jueves, 9 de mayo de 2013






Yo no soy una gran lectora de literatura erótica pero me gustaría serlo. Creo que es un universo confinado de manera solapada aún al lado oscuro de la biblioteca, al infierno de estantes empolvados y cajones bajo llave; y no precisamente porque no se escriban actualmente millones de textos al respecto sino porque considero que como lectores aún no tenemos muy en claro de que se trata todo esto de lo verdaderamente “erótico” y que las joyas del género dormitan todavía sin su merecida circulación.
Vargas Llosa dijo en cierta ocasión que no hay gran literatura erótica, lo que hay es erotismo en grandes obras literarias. Una literatura especializada en erotismo y que no integre lo erótico dentro de un contexto vital es una literatura muy pobre. Un texto literario es más rico en la medida en que integra más niveles de experiencia. Si dentro de ese contexto el erotismo juega un papel primordial, se puede hablar verdaderamente de literatura erótica. La Celestina, por ejemplo, es una obra maestra, probablemente la más importante de la literatura española después del Quijote. Decir que La Celestina es una obra erótica sería empobrecerla, porque aunque es eso, también es muchas otras cosas: una obra de una gran riqueza verbal, de una gran inteligencia en su construcción, que incluye muchas manifestaciones de la vida -la moral, la cultura, la psicología...
Hoy la literatura erótica está a la moda gracias a “50 sombras de Grey”- no puedo decir nada al respecto porque no lo he leído y ha sido por una simple razón: no me llamó la atención. Sé que si me estoy perdiendo de alguna joya literaria tarde o temprano llegará a mis manos  (aún no me ha llegado)- Innegablemente la saga de E.L James ha sacado del yugo de algunos innecesarios pudores con respecto al sexo y a la literatura a millones de lectores y eso es un mérito que nadie puede pasar por alto forme parte de esos 13 millones de lectores o no.
Me pregunto si será, con el tiempo, una obra para ser archivada junto a esas proezas literarias escritas cuando el erotismo era revolucionario, cuando esos libros se leían a escondidas, cuando lo erótico no era previsible, mecánico, convencional, degradado en pornografía; cuando era más difícil escribir una obra de ese talante porque no reinaba la banalidad, el estereotipo y la permisibilidad del todo aceptado.
El erotismo aquel del Siglo XIX fue un instrumento para conseguir un mundo más libre, más auténtico, menos hipócrita y anquilosado por el poder de las iglesias y los convencionalismos ¿Tendrá hoy-que aún siguen vigentes muchos de esos poderes y esos convencionalismos- el mismo efecto cuando se ha vuelto superficial, comercial y A LA MODE? No puedo evitar ni el interrogante ni el deseo de que así sea.
Escribir sobre la inmensa Anais Nin me llevo a indagar más sobre su vida, su obra y me llevó a aventurarme por pasillos que antes no había caminado. Me encontré con un gigantesco cosmos digno de ser explorado; con algunos relatos exquisitos y con autores poco difundidos y de los cuales prácticamente no figura información.
Frente al mercado editorial que prepara su aluvión de libros “hot” para este año, rastrear los orígenes de semejante explosión es casi de carácter obligatorio, rastrearlo para que dos siglos después de evolución podamos aprehender las claves de esas raíces y seamos capaces también de convertir al erotismo en un instrumento mucho más efectivo  pero de exacta exquisitez, que termine finalmente y de una vez por todas, de abrir los cerrojos de la censura, las nuestras propias y las impuestas desde afuera.
Anaís Nin y su Delta de Venus, Henry Miller y su trópico de cáncer,  Marguerite Duras con su inolvidable retrato del Amante, Antonio Gala y su Pasión Turca, David H. Lawrence con una de las obras maestras de la Edad Moderna, El amante de Lady Chatterley, Pauline Reage y su Historia de O, Vladimir Navokov y su inolvidable Lolita, la inmensa Almudena Grandes y sus Edades de Lulú entre tantos… construyeron un lenguaje propio, mancillaron un género más definido que cualquier otro dentro de la literatura, diagramaron una geografía donde explayaron una exquisita y rica prosa capaz de superar, no solamente los escollos del tiempo, sino y sobre todo, las pesadas breas de sistemas cercenadores; eso sí que es un mérito y con todas las letras.
Sin poderlo evitar viene a mi mente una imagen inolvidable: fue la primera vez que leí Rayuela y Julio Cortázar me hizo descubrir lo que era erotismo en la belleza magistral de un beso...

Rayuela, Capitulo 7

"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mi para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
 Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua."

Fotografía: Aldred Noyer, 1905