lunes, 8 de julio de 2013

Cartas para Noa (7)



Una semana después, Ricardo y yo, regresamos a Miami.
Llegamos a media mañana. Greta nos espera en el aeropuerto. No se priva, como siempre, de apretarme entre sus brazos.
Se la ve resplandeciente.
Iniciamos el recorrido hasta las islas.
Bajo de la camioneta y camino pausadamente. Aunque llevo una pesada valija no siento el peso. Esta casa sí me reconoce de inmediato y me da la bienvenida. Greta ya presentó mi aplicación en la Universidad y ahora resta esperar.
Una espera que seguramente será una tortura, pienso, mientras marco el número de Nick. Tengo ganas de verlo.
Mientras suena el teléfono descubro cuanto lo he extrañado.
 Su voz me tranquiliza y le pido que venga por mí. Acepta. Me dice que me ha echado de menos y yo me ruborizo al escucharlo. Esa noche hago el amor con él y en nada se compara con la desprolijidad de mi primera vez a los 17 años. Con Nick siento que todo encaja, y al sentir en mis rincones el inmenso caudal de ternura que despliega en mi piel con cada caricia, me estremezco en un gemido pausado que me transporta. Sus labios me exploran, me recorren, me colonizan con una dulce urgencia que enloquece los contornos de mi anatomía, totalmente entregada al candor de su mesurada y tierna pasión.
 La noche es impecable. Estamos en la playa y millones de estrellas atestiguan silenciosas mi dichosa huída, mi inevitable renacimiento.
Cuando el ritmo de su respiración se acopla con el mío sonrío extasiada. El amor es un reparo, es Nick y su universo de serenas olas que me acurrucan desde el alma…
Tres días después de nuestro regreso estamos instalados en Coral Gables.
La casa es considerablemente más grande y es hermosa por donde se la mire. Tiene cuatro habitaciones gigantes. Dos baños. Pileta. Un pequeño club House. Garaje para dos autos. Su jardín perfecto y sus ficus adornándola con elegancia.
Parece una foto dibujada con gloriosa caligrafía. Una milimétrica maqueta que aún sostengo como una sagrada vestal. Como el último sacro refugio de mi adolescente niñez. Como esa “casa de Asterión” en la que por tantos años deambuló mi alma, perdida en sus patios infinitos.
Y es curioso que recuerde tantos detalles; es curioso porque los creí enterrados o más bien a “salvo” junto a mis sombras y a la tinta de sus cartas.
Mientras repaso el momento…esos contados minutos que me llevaron aplastar el candor de mi adorada ingenuidad, esa del jardín, de los hombres alados y los príncipes encantados de Disney, se cuela en mi mente la frase final de ese cuento que leí tantas veces: -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Desde mi habitación que da al patio escucho la voz de Ricardo.
Miro el reloj. Son casi las dos de la tarde.
Me sorprendo al darme cuenta que aún no logro deshacerme del agotamiento mental tras la presentación de los exámenes de ingreso-los que pude rendir gracias a algunos contactos de Jefferson y a mi ciudadanía inglesa que nunca pensé valorar tanto-
A pesar del implacable dolor de cabeza que me estremece al intentar levantar los párpados, sé que debo levantarme.
Abro los labios muy despacio. Están como pegados uno al otro, empastados por el vestigio fatal de una resaca que todavía le pasa factura a mi estómago que se retuerce como un animal lastimado.
La puerta de mi habitación suena. Distingo la voz de Greta pero no puedo responderle. Mi voz está quebrada en millones de estalactitas.
Espera unos segundos y golpea de nuevo, ésta vez, con más ímpetu.
Sabiendo que si no respondo en el lapso de los próximos dos segundos entrará en la habitación, habilito algunas letras para formar una frase- sólo consigo decir “voy”-del otro lado, Greta me anuncia que el almuerzo estará listo en 20 minutos.
Jamás había tomado tanto e imagino que este estado es lo más cercano a la agonía.
