martes, 16 de julio de 2013

Cartas para Noa ( 10 )



El teléfono de la cafetería repica durante algunos minutos.
Un reparador café aguarda por mí en la pequeña mesa de bar, mientras intento informarme del mundo exterior releyendo un número atrasado de "El Nuevo Herald".
La empleada de la cafetería levanta el tubo con un gesto saturado.
—Doctora Anderson…es para usted.
Levanto la mirada. ¿Para mí? Pienso y resoplo ofuscada. Necesitaba tomarme un descanso.
—Habla la doctora Anderson…
—Disculpe doctora, aquí en la recepción hay una persona que la busca. Dice que usted sabía que vendría.
El corazón se me congela.
—Noa…—murmuro entre dientes—dígale que estaré allí en un minuto.
Explotando una especie de entusiasmo que desconozco, apresuro mis pasos para no perder el ascensor que acaba de abrir sus puertas de par en par.
El aparato empieza a descender. Inquieta, golpeo la punta del pie derecho sin pausa. Sonrío incrédula al advertir mi evidente nerviosismo. ¿Qué me pasa? Me sentencio, mientras la imagen de nuestro primer encuentro me arrebata.
Llego hasta la recepción. Su esbelta figura sale a mi encuentro.
—Doctora. Que gusto verla. ¿Me recuerda? Soy Noa.
Durante algunos segundos tengo el indomable impulso de decirle: claro que te recuerdo. Me tienes pensando en tus ojos desde la primera vez que te vi y no puedo entender porque.
—No quería molestarla. Sólo andaba por aquí y pasé a ver como se encuentra el señor del otro día—agrega, ante mi silencio.
—Evoluciona favorablemente—respondo, por fin—es un paciente con antecedentes cardíacos pero pudimos asistirlo a tiempo.
Sonríe ante mi respuesta.
—Cuanto me alegro. ¿Podría decirle que pasé y dejarle saludos de mi parte?
— ¿Quieres dárselos personalmente? Puedo arreglar para que ingreses—le digo y me doy cuenta en el acto que se trata de un intento por retener su presencia varios minutos más.
Me sonrojo inevitablemente y busco sentenciarme, como siempre, pero estoy hechizada, absolutamente poseída por esos ojos que me han encerrado en un paisaje en dónde siquiera puedo pensar en querer salir corriendo.
—Me gustaría decirle hola...claro que sí—responde.
—Bien. Espérame un minuto hablaré con la enfermera.
Giro sobre mis talones. Hablo con la enfermera y le hago señas para que se acerque.
—Ven conmigo. Te acompaño.
Presiono el botón del ascensor.
—Gracias, es usted una persona muy empática doctora.
—No. Gracias a ti, pero no me trates de usted…me hace sentir mayor. Dime Sofía.
—Sofía…—murmura, y  yo me quedo deambulando en una especie de nebulosa de la que no puedo ni quiero escapar.
Llegamos hasta la habitación.
—Su nombre es Edward Carlson—le informo.
—Edward….sí, lo recuerdo. Pudimos hablar  mientras llegábamos hasta el hospital.
Ingresa. El hombre dibuja una amplia sonrisa al hacer contacto con su presencia.
—Noa…regresaste.
—Por supuesto. Quería saber de ti.
—Estoy mejor dulce ángel. Estoy mejor. Los doctores aquí me están atendiendo muy bien.
—Me alegro que así sea. Se ve que son gente hermosa. Sobre todo la doctora Anderson. Ella tiene una magia especial así que no dudes en hablar con ella.
Yo estoy parada en la puerta. Maravillada.
—He decidido quedarme  durante algunos días más y como sé que pronto vas a salir de aquí, tú y tu esposa están más que  invitados a la función.
—Iremos a verte. Cuenta con eso.
—Okey. Ahora voy a dejar que descanses. Nos veremos pronto. Lo sé.
Edward sonríe y afirma con el rostro. Sus ojos se humedecen.
—Gracias.
—No tienes nada de que agradecerme. Para eso estamos ¿no?— concluye y suelta una contagiosa risa que me invita a una sonrisa.
Nuevamente nos quedamos esperando el elevador.
Quiero hablarle. Quiero decirle cientos de miles de palabras para que no se marche.
Sin poder cuestionar mi accionar me sumerjo en un brote impensado de espontaneidad y decidida inicio una conversación.
—No pude evitar escuchar lo de la “función” ¿eres artista?
—Sí.
— ¿Qué haces?
—Me dedico a varias cosas, pintar, escribir, esculpir…pero por ahora estoy haciendo música con mi guitarra.
—Que interesante…
—La verdad que sí. Es una faceta mía que desconocía y ha sido encantador haberla descubierto. ¿Te gustaría ir a verme?
Mis labios se abren involuntariamente.
—Claro. ¿En donde tocaras?
—Creo que será en la playa, en Lummus Park beach…la noche promete ser cautivadora.
El ascensor abre sus puertas. Me obligo a dar un paso hacia el interior y ahora sí me esfuerzo para poner un freno al torbellino de sensaciones que me asaltan. Urge que recupere mi postura.
—Haré lo posible. Hace varios meses que no dispongo de tiempo para ir a la playa.
