martes, 29 de octubre de 2013

Las Crónicas del ángel

2/ Silencios...

Cruje la noche en mis tímpanos. De vez en cuando, una sinfonía de aullidos lejanos se cuela por la hendija de la ventana, entonces aprieto los párpados y me entrego al éxtasis que provoca la ambigua adrenalina del miedo; la complicada y antagónica ley del vacío que anida en las entrañas del sigilo.
El cielo está gris sobre el manto negro de mi ciudad apestada de amantes de corazón destrozado.
A veces la luna juega a que va y viene entre las grietas de su vestido plomizo. Y cruje la soledad, en el alma de una hoja que está en blanco.
Tengo los dedos llenos de tinta y el pecho a punto de explotarme en millones de estalactitas; tengo un poema y su sortilegio atragantado en la garganta; tengo esa mirada incrustada en cada poro de la piel.
Enciendo un cigarrillo;  impaciente  lo aspiro con fuerza queriendo tal vez que la brea endemoniada del humo empuje para adentro ese nudo, esa lágrima pérfida.
Un perfume a rosas de otro mundo impregna de repente la lúgubre desidia de mi habitación desierta y flota y se eleva y levita por cada vértice; por cada rincón silencioso de mi atalaya (entonces; desciendo por la torre y el verdor anaranjado de los valles explota en la comisura de mis labios y vuelvo a ver el mar, y escucho una voz…llamándome. Una voz que es casi un grito, una plegaria que revoluciona cada fibra de mi ser y me estremece ¿Sos vos?.
Reina la  calma en cada una de las lágrimas que por fin se escapan de mis pupilas a descansar sobre la tela de esa hoja frente a mí.
Cuando mis ojos húmedos encuentran por fin el cuerpo noble de ese lienzo que esperó hasta el alba la impensada epifanía de mi alma, suspiro muy hondo…sé, con esa certeza que sólo se tiene cuando se ha resucitado de los abismos de la melancolía, que acabo de escribir el obituario perfecto para esa mujer…que amo desde antes.
El teléfono suena de repente y su chirrido me arrebata el místico fulgor de la ensoñación.
Camino despacio hasta la mesa de noche. Me aferro al tubo. Del otro lado, la voz me enumera los detalles de su encargo. Yo no respondo, no es necesario; ambos sabemos que no hacen faltas preámbulos ni formalidades. Cuando por fin le pone punto final a su monólogo, aspiro un sorbo del aire que me rodea intentando quizás, descontracturar la rigidez de mi cuerpo.
Eva, era su nombre. Encuentra a quien lo hizo. Quiero su corazón en una bolsa de plástico- la voz es una daga certera que no vacila un instante-
Millones de pensamientos se agolpan en mi mente al analizar lo dicho, mientras las venas me laten agitadas; seducidas ante la devastadora impronta.
….su corazón en una bolsa de plástico- La frase se queda explotando vivaz autonomía.
Repito su nombre varias veces al volver a la mesa, primero sin palabras, después con toda la plenitud de un susurro que se filtra de mis labios secos.
Sé que es ella.
Lo sé porque lo siento. Lo sé porque la veo. Lo sé porque me ahogo en ese perfume de rosas de otro mundo que flota y se eleva y levita venciendo la devastadora negrura de toda la muerte que reina entre mi corazón y el suyo; encontrándose en este mar de ojos puntiagudos, en esta maquinaria incesante que no detiene su marcha, su aceitada peligrosidad.
Encuentra a quien lo hizo…Eva, era su nombre
Mientras el amanecer termina de decorar las formas etéreas, decido, antes de recluirme en mis solitarios paisajes de tinta,  abandonarme un instante a la luz de ese Edén que aún añoran mis huesos.
Afuera, los amantes de corazón destrozado me regalan una dosis más de  su puro silencio….


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