Mientras me incorporo en un esfuerzo casi sobrehumano, trato de examinar mi mente pero está en blanco. No tengo idea cómo llegué hasta mi cama.
Camino hasta el baño y abro la ducha. El agua explota y se estrella sobre la piel de mi cara.
Empiezo a sentir una especie de alivio reparador mientras relajo el cuello cuando  de repente, una imagen me golpea imperiosa. Es como un estruendo fatal que involuntariamente me obliga a taparme la boca con ambas manos.
Una lágrima se descuelga de mis ojos haciendo uso de la más descarada autonomía, entonces me trago algunos sollozos que intentan traicionarme.
Mientras me sentencio en silencio tratando de aclarar la nebulosa, escarbo al borde de la desesperación en busca de recuerdos nítidos.
Pero soberana, la imagen va y viene, destrozando lo que queda de mí, aún en pie, después de su embestida.
La puerta suena otra vez y me sobresalto ante la intervención sonora.
Escucho que Greta ingresa a la habitación. Seguramente lleva algunos minutos golpeando sin que yo la haya escuchado.
Su voz se cuela por la hendija de la mampara que nos separa y casi susurrando    - para no importunarme- me dice que están esperándome en la mesa.
Dejo que el agua golpeé mi espalda y en dos segundos elaboro una sonrisa y una respuesta adecuada-le pido disculpas y le comunico que en cinco minutos estaré lista para el almuerzo.
Como siempre, el sol pinta de dorado el cielo de Coral Gables.
Ricardo me ve aparecer,  se abalanza sobre mí y me aprieta fuerte en un abrazo―Bienvenida, mi universitaria favorita–me dice y besa mi mejilla–Greta lo escucha y sonríe - después de casi seis meses de espera soy, desde hace algunas horas, estudiante de la universidad de medicina más prestigiosa del país-
Me acurruco entre sus brazos protectores y me abandono al reparo de su refugio paternal―Gracias tíos―les digo, mientras en mi cabeza, súbitamente,  todo se ordena.
Regreso a ayer por la tarde cuando desde la universidad confirmaban mi admisión. Recuerdo mi alegría profunda en el pecho; a papá y sus lágrimas detrás del tubo; a mamá y su conmovedor “te felicito hija”.
Recuerdo a Nick en su convertible acerado, el viento en la cara, el azul del mar, el esplendoroso atardecer de Miami destellando en nuestras carcajadas estruendosas; recuerdo sus besos dulces, su pelo desordenado, sus manos cálidas sobre mis hombros.
Recuerdo la mansión Moore llena de gente, las risotadas, el bullicio, la música a todo volumen y el alcohol.
Estoy mareada, no quiero decirle a Nick. Tengo vergüenza- todavía me siento una niña tonta en su mundo de universitarios-
Me levanto de la mesa, necesito mojarme la cara, vomitar, tomar aire fresco.
Subo las escaleras fingiendo compostura. No hay nadie pero lo mismo se me da por caminar esbelta. En el mapa de mi memoria ubico uno de los baños cerca del descanso. La llave está puesta. Me encierro.
Abro la canilla, lleno las manos con agua y refresco mi rostro. Después respiro profundamente varias veces y me siento al borde de la bañadera intentando recuperarme.
 Alguien está tocando la puerta. Tal vez sea Nick, no quiero que me vea así-pienso-
Otra vez suena, ésta vez un poco más fuerte― ¿Sofi, estas bien?
No es Nick. Es una mujer. Es la esposa de Jefferson.
—Es María–balbuceo, mientras me incorporo despacio, casi en cámara lenta.
 Abro la puerta. Ella entra y cierra otra vez con llave.
―Sofi ¿me escuchas?
Asiento con el rostro. La morena suelta una carcajada apretada entre dientes y me acomoda el pelo.
―Welcome to Miami–me dice y abre la ducha―Solo hay una manera de quitarte semejante borrachera, linda–agrega—
No puedo abrir bien los ojos pero entiendo lo que me dice. Sus manos empiezan a despojarme de la ropa. Sus dedos desprenden mi camisa y mis jeans.
