martes, 9 de abril de 2013


Sin lugar a dudas, escribir es un viaje astral.
Es algo así como vivir disociado sin estarlo del todo. Como haber nacido con esa “agalla” de ir y venir a través de  puentes transparentes que conectan otras dimensiones.
 Es haber venido sabiendo algo.
Yo siempre quise escribir como Alejandra Pizarnik. No creo haberlo logrado y no creo que nunca llegue a hacerlo. Sin embargo le dediqué y le dedico líneas enteras emulándola mientras voy  encontrándome.
La condesa Barthory fue un personaje terrible que provocó en mí, allá lejos, unas primeras sensaciones contradictorias que no puedo olvidar y que me llevó hasta la admirable nausea.
Alejandra fue la que me elevó hasta esa saturación de mis sentidos con su condesa sangrienta. Con esa fascinación plasmada por lo oscuro, por lo anegado,  convirtiéndolo  con cada palabra de su prosa  en una obra que no se puede dejar de leer si lo que se pretende es acercarse a  la literatura pizarniana.
Eso sí, el lector debe saber que resulta imprescindible contar con su fantasma, con su ayuda sobrenatural, con esa presencia etérea ajena a ella, afín a ella que la acompañó siempre, de otra manera se vuelve prácticamente injustificable, en todos los aspectos, intentar decodificar a su dama roja de sangre…


La virgen de hierro

Había en Nuremberg un famoso autómata llamado "la Virgen de hierro". La condesa Báthory adquirió una replica para la sala de torturas de su castillo de Csejthe. Esta dama metálica era del tamaño y del color de la criatura humana. Desnuda, maquillada, enjoyada, con rubios cabellos que llegaban al suelo, un mecanismo permitía que sus labios se abrieran en una sonrisa, que los ojos se movieran.
La condesa, sentada en su trono, contempla.
para que la "Virgen" entre en acción es preciso tocar algunas piedras preciosas de su collar. Responde inmediatamente con horribles sonidos mecánicos y muy lentamente alza los blancos brazos para que se cierren en un perfecto abrazo sobre lo que está cerca de ella -en este caso una muchacha-. La autómata la abraza y ya nadie podrá desanudar le cuerpo vivo del cuerpo de hierro, ambos iguales en belleza. De pronto, los senos maquillados de la dama de hierro se abren y aparecen cinco puñales que atraviesan a su viviente compañera de largos cabellos sueltos como los suyos.
Ya consumado el sacrificio, se toca otra piedra del collar: los brazos caen, la sonrisa se cierra así como los ojos, y la asesina vuelve a ser la "Virgen" inmóvil en su féretro.

Ilustracion: Santiago Caruso