viernes, 3 de mayo de 2013



…Quiero hablar de una mujer.
Seguramente si comienzo diciendo que fue una de las tantas amantes de Picasso, haciendo un repaso de la extensa y desordenada vida amorosa del pintor lleguen a ella; pero no voy a presentarla así, de ninguna manera; voy a comenzar diciendo de ella que fue pintora, artista plástica, escultora y una fotógrafa exquisita que innovó en el surrealismo con excelencia, dejando obras insuperables que fueron y son representativas de uno de los grandes movimientos culturales. Es una pena que  nada de eso les haya importado a los “historiadores” y hoy la figura y el nombre de Dora Maar estén olvidados entre los escombros de una época.
Personalmente yo siento una admiración particular hacia Dora Maar, tal vez sea su mirada, siempre lejana y triste o ese arrebato de empatía femenina lo que me lleva a dedicarle estas humildes palabras. No lo sé con certeza; lo que sé con seguridad es que su historia es  una historia como tantas otras que quedan empolvadas en un armario estigmatizadas por el silencio…ese silencio que resulta ser el peor de los silencios…la indiferencia.
Théodora Markovic, más conocida como Dora Maar nació 1907 en París. Hija de un arquitecto croata y una francesa católica; educada en Buenos Aires desde los 3 a los 13 años. Pareja de Georges Bataille, amiga de Paul Eluard, Breton y Lacan. Fotógrafa de profesión, al comienzo modelo del célebre Man Ray, estudió en la Academie Lothe donde conoció a Henri Cartier-Bresson un año más joven que ella y que aún no se había convertido en uno de los mejores fotógrafos del mundo. Fue en 1994 cuando Cartier-Bresson la definió como una fotógrafa notable.
Dora participó de cuanta aventura artística, intelectual y sexual acaeció por entonces en París, identificada por su físico majestuoso, su mandíbula prominente, la nariz recta (rasgo que Picasso amaba, considerándolo un auténtico legado de la Grecia clásica), la abundante cabellera renegrida y sus extravagantes tocados.
Por entonces Dora Maar era una joven de una belleza elegante y exótica que cautivaba por igual con su mirada melancólica y su estilo exquisito, del que sobresalían sus manos de una perfección legendaria, acentuada por sus uñas afiladas y pintadas siempre de un rojo intenso. Todo ello acabó por rendir a sus pies al poeta G. Bataille con el que iniciaría una breve relación sentimental. Bataille además, la introdujo en el entorno político de la época, convirtiéndose en una activista de izquierdas, que a su vez la relacionó con otros grupos de intelectuales. Fue así como conoció a Buñuel y más adelante a Breton que la introduciría en el grupo surrealista.
Fue en enero de 1936 cuando Dora, que por entonces tenía 29 años, se hallaba en el Café Deux Magots de París enfrente de una mesa en la que se encontraba Picasso, que ya tenía 55 años, junto a P. Eluard y Sabartés. Dora Maar empezó a juguetear con un navaja que salteaba entre sus dedos enguantados, produciéndose incluso pequeñas heridas que iban salpicando de sangre sus guantes. El juego incitó a Picasso que de inmediato se acercó a su mesa y fue presentado por Paul Eluard, quedando el pintor aún mas fascinado al descubrir que Dora hablaba español, iniciando así lo que sería una relación apasionada y que, a la larga, resultaría especialmente autodestructiva para Dora.
Poco después de iniciar su relación con Dora, Picasso dejó bruscamente de pintar para dedicarse a la escritura poética. Durante todo un año escribió centenares de poemas de forma semiautomática, inspirado por los protocolos de creación surrealistas.
 Volvió a la pintura al mismo tiempo que en España se declaraba la Guerra Civil. Apoyado por Dora, incitado por ella, su pintura se radicalizó y llegaron el Guernica y La mujer que llora. Dora participó activamente realizando con el Guernica el primer reportaje fotográfico de una obra en curso de ejecución e inspirando La mujer que llora. Las obras, realizadas entre 1936 y 1938, forman un ciclo excepcionalmente coherente en la obra de Picasso.
Picasso la convirtió en su musa, amante y modelo favorita. Para el artista ella era emocionalmente compleja y la incorpora a su obra como un personaje con estas características. Dora aparecerá retratada atravesada por el desconsuelo, la angustia o la melancolía en su mirada. “La Mujer llorando (1937)”, es una imagen que la trascenderá y se convertirá en una imagen universal del dolor.
Más tarde, en meses de pasión y fuego, siguieron los minotauros con Dora, la fusión de cuerpos en forma de combate, las criaturas mitológicas, las esfinges-Dora, las Dora-etruscas, las Dora-misterios. Y luego las Doralágrimas, las Dora-mirada-perdida, las Dora-que-sufre, cuando la pareja se fue deshaciendo.
