El
poderoso sol de mediodía irrumpe por la ventana entreabierta. Olvidé cerrarla otra
vez la noche anterior-el intenso calor que reina en la habitación se asemeja a
un vaho, espeso como una niebla-
Intento
desperezarme a duras penas.
Unas
diez llamadas perdidas de Florencia en mi celular me advierten que estuve más
profundamente dormida de lo que creía.
Con
los ojos aún pesados, como si sostuvieran inmensas bolsas de arena, llego hasta
el tocador. El agua helada me estremece no bien hace contacto con mi piel
encendida Me contemplo unos segundos en el espejo. Soy un desastre de pies a
cabeza. Primero escupo una carcajada que retumba por toda la casa. Después me
callo de repente y quiero llorar. Recuerdo los reproches de Florencia y aprieto
los labios. Estoy cansada de escapar- pienso, mientras cepillo mis dientes y
trato de acomodar la maraña de pelos enredados.
Abro
un cajón y ubico una bata de mamá. Aún tiene su aroma. El inconfundible dulzor
de la lavanda.
El
timbre suena de repente varias veces. Me tomo la cabeza y me aprieto el
entrecejo. Necesito una aspirina- digo en voz alta mientras bajo las escaleras
con precaución. Estoy algo mareada. ¿Cuántas copas de vino tome?- me reprocho
severa.
El
timbre vuelve a sonar, esta vez con más ímpetu. Me asomo por la mirilla. Es
Florencia.
Del
otro lado de la puerta la escucho pedirme que le abra. Me dice, con su voz
ronca, que sabe perfectamente que estoy ahí. Dudo unos segundos, finalmente
hago girar la llave, casi con pereza.
Me
mira en silencio durante algunos segundos sin moverse del umbral y después
arremete decidida cerrando la puerta a sus espaldas.
Sin
decirle una palabra camino hasta el living comedor. Frente al hogar dos
botellas vacías de vino, como flamantes cadáveres disecados, me acusan sin que
pueda emitir una sola vocal en mi defensa.
—Si
viniste a ahogarte en un río de humo y alcohol hasta matarte me gustaría que me
pusieras al tanto, para saber qué hacer cuando te encuentre tirada en algún
rincón de la casa…
La
miro y sonrío de costado. Con el paso de los años Flor no ha perdido su
habilidad para la cruda franqueza.
—Solo
bebí un poco de más…. —Le respondo, sabiendo que no va a conformarse con la
respuesta.
—
¿Un poco de más?
Aprieto
los párpados con fuerza. Lo que menos quiero hacer es escuchar sus sentencias
de hermana mayor y se lo hago saber con un gesto despectivo.
—Creí
que ya no venias a esta casa —la interrumpo, con ironía.
—Así
es, hace mucho que no vengo, lo hice porque no atendías el teléfono…me
preocupé, hace desde las 10 de la mañana que intento comunicarme, ahora
entiendo porque no atendiste.
—Lamento
haberte preocupado…es toda una novedad. Cuando termines con tus reproches
santurrones me avisas, necesito cambiarme y tomar un café.
Nos
quedamos paradas frente a frente durante algunos segundos.
Aunque
estoy con la cabeza abombada puedo darme cuenta que mi pedantería está siendo
totalmente innecesaria.
—Seguís
siendo la misma altanera, soberbia, egoísta y chiquilina de siempre—me dice y
gira sobre sus talones con dirección a la puerta.
—Discúlpame
por favor—Respondo, mientras me aviento en un sillón—estoy esforzándome por serlo
adelante tuyo…
Se
detiene.
—No
hace falta.
—
¿No?
—No
Sofía. Estoy cansada de no poder sentarme con vos, como dos mujeres adultas a
sostener una conversación. Ya no somos
dos nenas. Estoy harta que estemos siempre a la defensiva. Creo que ya pasó demasiado
tiempo.
—Te
recuerdo que fuiste vos la que no me recibió con mucho entusiasmo.
—
¿¡Y qué pretendías que hiciera!? Hace casi 4 años que no sabemos nada de vos.
No devolviste ni una llamada, ni un email…nada, simplemente dejaste que te
tragara la tierra. ¡Ni siquiera quisiste hablar con Marcelo! Y así sin más, de
repente, salís de tu palacio y te presentas
sin tener la delicadeza de explicar algo…
—
¿Tanto les sorprendió mi actitud? ¿Acaso esperaban que reaccionara de otra
manera?
La
contemplo unos minutos. No hace falta que conteste, en su rostro se trasluce la
respuesta.
—Claro
que no—agrego—fue demasiado…pero no pude hacer otra cosa.
Al
escucharme, me invade un silencio desolador que termina en unas cuantas
lágrimas traicioneras que no intento ahogar.
Florencia
me toma de la mano. Somos dos desconocidas pero la sangre nos impulsa; a ella a
intentar consolarme, a mí a dejarme consolar.
—Dejáme
ayudarte Sofi. Sos mi hermana. Quiero…necesito acercarme a vos.
—Voy
a estar bien—le digo, mientras me incorporo algo avergonzada—Pronto voy a estar
bien. Gracias por preocuparte y perdón por
lo que dije, estoy algo aturdida. Yo también necesito lo mismo. Creeme.
