miércoles, 1 de mayo de 2013


Venida de la Borgoña a París para ser reina.
 Con tu muerte se evaporó la bohemia en los barrios de charlas interminables entre absenta verde esmeralda y humos maldecidos. Alice, preciosa Alice. Los poetas te echan en falta y quedan sentados sobre tu tumba llorando una y otra vez, despojando sus flores secas que nadie cambia a no ser que sople el viento y venga a besar tu lapida que tan distante queda de otros monarcas…


Hablar de la dorada bohemia de París es hablar de Kiki.
Kiki reinó esplendorosamente por aquellos años locos de comienzo del Siglo XX. Fue la musa de París…
La sola mención de su nombre evoca el París de entreguerras, de esos tiempos de bohemia y creatividad sin límite donde las terrazas de La Closerie des Lilas o del Dôme acogían apasionados debates entre los artistas del movimiento dadá y los que abrazaban el surrealismo. Años de encantadora locura que acogerían a una joven recién llegada de provincias para quedar subyugada por la actividad incesante de la ciudad. Trabajando de modelo para diferentes artistas, pronto comenzaría a ser la protagonista principal de la vida del barrio, transformándose a sí misma en un personaje que se convertiría en el símbolo y espíritu de una época.
Su figura se alza como un eje conector entre dadaístas y surrealistas, pintores, escultores y fotógrafos. De Tzara a Fujita, de Cocteau a Man Ray, de Modigliani a Léger. La rabiosa experimentación de esos años, siempre a la caza de nuevas formas e imágenes que rehusaban la catalogación y la repetición de esquemas, coincide paradójicamente en la presencia de esta mujer de arrebatadora personalidad.
Es tal la fuerza de Kiki que abordar su vida, más allá de las memorias que ella misma escribió en 1929, parece casi una temeridad. ¿Cómo conseguir plasmar esta personalidad poliédrica y excesiva sin caer en los tópicos?
 Su verdadero nombre era Alice Prin y había nacido en 1901 en un pueblecito de la Borgoña. Su madre, Marie Prin, soltera, decidió dejar a la niña con su abuela y marcharse a trabajar a París. Con 13 años, Alice marchó a la capital para reunirse con su madre y empezó a trabajar en un taller de encuadernación, al tiempo que se desnudaba para los artistas. Cuando su madre se enteró de que trabajaba como modelo la repudió y la echó de casa.
Con sólo 17 años, Kiki se vio sola, desamparada y sin recursos. Con el pelo engominado y los labios pintados de rojo, comenzó a frecuentar los locales de Montparnasse, punto de encuentro de artistas tan pobres como ella. En aquella década de 1920, París era la capital del arte y allí desembarcó, procedente de Estados Unidos, el fotógrafo Man Ray. Kiki posó ante su cámara y, al día siguiente, al ver los resultados, quedó tan impresionada que se entregó a él sin vacilaciones. La relación, que duró varios años, nos ha dejado una estela de imágenes prodigiosas, entre ellas “Le violon d´Ingres”, donde, además de aludir a “La gran bañista” de Ingres por la postura y el turbante de la modelo,  convierte las sensuales curvas de Kiki en un instrumento de cuerda, a disposición del solista.
Pero no sólo su amante Man Ray la usó como modelo, también posó para el pintor italiano Modigliani, el japonés Fujita, el polaco Kisling o el ruso Soutine; así como para el escultor americano Calder o el aragonés Pablo Gargallo. Además, participó en 8 películas y pintó numerosos retratos de sus amistades.
Todos en Montparnasse decían que era alegre, sensual y provocativa, pero que, a menudo, caía en la tristeza y cantaba baladas que la hacían llorar a mares. En 1929 los artistas la  coronaron como “reina de Montparnase” y una multitud la acompaño hasta el famoso bar La Coupole, donde se celebró un banquete en su honor.
Tal vez se aburguesó un poco cuando se enamoró de un recaudador de impuestos que tocaba el acordeón. Se pasó a la rive droite, pero no dejó de ser Kiki: «Todo lo que necesito es una cebolla, un poco de pan y una botella de vino tinto, y eso siempre habrá alguien dispuesto a ofrecérmelo». Abrió un cabaré propio en la rue Vavin, pero Montparnasse empezó a languidecer y los años dorados se despeñaron en la crisis económica. En septiembre de 1939 la guerra dispersó a los montparnos por el mundo. Cuando volvió la paz, Kiki con los ojos sombreados, una maravillosa belleza marchita y la voz gangosa de tiempo y alcohol recorría los cafés del barrio cantando sus viejas canciones que ya nadie quería oír. Luego pasaba un platillo.
En la primavera de 1953 se desplomó en la rue Brea.
Con su muerte se oyeron los últimos estertores de la vida bohemia en un barrio que fue el centro del mundo desde el Tratado de Versalles hasta la entrada de la Wehrmacht en París. En el prólogo que Hemingway escribió para las memorias de Kiki, Les souvenirs retrouvés, dejó este diagnóstico: «Kiki reinó en esta era de Montparnasse con mucha más fuerza de la que nunca fue capaz la reina Victoria a lo largo de toda su existencia».