También ella se vio entonces favorecida, porque su creatividad alcanzaría su mejor momento y su relación con los surrealistas le permitiría innovar y experimentar en el campo de la fotografía. Realiza así obras tan conocidas como el Retrato de Ubú, un personaje inventado por Albert Jarry, que simbolizaba tradicionalmente la figura de un despiadado dictador, que terminaría convirtiéndose en un icono fotográfico del movimiento surrealista.
Con su trabajo, Dora, buscaría romper con lo convencional, revolucionar las formas y colores, y usando la asociación libre, encontrar formas ocultas en los objetos y crear realidades diferentes a partir de imágenes captadas al azar.
La preocupación política que surge en ambos en los tiempos que corren se plasma tanto en la obra de Picasso como en la de Dora. Es también en esos años cuando marcha a Barcelona e inicia allí una serie de fotografías donde capta con indudable talento la realidad costumbrista y el día a día de un país en vísperas de la guerra. La marginalidad, la desesperación, la pobreza y la rutina de los barrios trabajadores de Barcelona tomarán el lugar que ocupaba el glamour en sus fotografías. Utiliza una arquitectura "chiriquiana" para lograr una atmósfera onírica y enigmática. Experimenta con el collage, el fotomontaje y la sobre-impresión. En sus fotografías de calle demuestra una suerte de piedad laica hacia los niños, madres, los tullidos, los vendedores ambulantes y los marginados. La resultante: Una obra fotográfica monumental.
Dora convivió con Picasso unos diez años, si bien el pintor tuvo, en ese lapso, otras relaciones con varias mujeres, el golpe definitivo a la relación llegaría con la aparición en la vida de Picasso de François Gilot, cuarenta años más joven que él.
Dora, acechada por los celos y el alejamiento definitivo de Picasso, caería en una profunda depresión que la arrastraría al borde de la locura. El mismo Picasso sería quien, en un arranque de mezquino egoísmo-tal vez para que su carrera no fuera ensombrecida por las circunstancias- la abandona en el sanatorio psiquiátrico de Sainte Anne.
Allí será atendida por Jacques Lacan por entonces todavía un joven psicoanalista.
Fue Paul Éluard quien le rogó a Picasso que la sacara de allí.
Paul Éluard, que era el mejor amigo de Dora en ese entonces, lo acusó abiertamente de ser el responsable del  estado de Dora; estado atribuido al exceso de  sufrimiento, al que él, casi de manera despiadada, la había sometido. Y es que el genial pintor fue duro y hasta casi cruel  con la mujer que por tantos años fue su  fuente de riqueza artística.
Con el tiempo Dora Maar irá recuperándose poco a poco, pero ya nunca más sería la misma, ni como mujer, ni mucho menos como artista.
Eventualmente, después de abandonar el sanatorio, volverá a la pintura que había dejado olvidada desde sus años de estudio, al igual que su fotografía, defenestrada por Picasso,  y se aferrará a una religiosidad y a un misticismo profundo que paradójicamente resultarán de sus pocos consuelos en los cuarenta años en los que viviría recluida.
Mientras la figura de Picasso se iba haciendo gigante con los años, la de ella se olvidaba por completo, como mujer, como artista… y sólo iba quedando el recuerdo de haber sido una más de las numerosas amantes del pintor.
La leyenda definitiva de Dora Maar comenzó a crecer un año después de su muerte, abandonada de todo y de todos, cuando se subastó su fabulosa colección de más de 100 obras de Picasso, en octubre de 1998, en París; obras con las cuáles hubiera podido ser millonaria y no terminar en la pobreza como lo hizo. En mayo del 2006 el célebre cuadro de “Dora Maar con gato”, pintado por Picasso en 1941 durante la ocupación Nazi de París, fue vendido por Sotheby’s en noventa y cinco millones de dólares lo que constituyó por ese entonces,  la venta del segundo cuadro más caro del mundo.
Dora fue una mujer sensible. Puntal del surrealismo. Pionera en la fotografía.
Fue además no sólo una víctima de Picasso sino también de ella misma y del propio sistema social que hace que para una mujer sea mucho más difícil ser artista.
Con su vida y su talento hipotecados, casi perdiendo la cabeza y el alma en ese abismal reino de sombras al que fue arrastrada por la dureza, y el ya conocido arrasador ego del genial pintor nos dejó, para que la veamos siempre, su inmortal figura de mujer… ahogada en lágrimas...

Les dejo algunas fotografías de ésta maravillosa artista