viernes, 19 de abril de 2013


La belleza de los personajes mitológicos y el significado que sus historias guardan para nosotros, hoy en día,  fue tratado de manera exquisita por Marguerite Yourcenar en su gran obra “Fuegos”. 
Combinando figuras y escenarios quiméricos con conceptos y analogías contemporáneas, nos presentó una obra fruto de uno de sus más grandes fracasos amorosos.

-Eso es más o menos lo que cualquiera pudiera decir de “fuegos”, pero lo importante de él no es su descripción académica, lo importante radica en su belleza, en la fragilidad que la autora sentía en el momento en el que lo concibió y que, de manera tangible, se puede percibir al momento de leerlo-

Marguerite Cleenewerk de Crayencour (quien después transmutaría el Crayencour por Yourcenar) tuvo la maravillosa posibilidad de crearse a partir de sí misma, de sus lecturas, de sus viajes y del silencio que siempre la rodeó desde niña.
Huérfana de madre. Educada por su padre; un hombre que ya contaba con 50 años cuando Marguerite vino al mundo; un poco a traspiés, ya que no sabía muy bien qué hacer con esa niña.
Afortunadamente el conocimiento del señor Crayencour era vasto. Ese hombre a cada momento le repetía: “nos importa un bledo, nosotros no somos de aquí y ya nos vamos”.
Marguerite heredó ese espíritu nómada, lo cual la incitó a recorrer esta “gran cárcel que es el mundo” según sus propias palabras
…Tal vez ese desprendimiento  la transformó en la espléndida escritora que fue.
Me resulta muy curioso, al recorrer la historia de su vida, que uno de los principales "elogios" que recibió fue que no parecía que sus libros estuvieran escritos “por una mujer”.
El que se le definiera como bisexual o lesbiana, cuando ella creía en la posibilidad de amar los cuerpos y los espíritus independientemente de su sexo, le causó graves problemas.
Cierta vez escribió: “el amor no tiene género, no tiene más que un cuerpo y ese cuerpo está igualmente imantado por la belleza, toda la belleza, sea que tome la forma curva de un seno de mujer o la línea dura de un muslo de jovencito”.
Esta declaración podría parecer un eufemismo pero al acceder a su conocimiento y a la forma tan diferente que poseía al aprehender, nos queda claro que no era así, que simplemente estamos ante una visión más amplia de definir y asir el mundo.
El amor fue el eje de toda su obra y bien supo convertirlo en un resorte en el que se apoyaría toda su escritura para expandirse e inmortalizarse.
Murió como siempre había vivido: en esa simetría perfecta del viaje, del nómada, del sedentario, del creador, del que se mueve, del inamovible, del todo y del vacío que supo encarnar a la perfección arrojándose a todas las pasiones a las que la vida le permitió acceder.
Quizás el verdadero reconocimiento hacia su obra aún no se ha llevado a cabo, puesto que la mejor forma de reconocer a un autor, a un pensador, es al encarnar sus palabras, el llevarlas a la vida.
…Probablemente todavía nos encontremos lejos de semejante utopía, o tal vez no: la literatura nos revoluciona…nos transforma...es inevitable.
¿Acaso ese proceso no es ya, en cierto modo, la concreción de esa utopía?  Pienso, mientras despunta este viernes de Abril en la tinta de mis dedos…y garabateo letras que después serán poemas…