lunes, 9 de septiembre de 2013

Reflejo


Eran las doce en punto de la noche cuando lo vi. Llevaba un gamulán azul, largo hasta los tobillos, el pelo enmarañado y barba de unos tres o cuatro días que opacaba aún más su rostro silencioso. Las pupilas rojizas, congeladas en un punto fijo.
No había dormido durante muchas horas, su cuerpo se asemejaba a un tótem a punto de caer y fragmentarse en millones de filosas puntas de hielo- nada se ve más oscuro que el reflejo de un hombre con el corazón destrozado, escribo, con la mano temblorosa-
Tuve la sensación, al continuar observándolo detenidamente, que pocas veces antes se había permitido experimentar y atestiguar semejante lúgubre agonía, esa que conlleva a la tristeza y al vacío. Sentí pena. Hubiera querido trepanarle del pecho la bola dolorosa que palpitaba el veneno del no entendimiento. Hubiera querido beberle el llanto contenido que vomitó de golpe manchando el aire con partículas de palabras no dichas, de cariños no ofrecidos, de momentos que ahora no eran más que hojas sueltas en una bocanada de viento.
 Morir. El irremediablemente acto de morir. Anoté al pie de la página.
 Durante algunos segundos, por las muecas de su rostro, intuí que buscaba respuestas en su mente ajetreada; respuestas que tal vez estuvieran latentes y que aún no descubría, incluso, al verlo esforzarse frunciendo el ceño, pienso que hasta se aventuró a soltar el cordón de la razón pura y divagó entre los parajes del inconsciente colectivo: alguien debía poseer un soplo esclarecedor, una antorcha que súbitamente iluminara el espeso corredor de lo incognoscible.
Después se sentó en el suelo y con las manos apretadas se mordió los labios varias veces, alrededor, el silencio ya había soltado sus demonios y pronto habría de comenzar el dantesco espectáculo que plantea la obligatoria comprensión con sus falsos profetas vestidos de olvido. Y lloró de nuevo. Aún no quería la dosis estimada de antídoto, por lo que sacó del bolsillo de su saco una foto vieja y la repaso hasta el detalle. No era la única vez que lo hacía, lo noté por su destreza al manipularla casi en una especie de ritual repetitivo. En el retrato había una mujer, de fondo se podía ver una casa blanca de ventanales caoba, varios árboles gigantes de frondosas copas verdes y un dejo transparente de nostalgia casi intangible que brotaba del papel gastado. El hombre del gamulán azul, evidentemente había impreso en ella un anhelo tan profundo que había logrado trascender la inerte estupidez del objeto, convirtiéndolo en un papiro que albergaba en sus entrañas un trozo de su tiempo. De no haberlo hecho, de no haber transferido esa esencia amorosa que impregna el aura de algunos anhelos, me atrevo a afirmar que esa mujer se habría desintegrado en el aluvión imparable del incauto devenir.
No bien desperté en ese pensamiento; en el de la mujer con la mirada extasiada en los andenes de la vida aún por venir; en el suspiro tibio de mi amoroso anhelo, levanté la mirada y me contemplé una vez más en el reflejo del espejo solitario de mi desprolija habitación de hotel. Aún era yo, aún seguía siendo el único vocero de ese éxtasis, que ni siquiera el ácido del dolor más intenso tiene el poder de carcomer. Yo había amado y había sido correspondido. Mi corazón había hallado su respuesta, había encontrado la infinita mortalidad desdibujando con lo vivido la levedad minúscula del tiempo.
Al despertar me atreví a reírme un rato, dejándome ahora avasallar por la belleza tangible que ofrecen los buenos recuerdos. La soledad se escapó por la ventana como una bruja exorcizada y entonces me envolví el cuerpo con el fino manto de esa mirada que por años, había yo atesorado en lo más profundo de mi ser.  Aventé el gamulán en el ropero y me afeité el cansancio.           
Justo después de dejarte ir a cabalgar a pelo en el lomo del viento, tengo pensado acurrucarme en tu sillón favorito a escuchar el sonido de tu voz retumbar por el dulce vacío de nuestra casa, al fin y al cabo; escribo; nada esta distante de nosotros, todo vive para siempre, nada muere, todo se transforma, sólo existe el amor que nos hemos profesado para perdurar en las líneas del tiempo y solos estamos los dos, tu renaciendo en otros senderos, yo, perdurando en los que juntamos nos toco pisar. Tu ausencia es un detalle, tu piel transparente es otro aprendizaje, un aprendizaje que ni el acido del dolor más intenso tiene el poder de carcomer, tan simple como eso.

Fotografía: Johanna Knauer