—Cuidado con el tiempo Sofía…es un tirano—me dice y entonces su encantamiento se apodera definitivamente de lo que queda de mí—Me encantaría que fueras. Estaré esperando verte—finaliza.
Estamos en la puerta principal. Quiero decir alguna palabra pero enmudezco  sabiendo que no hace falta que diga nada más.
Asiento con el rostro, al hacerlo se acerca y besa mi mejilla.
—Gracias otra vez.
La puerta electrónica abre sus fauces y entonces se pierde en el tumulto de gente que satura la calle gris.
Un brote de nerviosismo se apodera de mí y me siento observada. Acomodo la garganta, respiro profundamente y arremeto decidida.
La sala de descanso está vacía. Me siento en un sofá intentando acomodar mis pensamientos.
Mi celular suena. Es un mensaje de Nick. ¿Puedes escaparte? ¿Almorzamos juntos?
Dudo unos instantes.
“Cuidado con el tiempo Sofía…es un tirano”
Las palabras de Noa se desparraman en mi mente como un perfume exquisito.
Claro que puedo—pienso.
—A las doce. ¿Te parece?—Respondo, animada.
—Me parece bien. Paso a buscarte.
Guardo el móvil en un bolsillo y me quedo rodeada de silencio. Un silencio que resulta reparador y electrizante a  la vez.
El resto de la mañana transcurre en calma. Nick pasa a buscarme y sorprendido por mi resolución, me lo hace saber apenas entro al auto-generalmente ninguno de los dos pospone sus obligaciones-
—Reservé en Zuma—me dice, con su amplia sonrisa—de paso damos una vuelta por Key Biscayne.
—Me encanta Key Biscayne—digo y relajo mi espalda en el asiento.
—Lo sé.
Nos dirigimos hacia el oeste por la 12th Ave.
Nick está hilarante y de buen humor. No pasa mucho tiempo antes que su energía me contagie y ambos nos reímos de miles de cosas. Me fascina ver a Nick relajado, sin el ceño fruncido pensando todo el tiempo en cuidar los intereses de su empresa y se lo digo  mientras, en un semáforo, beso su labios.
—Vamos a pasar un lindo día tú y yo… ¿te parece?—me dice—Claro que sí, amor.
Aspiro profundamente el aire tibio que acaricia mi piel y durante algunos segundos vuelvo a sentirme esa chiquilina que viajaba en la carroza acerada de su príncipe americano.
Ordenamos comida oriental y varias ensaladas. Nick me sorprende con un chardonay que me apasiona y es tan caballero en sus gestos que no puedo evitar sentirme embelesada.
Después deambulamos algunas horas por la serena belleza de “isla del paraíso” -nombre que le hace honor con todas las letras a Key Biscayne-como solíamos hacerlo.
Son las seis de la tarde cuando finalmente llegamos a Coral Gables.
— ¡Deberíamos hacer esto más seguido!…—le digo y acomodo su pelo desordenado.
—Definitivamente. Me encanta verte contenta.
— ¿Tomamos una copa de champagne?—le pregunto y me dirijo hasta el frigobar dando por sentada su respuesta.
Lo observo quitarse el saco. Se sienta en el sofá. Desde lejos sus movimientos me encienden entonces quiero abandonarme en sus brazos.
Sirvo las copas.
—Es algo temprano para empezar de copas señorita—me dice, sonriendo.
—No, no lo es—respondo y lo beso nuevamente.
El responde y después menea su mano sutilmente para mirar el reloj.
— ¿Sucede algo?—lo interrogo, algo molesta.
—Necesito hablar contigo—responde, con seriedad.
— ¿De qué se trata? ¿Estás bien?
Toma una respiración y abre los labios.
—Tengo que irme algunas semanas a Nueva York— replica a secas y sin rodeos.
Me incorporo ofuscada.
—Ahora entiendo lo del “día en el paraíso”
—No es así Sofi. Tenía ganas de pasar un lindo momento contigo. Casi nunca lo hacemos.
—Por algo será…—le digo y enciendo un cigarrillo.
—No te atrevas a hacerme totalmente responsable de eso…tú también le dedicas miles de horas a tu trabajo y yo no interfiero para nada. Es lo que te gusta y lo respeto.
Camino hacia el ventanal. Está cayendo la tarde y el horizonte, teñido de naranja, parece un lienzo esplendoroso.
—Tal vez deberíamos comenzar a viajar…—digo, al pasar, como queriendo desestimar la seriedad de nuestra charla.
—Por supuesto que vamos a hacerlo, amor. Te lo prometo. Tal como lo habíamos planeado. Solamente te pido que me entiendas. Estoy entusiasmado con un negocio que puede posicionarnos por encima de muchos objetivos; incluso de los que se trazó mi padre cuando empezó con esto. Es muy importante para mí y necesito tu apoyo más que nunca. Prometo que cuando regrese nos tomaremos unos días—concluye y acaricia mi mejilla.
Me acurruco en sus brazos. Quiero decirle que me siento sola pero aprieto mis labios y me callo.
Es verdad, yo sé lo importante que es para él estar a la altura de las circunstancias. Lo sé porque es algo que nos une.
— ¿A qué hora sale tu vuelo?
—En tres horas
—Okey. ¿Te ayudo a empacar?
—Me encantaría.

