jueves, 2 de mayo de 2013


"¿Guapa? no, mujer"
Clarice Lispector


¿Guapa? no, mujer"
 Clarice Lispector

¿Quién se acuerda hoy en día de la escritora Lou Andreas Salomé?
Para muchos su nombre está simplemente asociado con el filósofo alemán Nietzsche.
Otros, quizás, también puedan recordar su relación con el poeta Rainer Maria Rilke.
Lo cierto es que Lou-Andreas salome fue una mujer inmensa, pionera del psicoanálisis, filosofa, novelista y ensayista.
Desgraciadamente, a lo largo de la historia,  lo primero en lo que se piensa no es en esas damas como mujeres reales de carne y hueso, o en sus obras, por el contrario, se las considera como amantes “incomprendidas” o se las destaca por una determinada capacidad especifica -un gran talento por desarrollar- que quedó destruido por la figura del genio con quien tuvo la oportunidad de compartir su vida. El caso de Lou Salomé no es diferente a muchos otros.
Destinada por su origen familiar a ser una señorita de salón y mujer fiel cumplidora del papel previamente asignado por una sociedad machista, que se resumía en: ama de casa, madre y digna acompañante del marido, Lou Andrea Salomé se rebela desde muy joven contra ese destino.   Lucha por una vida de mujer autónoma e independiente- algo insólito en su época- sin admitir jamás las diferencias dictadas por la concepción social del género.
Inteligente y culta en medio de hombres cultos e inteligentes y a menudo soberbios. Una intelectual desafiante en una época trascendental para la historia de las ideas políticas y del progreso.
“La rusa”, una muchacha insólita, “un ser puro y sano hasta su más interno fundamento”, “un ser femenino de especie extremadamente poco común: de infantil pureza y salud de la mente y al mismo tiempo de una dirección de espíritu y una independencia de la voluntad, nada infantiles, casi no femeninas y en ambas cosa un diamante”, “un pequeño genio en el espíritu y en el alma”, son algunas de las descripciones utilizadas para caracterizar a esta mujer. Y han pasado a la historia porque son frases escritas por Frederick Nietzsche, que fue su amigo, profesor, y amante. “Aguda como un águila y valiente como un león” (los animales de Zarathustra), pero en el fondo es una niña muy femenina”… “además se muestra extraordinariamente predispuesta hacia mi modo de pensar y reflexionar” así la define Nietzsche… mientras esperaba de ella que fuese su discípula, una heredera de su pensamiento. Pero el encuentro ideal con aparentes afinidades en gustos e inteligencia, eclosiona cuando la ocasional convivencia se hace intolerable para Lou y se separa de él. Pasa a ser entonces la egoísta, la que no sabe amar, la caricatura del ideal nietzscheano. El ángel que el filósofo había creído encontrar, que le aliviaría la pesada carga de soledad y dolor se convierte en un ser “superficial, inmoral, sin alma”.”El siroco encarnado”.
Para el entorno se confirma la versión de una aventurera, cuyas ideas transgreden lo que les está permitido pensar a las mujeres.
 Su capacidad para desapegarse acrecienta el mito. ¿Qué clase de mujer puede ser una que persigue el saber pero es inasible en el amor? ¿Una mujer que no cede?
La paradoja la sitúa entre el virtuosismo y la histeria.
Pero ¿Quién fue Lou Andreas-Salomé? ¿Una célebre, hoy día olvidada,  literata de finales del siglo XIX? ¿La filósofa rusa que se dio el lujo de rechazar amorosamente a Nietzsche? o ¿la intelectual excéntrica que decidió, un buen día, de buenas a primeras, dejar de escribir novelas y dedicarse al psicoanálisis?
Lou Andreas-Salomé fue algo de eso y mucho más.
Tuvo un papel tan destacado dentro y en la conformación del psicoanálisis que Freud la consideraba una interlocutora sagaz e incluso una amiga entrañable.
Su pensamiento radica en la capacidad de mezclar la filosofía nietzscheana uniéndolo con el psicoanálisis freudiano y la influencia del empirismo de John Locke. Es una unión marcada por un estilo propio y único, capaz de crear una reflexión original psicoanalítica, aderezada con creatividad, principalmente basados en el narcisismo y la sexualidad femenina.
Luíza Gustávovna Salomé nació en San Petesburgo en 1861. Salomé fue la única mujer, junto con cinco hermanos. En busca de una educación más allá de la típica para una mujer en ese lugar y época, a sus diecisiete años, convenció al predicador alemán Hendrik Gillot, veinticinco años mayor que ella, de enseñarle teología, filosofía, religión y literatura francesa y alemana. Cuando Gillot se enamoró tanto de Salomé que planeó divorciarse de su esposa y casarse con ella, Salomé y su madre viajaron a Zúrich para que ella pudiera ingresar en la universidad. El viaje también lo hicieron para beneficiar la salud física de Salomé; a ese tiempo, ella tosía sangre. Su madre la llevó a Roma, Italia, cuando ella tenía 21 años. En un salón literario de la ciudad, Salomé conoció a Paul Rée, un escritor y jugador compulsivo, a quien le propuso vivir en una comuna estudiantil. Después de dos meses, Salomé lo persuadió de aceptarla como compañera. El 13 de mayo de 1882, Salomé había hecho lo mismo con el amigo de Rée, Friedrich Nietzsche. Los tres viajaron con la madre de Salomé a través de Italia, y decidieron que debían establecer su comuna “Winterplan”. Cuando llegaron a Leipzig, Alemania, en octubre, Salomé y Rée se separaron de Nietzsche, después de un problema entre Nietzsche y Salomé, en el cual Nietzsche, sorprendentemente, le propuso matrimonio a pesar de haberse configurado como un misógino redomado que odiaba al sexo femenino en general, creyó haber encontrado en Lou a la única mujer que sería capaz de entenderlo. Ella no lo aceptó y a cambio propuso a ambos hombres enamorados unirse en una triada de producción y trabajo intelectual.
Ella quería ante todo ser libre e independiente. Defendía el amor libre, sin imposiciones. Durante mucho tiempo evitó el matrimonio hasta que en 1887, se caso con el orientalista y filólogo alemán Carl Andreas, y todo porque éste amenazó con quitarse la vida hundiendo en su presencia un cuchillo en el pecho. Su matrimonio nunca llegó a consumarse. En su camino de búsqueda existencial, concebía el amor sexual como una pasión física  que, saciado el deseo, desaparecía. Sólo el amor intelectual  y la amistad fiel eran  capaces de resistir el paso del tiempo.
Lou Salomé fue por sí misma todo talento. Para nada necesitó- como algunos detractores señalaron luego- asociarse con hombres importantes como Nietzche o Rilke.
Ella, la chica que decidió sobresalir por sobre sus hermanos, que se educó y aprendió todo lo posible,  que escribió profundas novelas de gran valía, que se retiró sus últimos años a un anónimo pueblo en donde murió en 1937, aquella mujer que Freud consideró para ser recibida en su círculo, destacándola por su inmensa inteligencia, es, fue y será esa “musa indiferente” que prefirió no contentarse con ser sólo la fuente de inspiración de hombres genios sino que fue ella misma una mujer genial por donde se la mire, brillante desde cualquier punto de análisis, y eterna como solo algunas mujeres saben serlo…