Dejemos que fluya. ¿Te parece?
Suspira
profundamente y acomoda mi pelo.
—Dejemos
que fluya—Afirma, en medio de una tímida sonrisa—Además de venir a verificar si
vivías—agrega—vine a decirte que Marcelo llega ésta tarde. Me preguntó si ya
estabas en Argentina y tomó un vuelo directo. Quiere verte.
Otra
vez me asalta el llanto. Extraño a Marcelo con todo mi corazón.
—
¿Cenamos esta noche? ¿En mi casa?
Asiento
con el rostro.
—Bien.
Ahora me voy. Los mellizos salen de la colonia de vacaciones. ¿A las ocho?
— A
las ocho.
La
veo marcharse por la ventana. Es cierto. Yo dejé que la tierra me tragara. Y lo
hizo, literalmente.
La
tasa de café humea sobre la mesa.
Mientras
me embrujan las formas sin forma del vapor, vuelvo a sentir su mirada llevándose los escombros de la
tormenta y se me desboca el alma.
En
dos segundos mi corazón se embriaga con la certeza que su “no estar” es como
hundirse en la inmensidad de un mar demasiado profundo.
Aprieto
los párpados. Hace mucho tiempo que negocie conmigo misma para no perderme en
semejante laberinto.
—Dios…hoy
no puedo con esto de extrañarte.
Mi
voz se queda retumbando en el aire que me rodea y me transporta en el tiempo.
—
¿Cuáles son las novedades doctor?
—Paciente
con dolor punzante en el pecho. Sospecha de infarto.
—
¿Usted es familiar?
—No.
solo caminaba por la calle cuando note que se agarraba el pecho.
Sujeto
mi estetoscopio con fuerza y lo acerco al pecho del hombre que con sus ojos
desorbitados, no desvía ni un segundo su mirada de mí.
Mi
pupila conecta unos segundos con la de ese extraño.
La
abertura de su iris está dilatada y febril. Su corazón se estrella desbocado y
retumba en mis tímpanos.
Resiste...-pienso y aprieto suavemente su mano tensa-
Resiste...-pienso y aprieto suavemente su mano tensa-
Tan
solo una milésima de segundo lo separa de la muerte pues su corazón está a
punto de colapsar sobre la camilla desprolija y aunque estoy más que entrenada
en urgencias de este tipo, todavía sigo cayendo de rodillas frente a la
vulnerabilidad de la existencia, tan frágil como una flor en medio del
desierto.
Con
tres movimientos rápidos despliego el procedimiento de rutina, mientras el
cardiólogo ya está midiendo los datos
para determinar la gravedad del asunto.
—Todo
va a estar bien—le digo, concentrada en sus facciones después de recibir las
mediciones del electrocardiograma—necesitamos realizarle un catéter de
inmediato. Vamos a derivarlo a cardiología y nos pondremos en contacto con su
familia.
Con
agilidad, preparamos al hombre para su traslado.
Giro
sobre mis talones. Una voz me detiene.
—Doctora...
¿Se pondrá bien?
Me
siento casi sin palabras frente a esa figura que irradia una luz que desconocía.
—Claro
que sí―respondo, por fin―nos ocuparemos de él. No se preocupe. Gracias por
traerlo—agrego―si se hubiera demorado...su cuadro se hubiera complicado más.
—
¿Puedo venir a ver cómo sigue? Me gustaría saber que está bien antes de irme.
Parpadeo
varias veces y se me hincha el pecho. Con el tiempo he aprendido a valorar esos
gestos como si fueran gemas sagradas.
—Generalmente
el hospital permite solo la entrada a familiares…pero...
-Me
detengo. Muy adentro de mí ser intuyo que estoy a punto de abrir una puerta que
no podré cerrar nunca más- Puede buscarme. Le informaré cómo evoluciona. Soy la
Doctora Anderson, Sofía Anderson.
—Gracias
Doctora. Lo haré. Yo soy Noa. Noa Green.
El
castillo de Coral Gables emerge solitario ante las luces de mi auto.
Parece
una torre vacía y yo la Rapunzel que sola regresa al eco de sus amplias y
calladas habitaciones.
Pronto
vendrá la tarde y con ella la melancolía de algunos “replanteos” que impiadosos
me asaltan desde hace unos meses.
Llego
hasta el Living Comedor, un gran ramo de rosas blancas reina sobre la mesa
junto a una nota que dice: “no creas que lo olvidé”
Con
la yema de mis dedos recorro la suavidad de esos pétalos níveos.
—Por
dios Nick…que fue lo que nos paso…
Acomodo las flores en un jarrón y lo deposito
sobre la elegancia de una pequeña mesa del descanso.
Destapo
una botella de champagne y me siento junto a la piscina.
―Amar
es una jodida trampa del destino—digo mientras sorbo mi copa―Happy aniversary
princess—agrego con ironía y me rió ante la ocurrencia.
Mientras
el firmamento va transmutando ante mis ojos escucho por primera vez la belleza
de tu voz llamándome por mi nombre…
Fotografía: Dmitry Ageev

Cartas para Noa se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
No hay comentarios:
Publicar un comentario