jueves, 30 de mayo de 2013


…Un camión choca con un tranvía, varios muertos, numerosos heridos y una muchacha que sale del accidente con tres fracturas en la pelvis, once en los pies, diversas en la columna vertebral y en las piernas. 
Si Frida hubiese sido una muchacha mansa, sencilla, hogareña, tal vez le hubiera sido fácil resignarse al sacrificio prescrito por los médicos e impuesto por los corsets de yeso de permanecer inmóvil durante un año en su lecho de inválida, y es seguro que si hubiera sido devota hubiera encontrado  en su propio tormento una especie de deleite espiritual…ese que alienta a los estoicos en sus penalidades.
Pero Frida no era mansa, ni devota.
Tan inquieta como osada;  pertenecía a una "pandilla" de estudiantes insumisos que alcanzaron fama y se hicieron temidos por hazañas semejantes a la de colocar una bomba junto al asiento de un maestro que por "reaccionario"... "les caía mal"
Esa chica, la estudianta belicosa que prefería el fútbol, la natación, y el ciclismo a las reposadas maneras femeninas; esa chica inquieta, dinámica, irreverente, se encontró súbitamente inmovilizada en una cama sin poseer siquiera el consuelo de la fe.
Cualquiera que no tuviera en su adentro la elevada ley que en aquel momento supo encontrar Frida en los paisajes de su alma, seguramente se hubiera dejado devorar por las garras de  la desesperación. Pero Ella, con una voluntad sinónimo del acero, supo encausar sus energías hacia los reinos de la creación y encontró, en la pintura, ese campo de batalla que la Medicina no pudo darle.
La obra de Frida es tan fuerte, tan profunda, tan humana y tan expresiva que habla por sí misma con tanta elocuencia que no necesita de programas que la expliquen, ni de literatura que aclare su significado.
Cada uno de sus cuadros son trofeos maravillosos, representaciones de una victoria ganada ante la ímproba y desigual batalla que sostuvo desde su sillón herido; cada uno de sus cuadros son en sí mismos la materialización de lo que ella quiso y no pudo ser.
En 1944, una columna jónica, partida en varios lugares, sustituye su columna vertebral; un corsé la sostiene recortándose sobre la desnudez de sus pechos, el cuerpo herido, la soledad…los clavos, verdugos del infinito sufrimiento.
Como un mártir cristiano se yergue la mujer rota pero estoica, intacta está su aura de guerrera invencida, de hembra feroz hasta en los poros formada de vísceras y de ensueños.
Ese pilar destrozado que aún la sostiene es un recuerdo sangrante de lo que ella ha vivido, un autorretrato de belleza singular que contribuye a reforzarla, a ensalzarla sobre el drama que vive su yo…el de afuera….en su interior está intacta como una virgen que no ha sido atravesada por el filo atroz de una espada.
Desde  los valles de ese planeta doloroso destellará la fiereza arrolladora de un testimonio sincero de humanidad. Nada en Frida será reflejo de irrealidad. Su cuerpo fraccionado; su vientre vacío, su amor tormentoso, su palabra inmortal, su mirada viva. Nada en Frida será desprovisto de sentido. El dolor le ha revelado los secretos más profundos de la vida y los traduce en una poética de la más fina y avasalladora pureza. Todo en Frida es vida, muerte y resurrección.
“Ya lo sé todo, sin leer ni escribir- le dice a su amigo Alejandro- Hace poco, tal vez unos cuantos días, era una niña que andaba en un mundo de colores, de formas precisas y tangibles. Todo era misterioso y algo se ocultaba; la adivinación de su naturaleza constituía un juego para mí. ¡Si supieras lo terrible que es alcanzar el conocimiento de repente, como si un rayo dilucidara la Tierra! Ahora habito un planeta doloroso, transparente como el hielo. Es como si hubiera aprendido todo al mismo tiempo, en cosa de segundos…
Y sabía de sí misma y se conocía como nadie, por eso se hizo inmortal en las luces de su pincel.
Existen “heroínas”  que son eternas aunque la erosión del tiempo modifique todos  los escenarios del mundo circundante, y en esa inevitable degradación del espacio que no perece y se reconstruye así  mismo, como en un ciclo imperecedero donde todo ES… vos, Frida, sos hermosa.


 La columna rota
Frida Kahlo, 1944