jueves, 25 de julio de 2013

Cartas para Noa ( 13 )


El puente de Granada Boulevard con su fachada añeja de espeso verdor, se manifiesta ante mis ojos.
A lo lejos, la figura de Noa resplandece, mientras su mirada expectante me distingue del ajetreo.
Desde la plataforma que se levanta pacífica sobre las piedras de coral que bordean el pintoresco canal de Mahi Waterway, se ven las tejas de mi atalaya centellando un intenso tinte bermellón y la blanca envergadura del navío, silente y desierto.
Apago el motor. Mi celular vibra dentro mi bolso. Miro la pantalla. Es Noa.
¿Ready to ride? Sonrío.
Con mis dedos impunes ante el intento de frenar mi ansiedad, le escribo que me urge hacer unas llamadas para justificar mi ausencia del hospital.
Desciendo del auto y apresuro mis pasos.
El sol del mediodía ahora despunta  sobre el reflejo del agua que  estalla y se dibuja en el esqueleto del pequeño muelle detrás de la casa.
No me resulta complicado, tal como esperaba, argumentar mi retirada.
Entro en mi habitación y me despojo de la bata azulina reemplazándola por unas bermudas y una cómoda remera sin mangas.
El teléfono fijo repica. Me detengo en el acto. Sé perfectamente quien emite la llamada.
Durante algunos segundos me quedo anclada al cerámico blanquecino del suelo.
En mi mente, una guerra se da lugar en esa mínima porción de tiempo y es tan cruenta que tengo un nudo en el estómago.
Nick…—susurro y destrabo mis pies con dirección hacia el aparato.
Levanto el tubo. La llamada se corta. Inmediatamente suena mi móvil. Atiendo. Del otro lado, Nick me apabulla con un intenso monologo relatándome el resultado de la firma del contrato, las características de la propiedad que la empresa ha adquirido en Nueva York y reserva para el final la cancelación de nuestra “escapada de unos días” argumentando la urgencia de poner en funcionamiento las nuevas oficinas de Moore Real Estate Agency.
Me quedo en silencio. Durante todo el tiempo que llevamos juntos jamás he logrado que cambie el rumbo de sus planes para estar conmigo; sin embargo, vuelvo a intentarlo,  respondiendo tal vez a un deseo inconsciente de mitigar la culpa que muy dentro de mí palpita, amenazando estallar en cualquier momento.
—Deja que Jeff lo haga, Nick. Que él se ocupe.
—Mi padre ya no tiene ganas de andar lidiando con éstos buitres, cariño. Además este es mi negocio. ¿Sabes hace cuanto que papá sueña con oficinas en Nueva York? Le encantará saber que manejo las cosas como él solía hacerlo o incluso mejor. Es importante que me quede, Sofi. Te prometo que estaré en casa lo antes posible…
Respiro muy hondo y aunque intento empatizar con su alegría, no lo logro.
—Me tomé algunos días en el hospital. Creo que iré a navegar—le informo sin rodeos y prácticamente de manera involuntaria.
— Suena muy bien. Me encanta—Responde, con un tono que percibo casi al borde del desinterés. Aprieto los labios. En mi mente imagino una escena fugaz en la cual lo veo dándose cuenta de lo que realmente está sucediendo.
Me interrumpo. Soy yo la que me diluyo lentamente dejándome sin posibilidades de volver atrás. ¿Acaso hay alguna cosa que pueda reprocharle?
Abro los labios. Quiero decirle mil cosas. Quiero exigirle que no me abandone en las fauces de lo imprevisible así como así; que intervenga por “motus propio” y salga al cruce de mi “cliché hollywoodense”.
Quiero gritarle. Sacudirlo. Rescatarlo de esa brea sin nombre que por años nos ha succionado hasta el alma en nuestro afán de estar a la altura de las circunstancias.
Quiero hacer mil cosas pero ahogo mis palabras. Yo sé que Nick no tiene intenciones de abandonar esta envergadura. Yo sé que Nick no caería en las garras de ningún planteamiento existencial. Yo sé que es éste el final feliz de su propia historia.
—Cuando regrese iremos a Hawái,  visitaremos a Greta y  a Ricardo, te lo prometo cariño…
—Claro. Hace mucho que no vamos—respondo—Sería lindo.
La línea retumba una abismal ausencia de lenguaje a través de algunos minutos que se vuelven eternos.
—Lo prometo, linda—concluye.
Finalizo la llamada. ¿Será que sostengo entre mis manos el hilo para abandonar el laberinto del cual Teseo, ésta vez, no quiere salir?
