lunes, 29 de abril de 2013



Las “musas” de los cientos de artistas que han surgido a lo largo de la historia dejaron de ser mujeres reales para pasar a la posteridad bajo una identidad mistificada… la Astarté Siriaca, la Prosperina de  Rossetti, la Bella Isolda de William Morris, entre otras.
Que arduo el  trabajo de recuperar de las sombras de la ficción inmortal a aquellas mujeres que un día fueron algo más que inspiración y reivindicar la presencia de la musa, con nombre, apellido y una historia propia igualmente apasionante…
Seguramente habrá quien disienta conmigo al afirmar que Jane Burden Morris fue una de las musas más exquisitas de la historia de arte. Lo que  nadie podrá negar es que resulta imposible no detenerse, aunque sea  un instante, frente a  la figura  enigmáticamente  bella de la mujer que fue el rostro de uno de los movimientos culturales más importantes de la historia del arte. El prerrafaelismo.
Jane Burden nació en Oxford el 19 de octubre de 1839, y nació pobre. Su madre era analfabeta y su padre un rígido encargado de caballerizas. El destino de Jane, así lo auguraba su linaje, era continuar la noble labor de su madre y convertirse en mucama o lavandera, daba lo mismo.
A los 18 años, en 1857, Jane y su hermana Bessie gastaron sus últimos ahorros en un par de entradas para ver el espectáculo de un teatro itinerante. Allí se enteraron de la convocatoria de un grupo de pintores y poetas, entre los que se encontraban Dante Rossetti y Edward Burne-Jones, que buscaban nuevos rostros para sus pinturas. Ambas asistieron a la convocatoria y Jane se robó la mirada de todos. Posó inicialmente para Dante Rossetti, que necesitaba un rostro medieval para su Reina Ginebra. Luego, posó para William Morris en La Bella Isolda, Rossetti se sintió fuertemente atraído por ella desde el primer momento en que la vio pero no fue capaz de abandonar a Elisabeth Siddal, con quien se sentía comprometido hasta el punto de casarse con ella,  y de quien en un principio también había estado profundamente enamorado.
Jane se enamoró apasionadamente de Rossetti pero ante la imposibilidad de estar con él, acabó casándose con John Morris, también poeta, pintor y amigo de este, de quién nunca estuvo realmente enamorada pero por quien sentía un gran cariño al considerarlo su salvador. La educación de Jane Burden era muy precaria, apenas sabía leer y escribir. Tras el compromiso, ella consiguió una tutora y comenzó a descubrir que poseía una memoria prodigiosa y un apetito intelectual voraz. Su inteligencia le permitió reconstruirse a sí misma, literalmente. Aquello que Rossetti y Morris habían captado en sus lienzos como una verdad secreta, íntima, ahora fluía hacia el exterior con una fuerza arrasadora. Aprendió francés, luego italiano, e incluso a tocar el piano con destreza. Sus modales se volvieron refinados, exquisitos, como los de una reina que súbitamente advierte su posición.
Se casaron en Oxford el 26 de abril de 1859. Con esa unión Morris transgredió todas las convenciones sociales: ella venía de una familia pobre de pueblo y el de una próspera clase de comerciantes. Esta chica, de la que algunos se burlaban por su aspecto gitano, no era en absoluto lo que se apreciaba entre las personas de buen gusto, ni mucho menos se consideraba el prototipo de belleza en el que ella iba a convertirse.
 Con el tiempo, Jane se convirtió en una de las musas predilectas de Dante Rossetti. A su influencia le debemos algunos poemas notables y varias pinturas magníficas.
Finalmente,  tras un viaje de Morris comenzaron una relación que  levantó rumores ociosos y miradas indignadas. Fue así que desde 1865 hasta 1882, año de la muerte de Dante Rossetti, vivieron un romance en todos los niveles imaginables: físico, intelectual y emocional; experiencia que no evitó que ambos continuasen la relación con sus respectivas parejas.
Las peculiares facciones de Jane Burden, que tantas veces fue retratada, aún hoy son  reconocibles instantáneamente: pelo oscuro y abundante, cuello largo, grandes ojos, labios bien formados, nariz recta y fina. En todas las pinturas en que aparece, tanto en las de Rossetti, como las de Morris o de Burne-Jones, el contexto narrativo siempre queda subordinado al retrato de su belleza que ha trascendido los devenires del tiempo.
Fue a través de las muchas pinturas que Rossetti y los demás pintores prerrafaelistas le hicieron que Jane llegó a ser considerada como un icono de gracia, llegando incluso a ser comparada con un nuevo prototipo de ángel.
¿Cómo hacer para no perderse en el embrujo de su mirada triste? ¿En ese silencio profundo e insondable que trasmite en cada línea de su rostro?
 Muchos dicen que la tristeza de su mirada se debió a que lejos de ser  la rebelde mujer victoriana que se atrevió a vivir con Rossetti una historia de amor considerada “ilegitima” por los moralistas de la época, fue como una Isolda moderna que murió debatiéndose entre  el amor , la lealtad y lo prohibido…
Sea como fuere la musa impensada que se volvió reina prerrafaelista quedó viva en cada uno de los trazos que dieron esos hombres que la amaron, trazos indelebles que hoy hacen de ella una mujer real de mirada triste que es musa y es eterna…

Prosperina, 1874
Dante Rossetti