viernes, 5 de julio de 2013

Cartas para Noa ( 6 bis)


Yo construí mis propios laberintos Noa. Nadie más que yo misma.
Y podría tal vez intentar decir miles de cosas buscando justificar el destiempo, pero sería en vano. Siempre resulta más cómodo creer que la vida y sus circunstancias son las verdaderas responsables de nuestros actos.
Pero yo no quiero hacer eso, no ahora. Mucho menos ahora. Lo que quiero es abrir la puerta de aquel castillo medieval y reunirme de nuevo con lo que haya quedado de mí.
Si es que acaso el “Minotauro” aún no destrozó mi alma.
Aquí hace calor y dónde tú estás hace frío. Y siempre es así. Cuando es cálido tu mundo, es gélido el mío y viceversa.
Estoy en Argentina. Llegue hace unos días. Escuché lo que me dijiste y estoy intentándolo. No es fácil. Soy una extraña en este lugar.
Sólo los oscuros aliados que por tantos años me han acompañado asisten de vez en cuando y atestiguan mi tertulia de horas vacías.
A veces, mientras me recuesto en la gramilla del jardín, como cuando era esa adolescente embrujada por su Teseo y fumaba sin pausa mirando el luminoso cielo de Coral Gables, tengo la sensación  de estar soñando y que de la noche a la mañana voy a abrir los ojos y éstos 20 años no habrán sido más que una alucinación. Pero nada sucede.
El tiempo es una pesada bestia que arremete impiadoso.
Terminando de acomodar algunas cosas en un ropero encontré algunas fotos y un puñado de cartas viejas.
Es increíble que en cada una de las fotografías de mi niñez yo tenga la misma expresión confundida. Una extraña mueca desorientada, como si hubiera nacido perdida. Qué ironía.
…Yo cincelé los barrotes de mi propia jaula Noa. Nadie más que yo.
-Sonrío al intuir tu respuesta. Seguramente dirás: Nosotros somos nuestros propios carceleros, mi bella Sofía y nosotros nuestros propios redentores-
Pero ¿Cómo voy a hacer para que entiendan Noa?
Si tan solo hubiera tenido el valor para despojarme de la envergadura de hierro y salir a vagar en los brazos de un poema…como siempre lo hiciste vos, que sabías más de la vida porque a diferencia de mí, nada empeñaste para vivir.
Tengo miedo de antemano. Tengo miedo de quedarme sin palabras. Ha sido demasiada la dosis de silencio.
Cuanta falta me hace que me “machaques” cada vez que me hundo en estos abismos en donde lo único que hago es culparme de todo.
Cuanta falta me hace tu amor.
Siempre creí, antes de conocerte, que el amor era un anhelo demasiado ambicioso. Por lo menos para a mí que pasé gran  parte de mi vida deambulando en paisajes sin brisa.
Dijiste también: Nunca es tarde y sí que lo es. Veinte años después siempre lo es.
Perdón, no puedo evitar sonreír de nuevo. ¿Es que acaso ese tiempo que nos reunió la vida fue para que me dijeras todo lo que iba a necesitar saber para cuando llegara el momento?
Ya lo sé.
…lo verdadero permanece. Siempre.

Fotografía: Dmitry Ageev



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