lunes, 13 de mayo de 2013



(…) Eran las cortinas de terciopelo carmesí. El carmesí era aún más profundo bajo la luz tenue. Parecía como si una delgada capa de luz flotara ante las cortinas, y él se estuviera introduciendo en un fantasma. Había cortinas en las cuatro paredes y también en la puerta, pero aquí estaban recogidas hacia un lado. Cerró la puerta con llave, dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo. Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo qué había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho del anciano Eguchi. Su mano derecha y la muñeca estaban al borde de la colcha. El brazo izquierdo parecía extendido diagonalmente sobre la colcha. El pulgar derecho se ocultaba a medias bajo la mejilla. Los dedos, sobre la almohada y junto a su rostro, estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para esconder los delicados huecos donde se unían a la mano. La cálida rojez se intensificaba de modo gradual desde la palma a las yemas de los dedos. Era una mano suave, de una blancura resplandeciente.
-¿Estás dormida? ¿Vas a despertarte?
Era como si lo preguntara con objeto de poder tocarle la mano. La tomó en la suya y la sacudió. Sabía que ella no abriría los ojos. Con su mano todavía en la suya, contempló su rostro. ¿Qué clase de muchacha sería? Las cejas estaban libres de cosméticos, las pestañas bajadas, eran regulares. Olió la fragancia del cabello femenino. Al cabo de unos momentos el sonido de las olas se incrementó, porque el corazón de Eguchi había sido cautivado….




Yasunari Kawabata, fue el primer japonés en ganar un premio Nobel de Literatura en 1968 y fue el responsable de haber escrito, a mi entender, una pieza maestra decorada de una poderosa e inolvidable belleza que la distingue de toda la obra del genial Kawabata, no solamente por su abrumadora complejidad, sino por el infrenable cúmulo de extremas y profundas sensaciones que puede causarnos su lectura.
“La casa de las bellas durmientes” es una brillante novela corta que nos habla de erotismo, muerte, tragedia, decadencia, vejez y lo hace de una forma tan hermosa y poética que simplemente nos avienta de rodillas al insondable paraíso del asombro; a un encuentro con la abrasadora perplejidad.
Durante cinco noches, descrita cada una en cinco capítulos, el anciano Eguchi acude a dormir a la que llaman la Casa de las Bellas Durmientes, una especie de prostíbulo secreto donde ancianos se confortan durmiendo con bellas jovencitas vírgenes, completamente desnudas y bajo el efecto de un fuerte narcótico- de esta manera no podrán hacerles sentir la vergüenza de su decrepitud- los clientes tienen prohibido intentar despertar a las muchachas o hacer otra cosa más que acariciarlas, besarlas y dormir abrazados a ellas.
Esas mujeres sin nombre, sin identidad y sin pasado resultarán ser para el protagonista, el viejo Eguchi, un desconcertante enigma por develar. Intenta insistentemente comunicarse con ellas, despertarlas de su letargo narcótico, vulnerar su indefensión, pero todo es inútil, pues el sueño es una barrera infranqueable, como una acorazada muralla
Todo es silencio y contemplación. La delicadeza llevada al extremo logrando recrear en la imaginación del lector episodios de altísimo encanto.
Al describir a una de las bellas durmientes recostada en la cama con la tenue luz de terciopelo reflejada en su tersa piel, Kawabata  logra un grado de sublimidad que pocas obras pueden plasmar.
La manera en la que intercala el esplendor de la juventud y la repugnancia senil es magistral.
Mediante recuerdos de amores pasados, Eguchi encuentra felicidad al lado de una de esas jóvenes desnudas. El contraste de juventud y ancianidad es conmovedor, el  anciano recordando amores pasados, épocas felices que alguna vez vivió y nunca volverán. Al ver a la bella durmiente ve a todas sus amantes en un solo cuerpo y se da cuenta que no tiene la llama de antaño para enfrentar los retos del amor.
Hombres que buscan desenredar el mito de la juventud en los cuerpos de intactas doncellas, mientras el sueño postrero de la muerte planea sobre sus mentes. Ancianos desconocidos entre sí, ligados por el hilo invisible de la cercanía del sueño eterno, utilizan la fragancia de muchachas detenidas en un espacio de limbo, como sagrado elixir para escapar de las garras de la muerte, aunque sea un instante.
Relato enigmático y misterioso, de imperdible lectura, que transita entre el sueño y la vigilia, entre el pecado y la virtud, entre la ternura y la lujuria, la oscuridad y la luz y que no deja de ser un baile de seducción con la muerte en dónde el autor nos revela una abrumadora visión de la soledad y del cruel paso del tiempo, sumido en una atmósfera a medio camino entre la realidad y la fantasía onírica.
Perdidos desde el comienzo del texto en la líneas de semejante viaje por las geografías del deseo, Yasunari Kawabata,  nos transporta hasta una habitación, con cortinas de terciopelo color carmesí en cuyas paredes se esconden los misterios insondables del alma humana y la deshumanización del deceso.
 Al final del recorrido no habrá otra cosa más que la muerte, como última invitada, desnuda y virginal, esperando en el umbral de la puerta de esa casa del placer…

Les dejo un link con la maravillosa obra del genial Kawabata " La casa de las bellas durmientes".

Fotografía de Emil Schildt


- Rara vez,  un escritor asume el deseo de emular a otro gran escritor; Gabriel García Márquez lleva un cuarto de Siglo emulando a Yasunari Kawabata. Hacia el año 1980, el maestro colombiano leyó “La casa de las bellas durmientes” y quedó impactado, como tantos lectores sensibles del planeta, por la despiadada y alucinante belleza del relato de Kawabata. Hacia el año 2004, decidió rendirle un homenaje al maestro japonés con su “Memorias de mis putas tristes”;  una historia contundente y majestuosamente narrada que provoca un torbellino de sensaciones encontradas de principio a fin, dejándonos, tal como  en la obra de Kawabata, con incontables análisis pendientes de revisión pero jamás lejos de la idea que ambos célebres escribas hicieron de ésta historia, cada uno con su estilo personal,  uno de los relatos eróticos más perturbadores de la literatura Universal.

Les dejo un link con “Memorias de mis putas tristes” de Gabriel García Márquez, su  homenaje al gran escritor oriental.