martes, 28 de mayo de 2013


“Entre los Siglos XV y XVII, unas 100.000 personas fueron quemadas vivas en Europa bajo acusaciones de brujería tras ser sometidas a tortura. De entre ellas, más del 80 % eran mujeres.”



Expuesta en la New Gallery en 1891,  la bellísima obra de John William Waterhouse “Circe ofreciendo la copa a Ulises” es una de mis obras favoritas. El genial artista inglés-dueño de una sensibilidad admirable- dibuja en el rostro de Circe ese instante crucial cuando segura, poderosa y triunfante le ofrece a Ulises la copa que contiene la poción que lo volverá un cerdo como al resto de su tripulación. En el catálogo apareció ilustrada con la siguiente frase: “Paño de gasa azul. En el suelo, a sus pies, están esparcidas violetas. Detrás de ella, Ulises avanza y sus galeras se vislumbran entre los pilares.”
El tema representado por John William Waterhouse se corresponde al momento en el que Ulises, en su regreso de la Guerra de Troya, desembarcó a la isla de Eea, habitada por Circe, una bella y poderosa maga.
Según el mito, la isla estaba repleta de cerdos y formas metamorfoseadas de hombres seducidos por sus potentes bebedizos de hierbas. Ulises perdió a toda su tripulación por sus encantos, pero armado con hierbas mágicas que Hermes le dio, consiguió deshacer sus hechizos y la obligó a liberar a sus hombres de sus formas de bestias.
... Desde la Antigüedad, numerosas han sido las figuras de mujeres destructoras, malvadas, que han usado sus encantos para seducir y, de paso, destruir a los hombres y que al final son reivindicadas por una figura masculina que irrumpe para establecer el orden y la moral.
 La dualidad que identifica al hombre con el bien y a la mujer con el mal, con la astucia, la monstruosidad, la locura, y con el empleo de artimañas y trampas para llevar al hombre a la destrucción.
Dualidad que desembocó en masacres innombrables que persisten como una mancha indeleble: hubo  mujeres injustamente marginadas a lo largo de la historia, torturadas y asesinadas por hechiceras, por brujas, cuando  en realidad fueron sabias conocedoras de los secretos escondidos en la naturaleza y de las leyes universales que los rigen. Mujeres que supieron nutrirse y recibir los saberes populares y ancestrales de su cultura contribuyendo a mantener viva la transmisión de la Cosmogonía, pues conocían las analogías que religan los planos del universo, desde los telúricos a los más elevados del empíreo.
Mujeres que sabían de las propiedades de las plantas, de los minerales y de los animales y de su sutil consonancia con los ciclos que describen los astros y las estrellas, y también de otras correspondencias con esferas invisibles del cosmos.
Mujeres que practicaron la ciencia hermética de la alquimia con la que elaboraban fármacos, ungüentos, pomadas, filtros y elixires…
Mujeres que  fueron sanadoras, curanderas, comadronas,  chamanas…
Mujeres que fueron transgresoras y que por serlo fueron demonizadas bajo el sello de un estigma que las llevo a la muerte.
Las hechiceras mitológicas de reputación tan odiosa en la tradición patriarcal, reaparecen como portadoras de una sabiduría oculta, hasta ahora incomprendida. Vienen a reivindicar a la mujer mística, conectada con la naturaleza de lo sagrado. A la mujer sabia, diosa rebosante de  la sabiduría de Gaia. Que  vive en armonía con todo el universo que la rodea. Que no necesita señor que la dirija ni sistema que la contenga porque conoce la plenitud de su verdadera esencia femenina…y hoy más que nunca tiene el cielo a su pies para desplegarla.

Circe Offering the cup to Ulises
John William Waterhouse, 1891