jueves, 11 de abril de 2013


Alejandra tenía fascinación por el silencio. No por el silencio de las palabras sino por su silencio interno; por ese pasaje directo al velero que podía llevarla desde sí misma hacia otros nuevos silencios.
Que poderosa magia habita en el arte de silenciarse al escribir. Pienso, mientras me rindo ante el éxtasis de semejante encantamiento.
Los talismanes de Darvulia alimentaron los negros sigilos de la condesa. Fueron como hechizos que calmaron el ácido de su propio  veneno y de su desesperación por mantener intacta una juventud como en un sueño de piedra.
¿Cuáles habrán sido los hechizos que alimentaron los negros sigilos de Alejandra? Me pregunto, mientras me transporto, inevitablemente, hasta la habitación de Buenos Aires y la encuentro desconsolada…rezando una plegaría extraña que habla de morir
en la noche
un espejo para la pequeña muerta
un espejo de cenizas…


Magia Negra

La mayor obsesión de Erzébet había sido siempre alejar a cualquier precio la vejez. Su total adhesión a la magia negra tenía que dar por resultado la intacta y perpetua conservación de su "divino tesoro". Las hierbas mágicas, los ensalmos, los amuletos, y aún los baños de sangre, poseían, para la condesa, una función medicinal: inmovilizar su belleza para que fuera eternamente comme un rêve de pierre. Siempre vivió rodeada de talismanes. En sus años de crimen se resolvió por un talismán único que contenía un viejo y sucio pergamino en donde estaba escrita, con tinta especial, una plegaria destinada a su uso particular. Lo llevaba junto a su corazón, bajo sus lujosos vestidos, y en medio de alguna fiesta lo tocaba subrepticiamente. Traduzco la plegaria: Isten, ayúdame; y tú también, nube que todo lo puede. Protégeme a mí, Erzébet, y dame una larga vida. Oh nube, estoy en peligro. Envíame noventa gatos, pues tú eres la suprema soberana de los gatos. Ordénales que se reúnan viniendo de todos los lugares donde moran, de las montañas, de las aguas, de los ríos, del agua de los techos y del agua de los océanos. Diles que vengan rápido a morder el corazón de... y también el corazón de... y el de... Que desgarren y muerdan también el corazón de Megyery el Rojo. Y guarda a Erzébet de todo mal. Los espacios eran para inscribir los nombres de los corazones que habrían de ser mordidos. Fue en 1604 que Erzébet quedó viuda y que conoció a Darvulia. Este personaje era, exactamente, la hechicera del bosque, la que nos asustaba desde los libros para niños. Viejísima, colérica, siempre rodeada de gatos negros, Darvulia correspondió a la fascinación que ejercía en Erzébet pues en los ojos de la bella encontraba una nueva versión de los poderes maléficos encerrados en los venenos de la selva y la nefasta insensibilidad de la luna. La magia negra de Darvulia se inscribió en el negro silencio de la condesa: la inició en los juegos más crueles; le enseño a mirar morir y el sentido de mirar morir; la animó a buscar la muerte y la sangre en un sentido literal, esto es: a quererlas por sí mismas, sin temor. 

Ilustración: Santiago Caruso