miércoles, 31 de julio de 2013

Cartas para Noa ( 14 )


Regresamos después del mediodía. Una cálida llovizna de verano tiene a Coral Gables bajo el embrujo de una pausa celestial.
Las gotas percuten sobre el casco del navío. Lo hacen con tanta gracia que su danza es digna de ser atestiguada y eso hacemos, sin decirnos nada.
Desde el sur, unas espesas nubes grisáceas vienen viajando altivas; pronto, el apacible chaparrón será una tormenta de luces estridentes en el cielo, entonces pienso que necesito refugiarme en la belleza de Noa y su calmada poesía.
Mientras una brisa refrescante se cuela por el ventanal acariciando el cortinado, nos besamos apasionadamente y yo me sujeto a sus brazos en un intento inconsciente, tal vez, de prolongar el momento en el espacio y en el tiempo.
Noa hace lo mismo, se aferra a mi cintura intuyendo como yo, que muy pronto el devenir de los hechos nos conducirá irremediablemente hacia otras costas, hacia esos paisajes del amor en donde urgen las palabras. Por ahora nos basta el silencio de miradas que en sintonía se encuentran; de besos que impetuosos colapsan en nuestros labios; de caricias que con la más descarada autonomía se deslizan sobre la piel que las reclama.
—Me siento tan cómoda contigo…―le murmuro al oído, mientras beso su cuello.
—Y yo contigo…―responde y se ruboriza un poco.
Suspiro muy hondo.
—Creo que tú y yo estamos en serios problemas―le manifiesto y sonrío con timidez.
—Definitivamente, lo estamos.
Súbitamente, la imagen de Nick se instala en mi mente.
Me alejo despacio y camino hasta el sofá colonizada por un extraño sentimiento.
― ¿Qué sucede?—Me interroga y se sienta a mi lado.
No respondo, solo bajo la mirada.
― ¿Nick?—me pregunta y ahora son sus ojos los que buscan el vacío del piso.
Asiento con el rostro. No puedo, ni quiero ocultarle lo que siento.
Sus pupilas buscan hacer contacto con las mías y lo logran.
― ¿Todavía lo amas, Sofía?—su pregunta es directa y sin rodeos, como siempre.
Aprieto su mano. El corazón me responde con una puntada y debo incorporarme.
Llego hasta la barra y destapo una gaseosa. Tengo la boca seca de repente, como si me obligara a enmudecer sabiendo que no voy a tener éxito.
―Si—respondo a secas y sin lugar a dudas―Nick ha sido mi compañero durante mucho tiempo…
Noa se queda en silencio durante varios minutos. Sé que mi respuesta no ha sido la esperada.
—No entiendo que haces conmigo si en realidad todavía lo amas…
Abro los labios. Quiero decirle: porque si me lo pidieras dejaría todo para cruzar esa puerta contigo y no tendría que pensarlo ni un segundo.
Me callo. Hacerlo podría significar que mi mundo se quebrara en millones de pedazos corriendo el riesgo de quedarnos atrapados entre sus escombros. No quiero lastimar a nadie—pienso y sola llega la respuesta: eso es inevitable.
—Lo siento. No debí preguntar―me dice, con notable pesadumbre.
― Esto es importante, Noa. Nick y yo llevamos juntos más de diez años. Necesito encontrar la manera de  aclararle las cosas…
—Entiendo―responde,  con firmeza—lo que menos quiero hacer es presionarte. Tal vez me estoy dejando llevar por esto que siento, que no había sentido jamás por nadie. Yo tampoco sé cómo actuar…
El timbre suena y su chirrido me sobresalta. Me quedo inmóvil durante algunos segundos. Vuelve a sonar, ésta vez, con más ímpetu.
―Debe ser Louis. Seguramente nos vio llegar—digo y encaro rumbo a la puerta.
Giro el picaporte. Del otro lado, el rostro sonriente de Florencia me deja sin aliento.
― ¡¿No me invitas a pasar!?¡Me estoy empapando!—vocifera, al advertir mi estupor.
― ¡Claro!... ¡disculpa, estoy más que sorprendida!—le digo por fin, mientras trato de relajar un nudo en mi garganta— ¿¡qué haces en Miami!?
Giro el rostro y miro hacia el living comedor. Noa se pone de pie.
