martes, 23 de abril de 2013


El genial novelista francés Gustave Flaubert le dio vida en 1857 a una de las mujeres más controversiales de la Literatura: la inconformista soñadora, Emma Bovary.
Voluptuosidad, mentira, fatalismo.
Leer Madame Bovary es envolverse en un lirismo nostálgico y herético, es asistir al evento de una libertad cubierta de drama, disfrutar de las prerrogativas del engaño, pero también, sentir en carne viva, el precio cobrado por el placer que nos procura.
La historia de una mujer burguesa de clase media del siglo XIX, sirve de pretexto a  al escritor francés para armar una intrincada madeja de amor, desamor, mentiras,  pasiones, adulterios, enfermedad, dolor y muerte.
Esa bella pero vacía mujer que es  Emma Bovary, se encuentra atrapada entre las convenciones sociales de su época,  producto de una sociedad burguesa y misógina, y sus encendidas ansías de libertad y bienestar económico.
No creo que haya otra novela de la época que describa con tanta precisión la situación de la mujer a mediados del siglo XIX como Madame Bovary; una mujer, que para su época, vivió circunstancias que ni en la actualidad han sido superadas por la sociedad, tomando en cuenta que en el hombre, desde tiempos remotos al de Emma, ni siquiera han sido criticados tan severamente, incluso ni en pleno siglo XXI como con la mujer.
Releyendo algunos capítulos de la aclamada obra del francés, me invadió un curioso pensamiento: el hecho de que fue un hombre quien concibió y dio voz a un personaje como Emma Bovary.  Lejos de querer caer en posturas sexistas no puedo evitar formularme- seguramente sin sentido- en algunos interrogantes… ¿Una escritora mujer la hubiera creado de esa manera? ¿Sus pensamientos hubiesen sido los mismos?  y sobre todo, ¿Las consecuencias de sus actos hubieran sido las que crea Flaubert para ella?
Su publicación por supuesto fue muy controversial por varios motivos;  incluso se procesó a Flaubert por “atentar” contra la moral.
Y es que a través del personaje de Emma, el autor rompe con algunas convenciones morales y literarias de la Burguesía del siglo XIX, tal vez porque nadie antes se había atrevido a presentar un prototipo de heroína de ficción rebelde y tan poco resignada al destino.
Hoy existe el término «bovarismo» para aludir aquel cambio del prototipo de la mujer idealizada que difundió el romanticismo, negándole sus derechos a la pasión.
Sin embargo, aunque se ha dicho que la novela carece de juicios morales hacia su personaje, yo no pude dejar de intuir durante su lectura, que el autor no iba a permitir que Ema se saliera con la suya.
Hay quienes afirman que el final de la “elegante libertina” sumido en desesperación, prostitución y muerte, sólo fue concebido para no terminar como muchas novelas de la época, con un final  feliz, sino por el contrario, innovar y terminar con la tragedia sobreviniendo sobre un personaje tan amado y deseado pero al mismo tiempo tan disoluto.
Sin restar mérito a ninguna conclusión y más allá del carácter revolucionario de la obra de Flaubert, no creo que otro final hubiera sido aceptado: Era impensado en una sociedad misógina que una mujer sola pudiese alcanzar lo que Emma quería: autonomía, conocer mundo, un amor apasionado acompañado de dinero  y bienestar.
El castigo que impone Flaubert a su tan amado personaje condice y está de acuerdo con las leyes sociales imperantes frente al comportamiento de la mujer en aquella época.
Puede ser  tal vez que el hecho de que Emma, de alguna manera haya sufrido un castigo, haya sido el atenuante que lo salvó de la condena de quienes pensaban que Flaubert había escrito una apología del adulterio femenino… ¡No señores, no hice apología! Podría decir defendiéndose el gran Gustave: Emma recibió su merecido. Terminó castigada de la manera más cruel y terrible, sufriendo los horrores del envenenamiento con arsénico, que según se sabe y se hace evidente en la novela, es una de las muertes más dolorosas que existe.
Es sólo un pensamiento…
Creo que  la verdadera tragedia de Emma fue no ser libre. Ese fue su más triste final. 
Sea como sea, Gustave Flaubert escribió una pieza maestra que no tiene desperdicio, podrá estar sujeta a infinitos análisis desde incontables enfoques, sin embargo, es imposible no dejar de atribuirle el carácter de “imprescindible lectura”.
Si en aquella época algo estaba cambiando con respecto al papel de la mujer en la sociedad, él supo captarlo, consciente o inconscientemente,  revelándonos  el derrumbe en todos los sentidos de una mujer, víctima fatal de la cruel y misógina burguesía.
Y esto es un hecho, más allá de cualquier consideración.