miércoles, 15 de mayo de 2013



Somos corsarios navegando en un mundo subyugado por infinitos códigos. Por el lenguaje…el hilo invisible que nos conecta.
El amor. El deseo.
La voz. El cuerpo.
Somos un lienzo.
La transparente revelación de nosotros mismos.
 Y nos leemos…


“Acerqué sus dos manos hasta mi boca, y besé cada una lentamente, para así memorizar la forma de sus nudillos. No sólo deseaba la carne de Louise, deseaba sus huesos, su sangre, sus tejidos, los tendones que la conformaban. La habría abrazado contra mí aunque el tiempo hubiera borrado las tonalidades y texturas de su piel. Podría haberla abrazado durante miles de años, hasta que su propio esqueleto se hubiera desecho en polvo. ¿Qué eres, que me haces sentir de este modo? ¿Quién eres para hacer que el tiempo no signifique nada? ¿Quién te enseñó a emplear tus manos como quemadores de hierro? Has grabado tu nombre en mis hombros, señalándome con tu marca. Las yemas de tus dedos se han convertido en planchas de impresión, tecleas un mensaje sobre mi piel, tecleas sentido dentro de mi cuerpo. Tu código Morse interfiere con el latir de mi corazón. Yo tenía un corazón firme antes de conocerte, confiaba en él, había estado en la batalla y se había hecho fuerte. Y ahora alteras su ritmo con tu propio tiempo, tocas sobre mí, tensándome como a un tambor.
Escrito en el cuerpo se encuentra un código sólo visible bajo cierta luz; lo acumulado en toda una vida allí recogido. En algunas partes, el palimpsesto está tan incrustado que las letras parecen braille. Me gusta mantener mi cuerpo resguardado de ojos curiosos. Nunca descubrir demasiado, ni contar toda la historia… No sabía que las manos de Louise podían leer. Ella me ha traducido en su propio libro.



Los libros que amamos hablan de nosotros mismos: Lo comprendí años después de esas lágrimas que se escaparon a borbotones cuando terminé de leer “Escrito en el cuerpo” de Jeanette Winterson.
"¿Por qué la pérdida es la medida del amor?" Comienza preguntando una de las novelas más bellas que he leído en mi vida, no sólo por la búsqueda incesante y permanente que la autora hace de la topografía del deseo en la cual magistralmente logra involucrarnos con sus insondables cuestionamientos e incertidumbres, sino porque en medio de una atmósfera sumida en la pasión, el amor y  el dolor, el o la protagonista cumple su objetivo de manera implacable: pone en tela de juicio los arraigados convencionalismos de amar… de amarse.
Recurriendo a una narrativa brillante, en un intento de despojar al amor de todas las vestiduras posibles, Winterson se encarga de encubrir la identidad sexual de su protagonista a lo largo de toda la obra. ¿Hombre o mujer? En su idioma original la pregunta no tiene respuesta, nunca el lector sabrá el sexo de ese amante sumido en la desbordante pasión que siente hacia Louise, la pelirroja de prerrafaelista belleza que abandona su matrimonio convencional y monótono con un prominente médico, para irse a vivir con él o ella el pletórico arrebato de pasión que comparten;  sin embargo, existe entre ellos un obstáculo infranqueable: El cuerpo de Louise padece una enfermedad mortal y su amante debe decidir quedarse con ella y disfrutar los días que le quedan o dejar que vuelva con su marido quien podría proporcionarle un tratamiento que quizás salve su vida. Decisión que al final quedará en manos de Louise.
Es este el impiadoso escenario sin concesiones en donde la genial escritora desafía al amor y a sus devenires;  para hacerlo, recurre al desafío del lenguaje, a la abismal profundidad de las palabras; nos empuja, nos eleva, nos avienta al suelo casi con violencia induciéndonos a escarbar adentro, muy adentro,  cuestionándonos sin reservas lo que seríamos capaz de entregar y de conceder de nosotros mismos a la inexorabilidad del amor.

"Perder a alguien que amas es alterar tu vida para siempre. Y no lo superas, porque lo es la persona que amas. El dolor acaba, llega gente nueva, pero la grieta nunca se cierra. ¿Cómo iba a cerrarse? La individualidad de alguien que importaba tanto como para llorarle no se vuelve anodina con la muerte. Este vacío en mi corazón tiene tu forma, y nadie más puede llenarlo. ¿Por qué iba a querer que alguien lo llenara?"

 La elección de vivir la pérdida de Louise para que ella tenga todos los cuidados que su enfermedad reclama, transformara la vida de su amante en un duelo prematuro.  Ahora, el lenguaje del sufrimiento, del fatal desenlace, nos revela esa anatomía amorosa, universal y sin género, que antes fue la tela nívea de las exaltaciones más profundas, como una antesala dolorosa ante el veneno de la muerte. Nos hace saber que nuestros cuerpos hablan, que lo que dicen es hermoso y a la vez caótico… que del amor y su paso nos queda esa extraña luz que nos envuelve cada vez que gritamos la letra de lo vivido, que nos queda una llave para desafiarnos y volvernos más sabios a la hora de amar cuestionando los límites impuestos desde adentro y desde afuera, que nada jamás podrá compararse con cada uno de los lugares que hemos descubierto en la geografía de un ser amado, que por más que llegue la fría ausencia o el duelo de la muerte no habrá blanqueador que nos arrebate la tinta de cada instante, que inevitablemente surgirán a borbotones algunas lágrimas cuando una obra, digna del más acalorado aplauso, nos recuerde que los libros que amamos hablan de nosotros mismos y de todo lo que el amor nos ha dejado escrito en el cuerpo…

Fotografía: Greta Buysse
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