miércoles, 3 de julio de 2013

Cartas para Noa (5)


Greta y Ricardo me están esperando al regresar de la playa.
Merendamos en el jardín y  Greta me invita a conocer el esplendor de la ciudad y me lleva a uno de sus lugares favoritos: El distrito Art Decó situado al extremo Sur de South Beach.
Se trata de un lugar exquisito visualmente que me cautiva de inmediato. Apenas 24 calles albergan la única arquitectura Art Decó que queda en el país y la más importante del mundo, con más de 1200 edificaciones que datan de los años 1920-
El itinerario comienza al sur de la Avenida Ocean Drive entre las calles 6 y 7: El Park central Hotel con su imponente fachada azul y blanca, el Colony Hotel con su emblemático cartel de Neón, el gigante y pintoresco Haddon Hall en la Avenida Collins y ya sobre la Avenida Washington las curvas del Miami Beach Main Post Office coronan la travesía a través de un verdadero tesoro.
Al caer la noche,  Greta, magnifica anfitriona de un lugar al que ama y que tanto le ha dado en la vida―me dice, con los ojos húmedos de felicidad―termina de fascinarme aparcando su auto en Española Way.
Nos sentamos en un pequeño pero majestuoso bar de esquina con velas flotando en delicadas canastitas de vidrio sobre las mesas, que todas en conjunto, forman un enjambre titilante de luciérnagas.
Tomamos un jugo de frutas. Mientras sorbo la deliciosa pulpa recién exprimida- entusiasmada, como si fuera una niña de 3 años-  me sorprendo ante la juventud y la frescura de mi tía, notablemente vivaz en los brazos de una ciudad para la cual todos los adjetivos son aplicables.
Greta es una mujer de 50 años. Nació en Nebraska pero vive en Miami desde que tiene 15 años. Conoció a Ricardo, un argentino aventurero que se vino al Norte a hacer su América―me cuenta, emocionada al rememorarlo por aquellos días― a los 23 años y están juntos desde entonces. Es Bonachona y cálida. Su gran espalda matrona refleja seguridad y es imposible no sentirse contenido frente a sus manos fuertes. Sin poder resistirme a ese embrujo me permito experimentar la fiabilidad de su siempre presente instinto maternal.
 Me pregunta si estoy cómoda. Le respondo que sí, aturdiéndola con millones de palabras que explotan de mi boca.
Me comenta que mañana a la noche estamos invitados a cenar en Coral Gables con unos amigos suyos y yo, totalmente subyugada por la seducción de un inexplicable presentimiento acepto, sin dudarlo un segundo.
Coral Gables es un vecindario de película. Ricardo me cuenta que esperan ansiosos el momento de instalarse allí.
No en vano es conocida como “the city beautifull”. Es un lugar que da la impresión de ser perfecto: las casas son enormes mansiones rodeadas por jardines cuidados en cada milímetro y por las calles es imposible encontrar un rastro de basura. Greta agrega que en 1920 un hombre llamado George Merrick se hizo de 4.000 hectáreas de terreno y se dispuso a hacer su sueño realidad: crear una ciudad hermosa y entonces nació Coral Gables―Hoy en día todos los vecinos se esfuerzan para mantener intacto el sueño de Merrick―agrega Ricardo―cuidando el aspecto impecable de sus fachadas y cortando el césped a la perfección―
La calle principal repleta de viejos y grandes ficus nos lleva a pasar frente a la Venetian Pool y quedo inmediatamente prendida y cautivada por ese barrio que tiempo después significará tanto en mi vida.
La gran cantidad de piedra caliza que se extrajo para la construcción de Coral Gables dejó una gran cantera sobre la que se construyó una piscina de ensueño estilo veneciano, cruzada por un puente, clásicos puestos de amarre y repleta de cascadas y grutas. Nos detenemos un momento. Una bella fuente nos da la bienvenida apenas ingresamos. Paseamos por el patio, la pérgola, por los edificios antiguos con sus frescos semejantes a una postal dibujada a mano alzada y finalmente llegamos a la piscina. El agua es diáfana y clara. Parece de cuentos. Un paraje majestuoso del cuál no encuentro las palabras para hacerle honor al describirlo. No con 18 años y tan poco mundo explorado aún.