Enfoco su silueta. Está parada frente a mí envuelta en su bata de seda. El pelo negro, brilloso como la noche le cae por los hombros.
Descubro que estoy cómodamente desnuda ante la exuberancia de su figura esbelta. La gata sabe que me ha embrujado y se mueve como una pantera reina de la selva.
Me toma de la mano con suavidad y me ayuda a ponerme debajo del agua tibia, después se aleja unos pasos. Sé que me está mirando. Lo sé porque lo siento. Sin poder evitarlo y sin saber el porqué, mi respiración comienza a acelerarse suavemente.
No soy capaz de reconocerme en medio de semejante remolino emocional y mucho menos en ese estado, pero sé que no me siento amenazada, todo lo contrario.
Aprieto los párpados. Nick no me ha hecho sentir así al repasarme con sus ojos. Nadie lo ha hecho.
Ella se aleja un poco más y se sienta sobre un mueble laqueado en negro. Desde allí la visual es perfecta.
No aparta los ojos ni un segundo y algo de mí, que no puedo domar, me obliga a continuar brindándole el espectáculo del agua navegando por mi cuerpo. Algo desconocido que me impulsa y me hace experimentar una sensualidad que no he vivido jamás. Después se acerca. Estira su mano y me ofrece ayuda para salir de la bañadera. Yo la tomo. Me siento segura, me siento confiada.
Estamos muy cerca. Mi mente todavía está difusa pero logro enfocar sus labios. Ahora está tan próxima a mi boca que percibo su respiración tibia. Tengo el impulso de besarla y lo hago. Ella responde a mi beso tímido, aprieta mis labios con delicadeza y los muerde con ternura en un derroche desconocido de pasión que me estremece; y siento sus manos recorrerme los muslos y sus pechos firmes contra los míos y estoy a punto de ahogarme en un jadeo profundo pero ella vuelve a quitarme la respiración; ésta vez,  logra que explote en un bombardeo de sensaciones indomables que se amontonan en mi cabeza, entonces quiero que no deje de besarme y se lo digo, entre dientes, en una especie de rezo que es casi una súplica.
Me mira fijamente, su mirada feroz me traspasa hasta el alma, me penetra hasta los huesos. Me susurra al oído. No entiendo lo que dice. Sólo puedo pensar en su roce, en sus manos, en su piel de ébano que amenaza florecer detrás de la tela. Y quiero tocarla. Desato su bata y me prendo a su cintura. Quiero recorrer la firmeza de su abdomen con la yema de mis dedos y lo hago, ella no me detiene. Estoy poseída. Perdida en una dimensión alternativa en dónde soy atrevida y no temo pedirle que me haga el amor. La gata sabe lo que hace y lo demuestra. Con un rápido movimiento me tiene sentada sobre el mueble laqueado y me saborea impetuosamente. Yo deliro. Me siento abombada. En éxtasis. El cuerpo me tiembla, la piel me late y explota emociones que nunca imaginé sentir; entonces estallo en un grito al que inconscientemente aprieto entre los labios. Y quedo exhausta, experimentado a tientas una extraña plenitud.
María se incorpora lentamente, me levanta por los hombros y me besa muy despacio―Nunca debemos hablar de esto hermosa, jamás, con nadie. ¿Está claro, verdad?–me dice clavando sus brillosos ojos verdes en mis pupilas.
Yo no puedo hilvanar una sola palabra.
—Mañana esto será un sueño—agrega—sólo un sueño.

Y así sin más, se derrumbó el mundo…

Una gran parte de mi ser agoniza implorándome que intervenga, intentando convencerme que no pudo haber sido real.
Y es tan profundo el estado de “shock” en el que me encuentro que solo puedo ocuparme de mantener el ritmo de mi respiración y las lágrimas en resguardo.
De nada más.
Asumo que mis tíos atribuyen mi mutismo al cansancio. Ninguno de los dos me pide explicaciones y entonces se dedican a planear sus prontas vacaciones en el Caribe.