—  No recibí ninguna llamada tuya―agrego, mientras diseño en mi mente un puñado de respuestas para  contrarrestar las miles de preguntas que seguramente disparará Florencia no bien cruce el umbral.
―Estuve llamándote desde el aeropuerto. Como no respondías llame al hospital y me dijeron que estabas de licencia…
—Debe haberse agotado la batería…salí a navegar y olvidé cargarla.
Aunque estoy haciendo el mayor de los esfuerzos para disimular mi incomodidad,  no logro que desaparezca. Florencia sigue parada sosteniendo su maleta, detrás de un refulgente abanico de dientes blancos y mirándome sin comprender mi estado.
―En realidad quería sorprenderte…—sostiene y lo hace en un evidente intento de hacerme  reaccionar.
― ¡Y sí que lo hiciste!  Estoy…en shock, jamás pensé que te vería parada en el umbral de mi casa—digo finalmente y suelto una carcajada-más por querer descargar mi estado de nervios que por otra cosa-
Ingresa en dos trancos y me abraza fuerte. Yo respondo después de algunos segundos.
― ¿Estás con Nick?
—No. Él está en Nueva York―respondo inmediatamente, casi en voz baja—Buscaré algo para que te seques—añado, intentando ser buena anfitriona.
Llegamos hasta living. Ahora, millones de pensamientos se abarrotan en mi mente y por primera vez en mi vida me embriaga una insólita sensación de incontrolable  inquietud.
Intento hablar pero me quedo sin palabras. Al advertir mi estado, Noa sale al cruce y se presenta.
—Hola, soy Noa
―Florencia—responde y me contempla de reojo aguardando mi intervención.
―Noa… Flor es mi hermana. ¿Recuerdas que te hable de ella?
—Sí, lo recuerdo. Un gusto conocerte.
Florencia no responde y la veo hacer un esfuerzo por decodificar mi mutismo.
―Noa y yo nos conocemos del hospital…—agrego por fin,  recuperando el ritmo de mi respiración.
 ―Encantada—le dice y estira su mano para estrechar la de Noa― ¿trabajan en el mismo sector?
—Algo así― contesta Noa y se vuelve hacia su  mochila—… Estaba justo saliendo. Las dejo para que conversen tranquilas…
― ¡Pero no tienes que irte por mí!—Exclama, Florencia
―Te agradezco,  pero realmente debo irme.
― Podemos cenar algo y después  te alcanzo hasta el Down Town…—intervengo, casi con urgencia.
Mis ojos se funden con los suyos.
—Lo dejamos para otro día―responde y asiente con el rostro sin desviar su mirada, como intentando decirme: deja las cosas así. No lo arruines.
— Okey, lo dejamos para otro día. Te acompaño hasta la puerta—concluyo,  decodificando el mensaje.
―Realmente ha sido un gusto—agrega, ahora mirando a Florencia―espero que volvamos a vernos antes que regreses a Argentina.
—Seguro que habrá otra oportunidad...
Caminamos hasta el hall. Mientras avanzo, no puedo deshacerme de un vacío que me golpea el pecho como mil batallones marchando a paso firme. Acerco mi mano y busco rozar la suya. Lo consigo. Inmediatamente su tacto tenue sacude cada fibra de mi cuerpo.
—Llueve cada vez más fuerte…
―Es hermoso caminar bajo la lluvia…—me dice y sonríe de costado.
―Podría llevarte hasta algún sitio…
—Te envío un mensaje apenas me instale ¿te parece?
―Tenemos una charla pendiente—aseguro, con certeza...
―Así es...tú y yo tenemos una charla pendiente…—responde y se aleja algunos pasos.
Me  invade el silencio. Aprieto los párpados y le digo mil cosas con el pensamiento.
Se detiene y gira sobre sus talones.
—Lo sé…―murmura y yo sonrío con los ojos húmedos de emoción.
Me quedo parada con la puerta abierta, mientras su silueta se pierde en el camino y el corazón me late a toda velocidad. Quiero llorar. Quiero salir corriendo detrás de sus huellas, fundirme en un abrazo y que  las palabras exploten de mis labios definiendo lo que en realidad siento pero respiro muy hondo, recuperando del todo mi postura, como siempre.
Cierro la puerta a mis espaldas. Al hacerlo, el sonido repercute por toda la casa.
