; es de estimulante frescura... el sello de la inmortalidad".
El pintor consagró su vida a cultivar la belleza ideal encarnada por su musa, la mujer que inspiró su pintura y su poesía.
En 1860 pinta a Lizzie embarazada en el cuadro “Regina Cordium", con la mirada perdida y un sentido gesto de tristeza. La hija que llevaba dentro no nacerá viva.
Hundida emocionalmente y sabiendo de las aventuras de él con otras mujeres, Lizzie pasa su vida entre dosis de láudano, opio y morfina. La leyenda cuenta que amenazó a Rossetti con el suicidio pero él no la tomó en serio y una noche de 1862, destrozada, mientras él pasaba la noche en la cama de una de sus amigas , Lizzie se pasó con la dosis de láudano y la encontraron muerta tal como a la Ofelia del cuadro que la inmortalizó.
Se cuenta que cuando Lizzie fue enterrada, Rossetti había metido en su ataúd, bajo su cabellera, algunos de sus poemas para que la acompañaran en su largo viaje. Pero el ego del pintor tenía tales proporciones que, siete años después, pidió que su mujer fuera exhumada para recuperar y publicar sus poemas.
Se dice que el largo, rojo y ondulado cabello de Lizzie, que tanto le había fascinado siempre, seguía intacto y todavía brillante…

Observo nuevamente la imagen de Elizabeth Ofelia en ese último sopor que la volverá eterna antes de entregarme al reparo de la noche de éste último lunes de abril y resuenan en mi oído las palabras que el gran Rimbaud escribiera en honor a esta” belle muse” sin tiempo.
"En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida,
Ofelia flota como un gran lirio,
flota lentamente,
recostada en sus velos."

Que incontenible el placer cuando no hace falta decir más nada…


"Ofelia", 1852
John Everett Millais