martes, 30 de abril de 2013

Lee Miller


Las Musas son mujeres
Simone de Beauvoir


Elizabeth Lee Miller fue una más de las tantas artistas olvidadas de la historia. Nació en New York en 1907. Fue una modelo exquisita, una fotógrafa excepcional y la primera mujer corresponsal de guerra.
Nadie amo a Lee Miller. Ni Man ray, a cuyas fotos más famosas ella les puso rostro; ni Roland Penrose, pintor y conyugue estable que terminó engañándola, ni el terriblemente egocéntrico Pablo Picasso a quien retrató con maestría durante muchos años y con quien se acostó en ocasiones, sin compromisos. El pintor hizo lo propio y la pintó en numerosos lienzos.
Ni siquiera la hemos amado nosotros que todavía no hemos hecho justicia a su obra.
Todos cayeron deslumbrados ante su belleza y su talento, su cuerpo libre, desnudo, sin prejuicios, sexual, sin ataduras.  En ella todo era extremo. Dentro y fuera.
Fue junto a  Man Ray con quien innovó procedimientos técnicos en la fotografía. A través del artista surrealista conoció a Marx Ernst, Paul Éluard y Jean Cocteau, éste último, en 1930, solicitó a sus amistades le recomendaran una mujer que representara el papel de una estatua femenina para su película: La sangre de un poeta, siendo Lee Miller la elegida.
Víctima de una infancia terrible, inestable, perseguida por una violación a los siete años atribuida a un amigo de la familia (aunque probablemente fue un tío o su propio padre). Su vagina llena de dicloruro de mercurio pues el atacante le había contagiado la gonorrea. La fatalidad impensada del abuso.
La fama como modelo llegó en  Nueva York con un choque fortuito, el milagro que cruzó a Conde Nast en su camino, editor de la revista Vogue.  Desde ese día decidió llamarse Lee y no Elizabeth. El todopoderoso editor la libró de morir atropellada y poco después aparecía en la portada de Vogue.
Su belleza rompió su corazón con la obsesiva presencia de su padre, pero también fue su salida.
En su América natal había sido la primera Chica Kotex (es decir, la imagen del “escandaloso” primer aviso de compresas femeninas aparecido en una revista “de categoría” –eso sí: fotografiada por el gran Steichen) pero ni eso  la salvó del rechazo y emprendió la huída hacia Europa.
Un par de años después estaba ante la puerta del estudio de Man Ray en Montparnasse, a quien pidió que la adoptara como aprendiz.
Se quedó con ella.
Man Ray no sería nada sin  esa mujer;  la alegre Lee que enseñaba sus tetas pequeñas y firmes por las calles de Paris (de una de ellas tomaron el molde para las copas de champagne más famosas de la época) y que apoyaba la causa del amor libre defendida por los surrealistas hasta que Man Ray se puso celoso porque, en el fondo, se refería a todas las demás mujeres; no a ella. No quería para Lee el mismo rasero de libertad sino el estatus de musa y ella acabó huyendo, perseguida por aquel hombre que se tornó posesivo y desquiciado.
Lee, siempre bajo la mirada de los hombres; cuando la suya fue tan intensa…
Llena, como su vida y su trabajo, de polos opuestos que se tocan. Los dos lados de la cámara, los del arte, los del cuerpo, los de la condición humana, paso del glamour de la vanguardia a los hornos de los campos de concentración con cuerpos calientes todavía en su interior.
Se desata la segunda guerra mundial. Inglaterra es intensamente bombardeada. La familia de Lee le pide regresar a Estados Unidos cuanto antes, pero a Miller se le ocurre una original idea. Le propone a la revista Vogue hacer fotos de moda con los escombros de fondo. Vogue acepta la idea, pero no consiguen a ninguna modelo que quiera posar en esas condiciones, en medio de una guerra mundial. A la fotógrafa no le queda otro remedio más que posar ella misma para sus fotos.