El lugar a donde nos dirigimos es la mansión de Jefferson Moore. Un palacete Mediterráneo que se suma a la majestuosidad de construcciones estilo colonial, francés e italiano.
Moore es un magnate inmobiliario, amigo de Ricardo desde  hace 10 años.
-Greta me comenta que están en tratativas con él desde hace un tiempo para adquirir una propiedad-
La residencia no se asemeja a nada que haya conocido hasta ese momento. Escaleras de mármol, arañas gigantes levitando desde altos techos de cúpulas decoradas, jardines fastuosos y centellantes muebles majestuosos.
La cena es en realidad una camuflada reunión de negocios, pero la joven esposa de Jefferson se encarga, con su gracia y lozanía, de entretenernos con sus relatos de viajes a Europa: lugar que Greta conoce ya como la palma de su mano y sin embargo, con humildad, se sorprende al escuchar las anécdotas de la vivaz muchacha a la que evidentemente se le ha encargado oficiar como anfitriona.
Su nombre es María. Debe tener alrededor de 30 años. Su cabello es negro azabache. Sus ojos verdes, vivos como un campo reverdeciendo en un nuevo día. Sus curvas son firmes y talladas.
A mí me ha provocado cierta curiosidad la muchacha latina de ojos verdes. Un interés que no logro descifrar mientras la observo desplazarse como una gata experimentada.
Estamos en el jardín. Sentados alrededor de una piscina repleta de velas flotantes color azul. Ya empezó la noche a desplegar su encanto y las estrellas se reflejan en ese espejo, majestuosamente.
El escenario es impecable.
Con un vestido blanco ciñendo sus líneas exuberantes, María no se cansa en destellar su seductora luminosidad encantándonos sin respiro.
Jefferson es un hombre de casi 60 años. Atlético, carismático y de mirada sagaz. Mirándolo desde donde estoy sentada, gesticulando altaneramente mientras conversa con Ricardo, comprendo en el acto a la muchacha latina y a su estrategia de “seductora luminosidad”.
Nick, el hijo de Jefferson, irrumpe en medio de la cena. 
Es un muchacho de cabellos castaños y ojos azules-como las velas flotantes- de apariencia apacible y serena. Se excusa por llegar tarde y se sienta con nosotros. 
Después de varios minutos me doy cuenta que estoy fascinada por su silencio.Un silencio de palabras justas que vocifera ante algún comentario de su padre.
Con María prácticamente no se prestan atención y es tan evidente que en un momento experimento una incomodidad terrible. Pero nada sucede-advierto que ese sistema forma parte de la vorágine cotidiana de la casa porque ninguno parece sentirse afectado-
De vez en cuando Nick me lanza una mirada tímida y sonríe.
Me estudia de reojo y me decodifica de lejos.
Ya sabe que soy sobrina de los amigos de su Padre, que mi nombre es Sofía y que soy Argentina. 
A medida que transcurre la cena, ninguno de los dos busca sostener una conversación. Resulta suficiente limitarnos a esas miradas sonrojadas que dicen mucho más que cien palabras.
Al finalizar la velada es evidente que el resultado ha sido el esperado porque Ricardo no puede disimular una sonrisa que está instalada en sus labios.
El muchacho de ojos azules se retira después de cenar excusándose nuevamente y la gata avezada, intacta como al principio, continúa sin perder la postura.
Recién cuando la camioneta de Ricardo se pone en marcha, tomo conciencia que me llevo un poderoso e impensado cúmulo de emociones.
Giro el rostro. María está en la puerta con Jefferson.
Ambos han salido a despedirnos y no puedo evitar sentirme casi perpleja observándola flamear su mano de dedos largos y su dibujada risita de nácar. Como una hispana diosa helénica de superproducción Hollywoodense, la Venus latina exhibe, con fina sutileza, el éxito conseguido en la tarea que le fue encomendada. Sabe que los tres estamos obnubilados.
Mientras nos alejamos sin que su figura de líneas torneadas desaparezca del cuadro, yo sonrío celebrando en silencio su glorioso “finale”.
El teléfono suena. Es Nick. Han pasado tres días desde la cena junto a la piscina y yo no he podido dejar de pensar en él.
Se presenta con timidez.
Lo primero que hace es excusarse y comentarme que ha conseguido el número telefónico a través de su padre. Yo trato de hacerlo sentir cómodo, repitiéndole varias veces que no me ha causado molestias.