Estrujo mis párpados con fuerza.
De repente, Noa susurra mi nombre. Giro sobre mis talones. Soy Eurídice levitando en el dulce arpegio de esa voz que viene a liberarme del veneno de la soledad impensada.
Arrebato mi bolso del sofá y acometo impetuosa con dirección al muelle.
El casco del “Sportfish Hatteras”,  impecable y reluciente sobre la calma del canal, aguarda silente—siempre en condiciones de uso debido a los cuidados de Louis, uno de los tantos encargados de sostener la minuciosa prolijidad de city beatifull—
Como una ágil amazonas,  trepo  a la embarcación de un salto. Ingreso la llave y la hago girar. El motor brama. Respiro profundo y traigo a mi memoria todas las instrucciones que en algún momento me diera Ricardo.
Me sujeto a la manija horizontal del acelerador y pongo la nave en reversa. Maniobro el volante con sutileza y  en unos cuantos movimientos, estoy navegando.
El corazón me late desbocado. Dejo escapar una liberadora carcajada de triunfo y avanzo despacio.
Noa me aguarda en las escalinatas que bordean el canal.  Freno.  Con un brinco preciso está a mi lado luciendo una enardecida sonrisa.
—Let´s ride―le digo y acelero con rumbo hacia la bahía de Biscayne.
El intenso sol se mezcla con la brisa templada saturando mis hombros de un fulgor incomparable. Me siento rebosante de una felicidad que sólo conocía en los paisajes de mi lejana adolescencia.
Le comento a Noa que nos detendremos algunas horas en la bahía a buscar provisiones y que si está de acuerdo podemos instalarnos, aunque sea una noche, en Boca Chita, una de las bellas islas coralinas del Parque Biscayne.  
Asiente.  
—…Hay un faro desde el cual tienes las vistas más hermosas del  litoral. Es más bien un lugar de picnic pero  amo la tranquilidad de ese pequeño Cayo. Sé que te va a encantar.
― ¡No lo dudo!
―Espero que cuando viaje a Londres tengas un tour diagramado para dejarme sin palabras—agrego y suelto una risa despreocupada.
―Londres tiene una magia inusual. O lo amas o lo detestas. O vuelves siempre o jamás quieres aterrizar de nuevo…pero sin lugar a dudas es uno de esos sitios que no se pueden olvidar.
Yo nací en Somerset, al sur de Bristol, más específicamente en Glastonbury, las tierras del rey Arturo y del Santo Grial… así que te imaginaras que el sitio es puro encanto.
―Me imagino que debe ser muy interesante.
—Lo es. Muy místico y acogedor. A veces extraño el verde fosforescente de sus colinas, la chispa en los ojos de la gente, los festivales en Worthy Farm, el valle de Avalon…
― ¿Desde hace cuanto que no vuelves?—le pregunto, intrigada.
―Casi dos años. Desde que se falleció mi abuela—el único familiar importante que me quedó después de la muerte de mis padres―decidí entonces ir a ver que tenía el mundo para ofrecerme…
— ¿Y? ¿Qué es lo que tenía para ofrecerte?
―Más de los que esperaba…sin lugar a dudas.
Llegamos a la bahía. Inmediatamente el espejo azulado de sus aguas tibias nos encandila por completo. La recorremos un par de horas  mientras nos agenciamos de lo necesario para continuar el recorrido. Está cayendo la tarde cuando zarpamos hacia Boca Chita.
El paisaje es tan abrumador que respiro muy hondo, como si quisiera meterme el mundo en los pulmones. A lo lejos, la luz del faro comienza a destellar tenuemente.
Maniobro con cuidado y me detengo cerca de un grupo de tupidos manglares. 
―Esto es hermoso…—dice Noa, inspirando el delicado aire nocturno.
―Realmente hermoso…—agrego y hago lo mismo― ¿frutas, queso y vino blanco?—le pregunto, con una sonrisa instalada en los labios.
―Suena delicioso.
Nos acomodamos y cenamos en calma. De vez en cuando algunos espacios de silencios confortables se manifiestan entre nuestras palabras y yo los aprovecho, dándole rienda suelta a una intensa satisfacción.
Sumergida en una atmosfera exquisita de miradas y gestos cómplices,  me atrevo a preguntarle porque ha decidido pasar el tiempo conmigo y mis melancolías de mujer rayando el despecho- así me defino, porque es en realidad como me siento-
— Tú no eres una mujer despechada―afirma, con certeza.