La combinación no tuvo mucho éxito. La gente se fijaba más en los escombros, en el desastre de las bombas más que en la ropa, por esa razón se dedicó enteramente al fotoperiodismo.
En 1942 es acreditada oficialmente como corresponsal de prensa para la revista Vogue (algo impensado, pero nadie podía decirle que no a Lee Miller) y junto a Dave Scherman- corresponsal de Life - se va de gira por Europa registrando los horrores de la guerra. Así se transforma en la única mujer foto periodista de la segunda guerra mundial.
Vogue publicó su reportaje con sus fotos titulado ¡Créanlo! para que todas las mujeres acomodadas de su país se hicieran una idea de aquella realidad tan lejana de sus preocupaciones superficiales: Un guardia esperando ser ejecutado después de ser apaleado por los moribundos supervivientes; otro ejecutado, flotando en el agua; la hermosa joven alemana obligada a suicidarse por sus padres antes de que entraran las tropas aliadas y miles de imágenes más que con maestría reflejaron el horror insensato de una guerra.
Después sobrevino  la ruptura con Man Ray y comenzó el acoso, los insultos y el descrédito del genial fotógrafo despechado (que, por cierto, se quedó la gloria de inventar la solarización cuando en realidad fue un error de Lee)
Agobiada por la persecución huye a Alejandría con Lawrence Durrell y se encuentra con un antiguo amante Aziz Eloui Bey, millonario egipcio, con quien se casa.
A su lado estuvo  hasta que se cansó de las fiestas y de los hermosos paisajes del desierto. Sobre la arena llega la madurez a sus fotos libre de la estética surrealista, ejemplo  palpable de esa madurez se encuentra en “El Retrato del espacio” que inspiró el famoso “El beso, de René Magritte”.
En 1939, ya de vuelta en París,  se une el pintor surrealista inglés Roland Penrose. Otro pastoso con buenos amigos, Max Ernst y Picasso entre ellos, con quien acabó instalándose en Londres, y que pese a ser un pacifista declarado, no pudo ya frenar el interés de Lee por la guerra.
No logró ser acreditada por ningún medio británico para aproximar su objetivo al campo de batalla y se quedó trabajando para la edición de Vogue y fotografiando Londres, imágenes que finalmente se editaron en un libro que lleva por título Grim glory, pictures of Britain under fire.
Lady Penrose, como se hizo conocer desde entonces, desencantada por la indiferencia, se retira-para muchos tocada por el síndrome de estrés postraumático de la guerra-
Olvidada por el mundo y por su Estados Unidos natal, eclipsada por su condición de “musa de genios”, desprestigiada por el odioso resentimiento de Man Ray, muere de cáncer en 1977, sola, lejos de todos.
Recién después de su pérdida,  el descubrimiento de su archivo con más de 40.000 negativos restauró la gloria de esta poderosa mujer, toda una encarnación del siglo XX de la que hoy se conoce, por suerte, un poco más de su exquisita y gran obra.
 Años después, cuando Man Ray vio aquellas fotos hechas en Londres durante la guerra en que Lee Miller posaba y se fotografiaba ella misma, vestida de largo, con los escombros producidos por las bombas a su alrededor, dijo (o dicen que dijo): “Así exactamente es cómo la veía yo, y cómo la veíamos todos los surrealistas”.
Ella no pensaba lo mismo. Encerrada en un cuarto de hotel en París, rodeada de botellas vacías de ginebra y frascos vacíos de dexedrina, le escribió a su amigo Scherman: “No hay retrato posible de mí. Soy un rompecabezas húmedo cuyas piezas hinchadas no encajan. Por eso voy a dejar la fotografía: para que ella me deje a mí”.

…Las mujeres ocultas y olvidadas  de la historia nos piden el rescate de su memoria, al fin y al cabo se trata del rescate de nuestra propia  identidad silenciada.
Brindemos por esas que han sido llamadas “Musas”…nunca dejemos de brindar por ellas; el día que ellas se callen, los artistas ya no hablarán más.