El teléfono suena y con indómita fiereza me taladra los tímpanos. Sé que es Nick.
—Yo atiendo—dice Greta y se aleja rápidamente hacia la mesa donde repica el aparato
Sin poder controlarlo mis manos empiezan a temblar.
Sacudo el rostro.
Greta me anuncia que efectivamente es Nick.
Titubeo durante algunos segundos y me quedo inerte, pegada a la silla.
Ricardo me mira, primero de reojo y después fijamente.
― ¿Está todo bien Sofía?—me pregunta, usando el tono de un guardián preparado.
―Sí, tío— le respondo de inmediato al advertir su sobresalto–estoy más cansada de lo que creía, nada más.
Me levanto y camino lentamente. El espacio y la distancia que me separan del pequeño mueble, se vuelve insoportable. No sé con qué panorama me encontraré del otro lado de la línea
Aprieto el tubo. Las manos me transpiran. Lo acerco con pesadez hasta mi oído.
— ¿Nick?—hablo por fin. 
―Hola cariño, ¿Estás mejor?―el tono relajado de su voz me hace temblar las piernas. Quisiera poder llorar aliviada.
―Sí, lo estoy—murmuro en voz baja.
― ¡Menuda borrachera tenías!—agrega y suelta una estruendosa carcajada– ¿Tus tíos nos escucharon entrar? Trate de no hacer ruido….
La imagen se completa.
Estoy en el baño, María acomoda su bata de seda. Toma una toalla y me seca el cuerpo mojado. Vuelve a ponerme la ropa. Después vamos hasta la habitación de Nick y me recuesta. Al salir, tengo la impresión de escucharla hablando con él.
―Estaba muy pasada de copas, la metí debajo de la ducha. Déjala que duerma un rato y después llévala a su casa. Querrá estar en su cama cuando despierte.
Nick le dice gracias.
Se asoma e inclina la puerta. A continuación mis ojos se cierran para luego abrirse entre las paredes de mi habitación.
―Paso a buscarte a la noche ¿te parece? Mi padre se va con María a pasar unos días en el yate. Tendremos la casa para nosotros solos.
No respondo. Me siento descompuesta
―Cuando comencemos las clases a duras penas podremos vernos…
―Ok. Te espero. Respondo  de manera automática.
Tal como habíamos acordado Nick pasa a buscarme. En varias oportunidades, durante el curso de la tarde, estuve a punto de pedirle que no lo hiciera. Ahora, sentada a su lado, mientras monologa contándome del equipo de fútbol me arrepiento de no haberlo hecho. El silencio de mi habitación bajo llave no logró reponerme. Mi mente continúa explotando interrogantes sin respuesta.
Después de un rato Nick me pregunta si estoy bien. Le respondo que sí, que me duele un poco la cabeza. Él me reconforta diciéndome que debe tratase del estrés de la espera y hace alusión a la borrachera de anoche―Seguro—Le respondo y bajo la mirada.
Me abstraigo nuevamente intentando reunir fuerzas para indagarlo.
Respiro profundo.
―No recuerdo mucho después del trago que me diste…tengo la sensación de haber subido hasta el baño.
―Si–responde como al pasar—en un momento te me perdiste, pero te encontré recostada en mi cama.
―No tengo la menor idea de cómo llegue hasta ahí— agrego, apretando  los párpados.
―María te llevó. La encontré saliendo de mi cuarto, me dijo que te había metido a la ducha.
Trago saliva y acomodo la garganta.
— ¿Acaso notaste algo extraño? — le pregunto sin rodeos.
— ¿Extraño? ¿A qué te refieres?— me interroga frunciendo el ceño— ¿Acaso María dijo algo que te molestara? Si es así quiero que me lo digas; sabes muy bien lo que pienso de ella y si te ha hecho sentir mal mi padre me va a escuchar…
—María no me hizo nada Nick—interrumpo su vómito de reclamos—Nada de nada.


Fotografía: Ruslan Lobanov


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