— ¡Realmente creo que hasta admiro la forma tan simple que tienes de ver el mundo Noa!—respondo, asombrada—En el mío—agrego—ésta noche, la luna, el yate y tú…son un brote del más puro “esnobismo”…
Se queda mirándome con una marcada mueca de seriedad y después explota en una carcajada que retumba en el sosiego de la noche.
― ¡Tú eres la persona menos “snob” que he conocido en mi vida!—vocifera, prolongando su risotada.
Segundos más tarde, inevitablemente me sumo a su hilarante y contagiosa espontaneidad.
―Tal vez sea más parecida a ti de lo que creo…—Interrumpo, sin estar convencida de mis propias palabras.
—Yo creo que sí—Me confirma y baja la mirada― tan sólo deberías encontrar la manera de no querer aparentar todo el tiempo algo que no eres—dice, casi en voz baja.
Enmudezco y suspiro hondo.
Me pongo de pie y camino hasta el borde del navío. A lo lejos, el océano despunta pequeñas olas que desparraman un intenso aroma a algas frescas.
―Créeme que a ésta altura no sé quien carajo soy. Siempre creí tener una idea tan clara de mi persona, de mis objetivos, de aquello que anhelaba conseguir en la vida. Soñaba con salir de mi pueblo provinciano en dónde no veía más que aspiraciones de “ama de casa” y “cajeras de supermercados”. Y llegué a Miami y durante un tiempo fue tan perfecto e impecable que quizás mi error fue creer que la vida debe ser así de inmaculada a cada instante. Fui una tonta. El mundo no tiene lugar para tanta ingenuidad…
—La inocencia no es ingenuidad. Es pureza y eso no debe perderse jamás.
― ¿¡Cómo es que tienes toda esta sabiduría?!—Vocifero—me siento…apabullada.
—He tenido mis aprendizajes…algunos más forzosos que otros. Como todos.
Vuelvo a sentarme a su lado y lleno mi copa de vino.
―No sé qué debo hacer—le confieso.
Aprieta los labios y respira hondo.
—Deberías empezar por convencerte que en realidad  no estás a la deriva. Nadie lo está. Cuando estuve en India―continua—aprendí que todo está conectado, que cada experiencia es solo un escenario para crecer y fue la lección más importante de mi vida. Créeme.
Desde algún punto lejano del mundo yo tuve que venir a encontrarte para traerte algo nuevo  y sin lugar a dudas liberador, tanto para ti como para mí….
— ¿Cómo este momento  en el ocaso de Boca Chita? ¿O un beso… en un pequeño restaurante de Lincoln Road?— Pregunto y me sonrojo ante lo que acabo de decir.
―Así es…
Nuestras pupilas se encuentran de repente. Tímidamente acerco mis dedos a sus labios. Los deseo, como nunca he deseado nada más.
—Estoy perdiendo la cabeza―murmuro― No puedo hacerle esto a Nick.
Me acurruca entre sus brazos. Apoyo la cabeza en su hombro y me quedo allí durante varios minutos. Sollozando.
—Esto es una maldita locura que simplemente no puede ocurrirme. No a mí—Concluyo abatida.
―Las emociones son caballos salvajes…. ¿De qué pretendes hacerte culpable? —me dice, deteniendo sus pupilas sobre la humedad de las mías.
— ¡Por lo menos podría intentar huir!—clamo, notablemente apesadumbrada.
— ¿Realmente quieres huir,  Sofía? Huir es tan fácil y tan difícil al mismo tiempo, tan doloroso...pero, piénsalo, ¿puedes huir de ti misma? Y  no hablo de un sentimiento. Hablo de ti... de tu música interna. No dejes que el caos te aprisione, no huyas de tu belleza, del poema que habita también dentro de ti. No te cortes las alas, Ariadna de mis mil amores….
Me acerco lentamente a la suavidad de su boca.  Necesito el calor de su piel susurrándome que son sus ojos el verdadero camino para escapar del laberinto.  
El reflejo de la luna encuentra nuestra desnudez deleitándose con roces que fluyen sin permiso. Entonces, cuando sus manos se deslizan por las líneas de mi cuerpo en una especie de reconocimiento que me lleva inexorablemente a explotar en llanto, escucho su voz diciéndome “te amo” y  los jardines concéntricos de mi casona que son catorce y son infinitos, comienzan a desvanecer sus cerrojos y ahora, la mujer que se refleja en el candor de sus pupilas no es tan ajena a mí, de repente…esa mujer ya no es una extraña.


Fotografía: Anni Suvi



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