Florencia me observa mientras avanzo hasta la barra y sorbo algunos tragos de gaseosa.
— ¿Qué fue eso?—pregunta por fin, sin poderse contener
— ¿A qué te refieres?—respondo, tratando de restarle importancia a mis palabras.
Florencia baja la mirada y sonríe de costado.
—Simplemente te lo pregunto porque la situación fue algo extraña y no entiendo porqué, de todas formas sé que no vas a contarme absolutamente nada…
Enciendo un cigarrillo. Quiero cambiar el rumbo de conversación y lo hago.
— ¡Realmente me dejaste sin palabras!—exclamo.
—Me imagino que sí.
Aspiro el cigarrillo con fuerza. Sé que no hay necesidad de estirar más la pregunta de rigor.
— ¿Prefieres instalarte y después contarme lo qué sucede o…?
—Vine a hablarte de mamá—me interrumpe decidida—está enferma.
La miro confundida.
— ¿Enferma?
—Marcelo insistió en no decirte nada hasta que tuviéramos el diagnostico de varios médicos…incluso no estaba de acuerdo con este viaje pero yo considero que hay cosas que no se hablan por teléfono, así que Ismael y yo pensamos que sería lo mejor. Eres parte de la familia ¿no?
Me propongo ignorar la última frase.
—Tiene Alzheimer—continúa—vamos a internarla la semana que viene, hemos decidido que será lo mejor para ella…
Parpadeo varias veces tratando de asimilar además, las gélidas aristas de tanta información.
—No entiendo porque no me avisaron antes...
—Eres bastante difícil de localizar, Sofía—me responde, con cierta ironía en el tono de su voz.
Me pongo de pie y camino hasta el ventanal. Llueve copiosamente. Una ráfaga indisciplinada de viento me despeina y me golpea la cara trayendo frente a mis pupilas un incontable cúmulo de vivencias que deambulan en los valles de la memoria.
Mi niñez, con su inmaculada frescura, me arrebata sin permiso, entonces siento en el pecho un agujero negro revestido de angustiosos planteamientos que transmutan al reproche en cuestión de segundos.
— ¿Está muy avanzado?—le pregunto, abatida.
—Lo suficiente como para que deba estar en un lugar que la contenga.
Suspiro muy hondo. Quiero resistir la embestida de algunas lágrimas que buscan existir pero fallo y ahora se deslizan impunes por el paisaje de mis mejillas.
A mis espaldas, sé que Florencia tampoco ha podido contenerlas y la escucho sollozar muy despacio, pero el silencio devastador de esa brecha invisible  que existe entre las dos y  nos separa desde siempre se vuelve un monstruo. Un denso e insondable abismo que ninguna quiere atravesar. No por ahora.
Suspiro profundamente buscando  reconfortarme y seco la humedad de mis lágrimas.
Giro sobre mis talones.
—Creo que sería importante que estuvieras allí—continua—para eso he venido, a pedirte que viajes con Nick…
Asiento con el rostro.
— ¿Cuantos días planeas quedarte? Nick está en Nueva York y debo hablar con él para que adelante su regreso…
—No más de dos días, lo lamento. Dejé a los mellizos con Ismael y no creo que pueda arreglárselas mucho más tiempo con el trabajo. Me gustaría esperarlos pero…
—No te preocupes. Allí estaré.
La noche me sorprende ahogada en mi ajetreado mundo de emociones que son contradictorias, punzantes, vehementes e indomables, como el huracán que se gesta en una dimensión paralela a mi tristeza y el cual, muy pronto, desatará su furia sobre mi castillo medieval de losetas escarlata.
Marco el número de Nick. Del otro lado, otra vez la línea está vacía.  
Un mensaje de Noa interrumpe un nuevo intento de comunicarme. Está en un albergue al Noroeste del Down Town,  cerca del Woodson Park. Intento responderle pero exploto en llanto. El móvil vibra nuevamente. Estoy contigo—dice el mensaje—siempre estoy contigo…
Me incorporo de un salto impulsada por la necesidad de sentirme a salvo en las manos de Noa y sus besos de otro mundo.
Mientras mi auto avanza hacia las estridentes luces del Down Town, la imperceptible tela del destino abre sus fauces y me aguarda expectante en la antesala de su impecable y elaborado “finale”…


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