jueves, 25 de abril de 2013

Le sucede algunas veces a uno que otro escritor, mientras está inmerso en el proceso creativo, ser absolutamente avasallado por la certeza de estar configurando un personaje que inevitablemente se volverá icónico y universal. Se trata de la intuición del artista. De esa sabiduría ancestral del que crea.
Yo me imagino que algo así le debe haber sucedido al autor de una de las obras más aclamadas y controversiales del género dramático que por aquellos tiempos se hubieran escrito.
Hacia 1879, el público del norte de Europa, y especialmente el escandinavo, fue conmovido por una obra que causó las más apasionadas polémicas. Incluso las reuniones sociales perdían su característica amable, porque el drama de Ibsen "Casa de muñecas” encrespaba los ánimos y sublevaba a unos y otros... El tema era tan vital, estaba tan al rojo vivo, que en algunas tarjetas de invitación solía agregarse: "Prohibido hablar de "Casa de muñecas".

El portazo final de  Nora Helmer se ha convertido, con el correr de los años, en un grito de libertad y feminismo. 



En 1870 el escritor Henrik  Ibsen  conoció, primero por correspondencia y luego personalmente, a Laura Petersen, una joven hermosa y vivaz a quien Él llamaba su alondra. Cuatro años más tarde, Laura contrajo matrimonio y se convirtió en la Sra. Kieler.  Pero poco después, su marido enfermó gravemente.  Los médicos le aconsejaron tomar  vacaciones en un clima cálido y Laura, para poder pagar el viaje sin preocupar a su esposo, pidió un  préstamo en secreto. Con ese dinero, en 1876, el matrimonio pudo vivir en Suiza e Italia, y el Sr. Kieler se recuperó. De regreso, pasaron por Múnich, donde Laura visitó a Ibsen y le confió el secreto de su deuda. Ibsen le  aconsejó contarle todo a su esposo y pedirle ayuda para pagarla, pero Laura, temerosa de lo que Él pudiera pensar, no lo hizo. Intentó, en cambio, posponer el pago. Su intento fracasó. Finalmente, desesperada, falsificó un pagaré.  La falsificación fue descubierta. El banco se rehusó a pagar. Enterado de todo, el Sr. Kieler, en ejercicio de sus prerrogativas como jefe de familia, encerró a su mujer en un asilo público, y reclamó la separación y la quita de la custodia de los hijos.  No obstante, Laura ansiaba desesperadamente volver a su hogar. Su alta del asilo, tiempo  después, sólo fue admitida bajo la estricta vigilancia de su esposo…