―Te llamo porque mañana a la noche voy a festejar mi cumpleaños y me pareció buena idea invitarte—Comienza muy resuelto.
―Tengo que preguntarle a mis tíos pero no creo que haya inconvenientes―respondo y el corazón me late desbocado.
―Nos reunimos como a las 8 pero puedes venir cuando quieras, no hay problema. Si necesitas que vaya a buscarte solo me llamas por teléfono—agrega.
—Seguramente Ricardo querrá llevarme—lo interrumpo
—Claro. Bueno, espero que puedas venir—Finaliza
Apenas dejo el tubo exploto de alegría. Pensé que no me recordaría después de haber abandonado su palacete mediterráneo.
Ricardo y Greta me autorizan a ir sin problemas y me llevan hasta Coral Gables.
Hay mucha gente en la casa. La fiesta se desarrolla en una especie de club House más allá de la piscina. La música está muy alta y hay mesas con comida y piletones con cerveza helada desparramados por todos lados.
Avanzo al borde de la incomodidad. Todos me están mirando.
Nick está con un grupo de amigos y al verme se acerca inmediatamente.
 ―Feliz cumpleaños Nick―le digo y beso su mejilla. Te traje un presente, espero que te guste.
―No te hubieras molestado―me responde y está sonrojado mientras desarma el envoltorio.
A la mañana, Greta me había llevado al Down Town a comprar un modelo de aeromodelismo. Era el hobby de Nick y según Greta, era un fanático.
― Mi tía me contó que te encanta el aeromodelismo―Es una de mis pasiones―me responde, está sorprendido y no puede disimularlo―Créeme que no tengo este modelo―Que suerte. No sabía cual traerte―Es un gesto muy lindo de tu parte, gracias.
Nuestras pupilas se detienen  una en la otra durante algunos segundos y ahora soy yo la que se sonroja.
Me toma de la mano.
―Ven conmigo, te presentaré a mi gente.
Sus amigos me reciben con amabilidad. Algunos más que otros. Durante los primeros cuarenta minutos me siento absolutamente desubicada en el contexto pero Nick se esfuerza por brindarme comodidad.
Cerca de la medianoche ya estoy totalmente distendida.Charlamos prácticamente toda la noche y me sorprendo al descubrir que lejos esta de ser ese chico silente y retraído de ojos azules que conocí esa noche estrellada junto a la piscina. Nick es dulce, divertido y carismático.
Cuando la fiesta está por terminar se ofrece para llevarme. Telefoneo a mis tíos para pedirles que se despreocupen.
Nos subimos a un Mercedes descapotado. La brisa fresca de la madrugada se estrella delicada en la piel de mi rostro. Hay aroma a mar por doquier,  puedo percibirlo―Este es el mejor verano de mi vida―pienso, mientras con la cabeza relajada en el cabezal del asiento observo a Nick, impecable en su remera a rayas y su corte de pelo casual flameando en las olas del viento. Me siento una actriz de cine. Una niña afortunada.
Antes de bajarme, Nick me besa los labios muy despacio.
―Me gustaría que volvamos a vernos―me dice y yo titubeo, no porque esté dudando, si no porque estoy perdida en un éxtasis que desconozco.
―A mi también―respondo segundos después.
― ¿Te parece si paso por ti mañana a la tarde? Podríamos ir a tomar algo o a la playa…
Asiento con el rostro. El vuelve a besarme. Sus labios juegan con los míos en una danza sutil que moviliza todos mis sentidos. Bajo de su carroza plateada y mientras me acerco a la puerta de entrada no puedo evitar ahogarme en la geografía de un desconocido paisaje.  
Decido entonces no luchar ante el embrujo de ese flechazo impensado y al día siguiente caminamos de la mano por las playas de South Beach como si lo hubiésemos hecho desde siempre;  y si acaso antes me sentía entre nubes, ahora levito sobre los vértices de esa ciudad esplendorosa. 
Mi fantasía esta completa. 
El chico de ojos azules es el broche de oro, mi príncipe fugado de alguna aventura de los estudios Disney.
... Sin embargo, yo aún no me he percatado de la fragilidad del mundo, siempre a merced de la ferocidad implacable del tiempo.



Fotografía: Johanna Knauer


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