Mi caja de cristal se queda vacía otra vez. La brisa que llega desde el mar me adormece mientras termino la botella de champagne recostada en una reposera cerca de la piscina.
Aspiro muy hondo el oxigeno marítimo dejando que sature cada fibra de mi cuerpo y al hacerlo, súbitamente,  Noa viene a recordarme que está sobre la arena de la playa haciendo música con su guitarra.
Me incorporo con un movimiento casi brusco.
Sin meditarlo ni dos segundos busco un bolso y las llaves del auto. Estoy algo mareada pero no me importa.
—Estoy solo a 20 minutos...—pienso.
Comienza a rugir el motor. La noche está maravillosamente estrellada.
Es viernes y más que otros días la gente colma las calles principales de Miami Beach; sin embargo yo estoy confiada. Sé que no será difícil encontrarte—murmuro.
A medida que avanzo por Promenade-la ondulada peatonal de Lummus Park que separa el césped de la playa, me asalta un interrogante: ¿Qué clase de persona puede, tan sólo con unas pocas palabras, arrebatarme de la silente quietud de mi casona medieval?
— ¿Quien sos…? ¿Porque siento que te conozco de toda la vida?
Sacudo el rostro y me recuerdo que no soy una convencida sobre esos temas místicos.
Llego hasta la arena. Mi atuendo desentona totalmente con el entorno de bermudas, pareos y bikinis.
Me saco los zapatos y me arremango la botamanga de mis jeans. Avanzo. El ruido de las olas me embruja entonces inspiro envuelta en una maravillosa comodidad.
—Extrañaba la noche del mar…susurro y al hacerlo, su voz se hace audible en el aire que me rodea.
El corazón se me acelera. Estoy absorta y cautiva de una parte de mí ser que inexplicablemente me guía como una brújula hasta su encuentro.
Su rostro emerge entre las llamas de un inmenso fogón.
El lugar está repleto de gente relajada sobre la arena. Al verlos,  me doy cuenta que no soy yo la única hechizada.
Me siento lentamente. Su voz es dulce y tierna.
Su repertorio se extiende hasta la madrugada pero nadie luce cansado, todo lo contrario.
Cuando todos se han ido y quedan las últimas flamas que buscan sobrevivir, su sonrisa me encuentra y entonces,  inevitablemente , descubro que estoy  a  merced de una clase de amor que mi corazón desconocía; que sin querer he llegado a las costas de esos amores que se presentan de repente y sin aviso, que no tienen ni dan explicaciones, que no preguntan porque ni para qué…descubro además, no sin caer de rodillas  ante un insondable  e inquietante vacío, que no hay nada, absolutamente nada, que pueda hacer para evitarlo.

Fotografía: Andrea D´Aquino



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