Tales hechos lo inspiraron para escribir su “Casa de Muñecas” y darle vida a un personaje heroico que puso en jaque todos los convencionalismos matrimoniales conocidos hasta la época.
Nora, es una mujer que vive en un mundo cerrado, dentro de una sociedad masculinizada. Su padre, y ahora su marido Torvald Helmer, la han tratado como a una niña pequeña, no dejándola pensar ni actuar por sí misma y mimándola al máximo, y ella se ha dejado llevar, adoptando una actitud infantil y sumisa.
Nora solicita un préstamo a Krogstad, empleado del banco que dirige su marido, dinero que utilizará para viajar a Italia y salvar la vida de Helmer, que necesita ciertos cuidados para su salud que no podía obtener en su Noruega natal. Así Nora se demuestra a sí misma su valía como mujer y su capacidad para tomar decisiones. Cuando Krogstad pierde su empleo, presiona a Nora para recuperarlo amenazándola con revelar a su marido el contrato y denunciarla por falsificar la firma de su padre, necesaria para el aval.
Nora comprende que a su marido le ofendería saber que está en deuda con ella, pero finalmente decide que lo mejor es explicarle lo que ha pasado. Sin embargo, cuando Torvald Helmer considera lo ocurrido una falta contra su honor es cuando Nora se da cuenta de la falsedad de su matrimonio y toma una decisión que la hace madurar y demostrar su rebeldía: renuncia a su matrimonio y a sus hijos y abandona el hogar conyugal. De esta manera, Nora adquiere una modernidad que alcanza una notoriedad en el canon literario superior incluso a Emma Bovary, a Eugenie Grandet, a Ana Ozores o a muchas otras que no llegaran a ese grado de profundidad y libertad que obtiene Nora en su acto de marcharse.
 Cuando la señora de Helmer da un portazo, está abriendo simbólicamente la puerta a otra estancia: la estancia de la modernidad literaria.
Y la clave de esa modernidad está en la insatisfacción. Durante toda la obra vemos cómo el personaje de Nora sufre por la posibilidad de que se descubra que ha falsificado una firma para salvar la vida de su marido y proporcionarle unas vacaciones en el sur con las cuales curarse de su enfermedad. Vemos cómo tiene que lidiar con una serie de personajes que, sin ser encasillados en la bondad o la maldad,  buscan su propia satisfacción aunque suponga algo malo para el otro. A todos los habitantes de este drama les puede la pobreza ética, su imposibilidad de hacer el bien al prójimo. Nora es la única que actúa pensando en los otros y sin embargo no ve recompensa por ninguna parte. Cuando el problema de su falsificación se soluciona, las cosas han llegado ya demasiado lejos, Nora ha experimentado un reconocimiento de la realidad y ha sufrido una catarsis, un quiebre interior que la obliga a tomar la decisión final sin vuelta atrás: no vive una vida satisfactoria, su marido se ha convertido en un extraño para ella como antes lo fue su padre. El sacrificio que ha realizado por ellos ha merecido la pena, pero su comportamiento la ha defraudado. La felicidad que creía poseer –con su casa, sus hijos y sus caprichos para los demás– resulta ser un espejismo y ante eso lo mejor es marcharse, pero marcharse abiertamente, no huir.
 El que Nora no quiera ver ni a sus hijos es uno de los elementos que más estupor debió causar en los burgueses “biempensantes” de aquella época. En cierto modo es algo poco verosímil que una madre no quiera ver a sus hijos una última vez, como tampoco tenía que ser muy creíble en aquellos años el comportamiento del marido, en extremo comprensivo. No obstante, era necesario que así sucediese para recalcar que la decisión de Nora es inequívoca y, al menos en el momento de llevarla a cabo, irreversible.
Sus ojos se han abierto. Por fin una mujer se hace libre en la literatura, realmente libre.
Y es que las mentiras de Nora, igual que la falsificación de las firmas, dejan al descubierto la distinta naturaleza del amor que ella siente hacia Helmer y del amor con el que es correspondida. Por lealtad a su marido, Nora ha sido capaz de la mentira y el delito. Helmer, por su parte, la repudia cuando teme que se puede ver comprometido. Pero al pasar el peligro para él, al suceder el falso milagro, le ofrece seguir siendo su alondra, su ardilla, su chorlito, esto es, todos los nombres ridículos con los que se dirigía a ella. Es ahí donde el auténtico milagro tiene lugar: las máscaras caen de repente. Helmer le recuerda, por su parte, “los deberes más sagrados” de una mujer, como esposa y como madre. Nora es concluyente en su réplica y dirá su frase más aclamada: “Tengo otros deberes igualmente sagrados”, He descubierto  que las leyes son distintas a las que yo pensaba; pero me resulta imposible concebir que esas leyes –las leyes que rigen en una casa de muñecas– sean justas”.

 Nora no es una muñeca.

El escándalo que provocó el estreno de Ibsen fue equivalente al que, en su día, desencadenó la publicación de Madame Bovary, y la razón es clara: se trata de obras de la misma estirpe. Obras que desafían los límites que imperan en una sociedad, obras que enfrentan al individuo –en este caso, a las mujeres- con un ideal que se traiciona al mismo tiempo que se proclama y que, en definitiva, sólo sirve para justificar una de las mayores perversiones de la moral: convertir a las víctimas en culpables.
Emma Bovary se rebeló contra su destino y no alcanzó a ver otra salida que el suicidio. Apenas medio siglo más tarde, Nora encuentra en la renuncia a su marido y sus hijos, en la renuncia al matrimonio y la familia, el único camino para dar algún sentido a su condición, no ya de mujer, sino de simple ser humano…

 Les dejo un link con Ibsen y su casa de muñecas: http://www.autores.org.ar/iapolo/Obras/Obrasbajar/CasadeMunecas.pdf